20070119

Aventuras de Rono vol.1 [21 episodios completos]

1. RONO Y SU PERRO

Rono se había conducido de forma extraña últimamente. Vivía en una pequeña isla al oeste del océano Pacífico, o sea no muy alejado de la paz que lo rodeaba, y de la membrana que los científicos extranjeros habían colocado en su cuerpo algunos días atrás.
Ya en esa época era un individuo muy solitario; pero lejos de sentirse solo, Rono pudo iniciar una nueva vida en la isla. Montó un restaurante donde él mismo era el dueño, el encargado, el cocinero, el mozo y el cliente. Comía pescados y raíces silvestres. Y comía cualquier otra cosa que no tuviera colesterol ni ácido único. Ni papel metálico. Rono odiaba este tipo de papel, vaya a saber uno la razón.
Había un perro ahí en la isla, y el animal andaba detrás de Rono todo el tiempo, curioso, olfateando todo lo que éste le indicaba. Por ejemplo, Rono le indicaba una roca y el perro iba y la olfateaba; le indicaba una palmera, el perro iba y la olfateaba; le indicaba donde hacía un asado… y el perro iba y se lo comía. Se comía todo el perro. Tenía una peligrosa inclinación a comerse cualquier cosa. Pero de verdad, cualquier cosa. Apenas llegaron a la isla, Rono tenía algunas cosas personales y muchas provisiones de reserva que los científicos le habían dado por acceder al experimento, enterradas en algún lugar de la isla. Pero el perro las encontró un día y se lo comió todo. Latas de paté, botellas de lavandina, trapos de piso, dos remos, media docena de mandarinas, que se las comió con cáscara y todo, un tapado de piel de nutria, talco, un juego de bombacha y corpiño, un taladro, bandejas con ensalada rusa, y varias cosas más. No quedó nada. Rono casi sufre un colapso nervioso cuando lo descubrió. Pero estaba el portafolio. Un portafolio que contenía cheques al portador y que Rono había escondido en un lugar secreto, por si se quedaba sin nada… como ahora. Buscó el portafolio y lo abrió. Se tomaba la cabeza con las dos manos cuando vio que los cheques estaban todos mordisqueados y con residuos de saliva seca en los bordes. Se calentó muchísimo, llamó al perro y le pegó una patada. El animal se fue por varios días a esconderse en la isla, ofendido y dolorido.
— Laputamadrequeloparió —repetía Rono enfurecido— Que vuelva, que vuelva nomás y me va a conocer el perro de mierrrda este...

Pero resultó que a Rono le importaba el perro, así que por la noche lo salió a buscar, con remordimientos por haberlo tratado mal. ”Pobre infeliz, si es un perro, no sabe lo que hace, no entiende..." se lamentaba Rono. Buscó un abrigo, una mochila y una linterna para salir a la negra noche. Lamentó no tener algo de comida para atraer al perro, lo que le trajo de inmediato a la memoria lo de los cheques, y se empezó a calentar de nuevo. Casi se queda. Pero finalmente lo venció el aprecio por el choco y salió.
— Taqueloparió... ¿dónde se puede haber metido? —se preguntaba Rono.

Ahora bien, el perro se había subido a un árbol para refugiarse de la noche y el frío. Cuando de repente notó un resplandor de luz que se movía entre la maleza. Ladeó la cabeza hacia un costado mirando hacia donde provenía aquella luz, con ese gesto característico de los perros ante algo que consideran extraño. La luz se acercó y pudo reconocer a su amo Rono. También lo pudo oír, porque iba pronunciando silbidos y decía algo.
— Pichoooo, pichito pichito pichito, vení, vení... vámo, tome, tome… venga pichitoooo.
El perro entendió que lo buscaban y movió la cola casi involuntariamente; pero la verdad era que sentía un poco de temor de que si Rono lo veía le volviera a sacudir una patada. Obedeciendo a su instinto canino, salió al encuentro con el hombre. Rono le apuntó con la luz y el animal se quedó inmóvil, quieto como una vizcacha ante los faros de un jeep. Se acercó unos pasos más, le acarició la cabeza, las orejas. El choco le seguía la mano con la mirada torcida, lamiéndole el antebrazo en breves intervalos. Rono le habló cariñosamente y, dejando toda su bronca atrás, se dispusieron a volver juntos por el oscuro camino. Antes, le colocó encima del lomo un abrigo y se protegió él mismo con otro. El perro emitía gemidos y tiritaba, mordiéndole los pies. Rono intentaba recordar el camino por el que había venido. No se veía nada en la oscuridad de la isla, por eso había llevado una de esas linternas grandes que son como un reflector de mano. Buscó esta linterna en el bolsillo del abrigo. No estaba. Se acordó entonces que la había puesto en la mochila. El perro seguía a sus pies, pero estaba callado...
Ahí, justo ahí se da cuenta Rono que el animal se ha comido la linterna... y también la mochila, el abrigo, y uno de los borceguíes que Rono llevaba puestos. La patada que le pegó con la otra pierna casi lo descadera a sí mismo… Volvió su rabia e insultó al animal. Y se volvió solo, el perro se esfumó otra vez.

En el camino de regreso, Rono empezó a pensar qué gusto tendría el perro si lo cocinaba y se lo comía. Pero dejó este pensamiento de lado cuando consideró exactamente todo lo contrario. La luna brillaba alta blanca y redonda.
— Putísimamadreloremilparió qué perro de mierrrdamirá.
Rono murmuraba para sí mismo estas cosas mientras metía el pie descalzo en un pequeño arroyo.



2. RONO Y SU PERRO EN LONDRES

Al finalizar el período estival, Rono decidió partir hacia un destino que le traería no pocas manchas en la piel y ridículos bucles en las pestañas, además de otras cosas terribles. El perro superó el trauma que le causaron los maltratos en la isla y siguió fiel a su amo... Y a su hábito de comer todo lo que encontraba por ahí, inclusive moscas y bichos del oeste, que es una especie extraña de insecto que desarrolló una curiosa habilidad para protegerse a sí mismo de los monumentos y las canciones modernas.
Ahora bien, entonces Rono llegó finalmente a la ciudad de Londres con su fiel perro ―que ya pensaba que su nombre era «Tísimamadrequetepariódejáeso», porque así se dirigía constantemente al pobre animal su dueño― destinados a hacer algo que nadie comprendía del todo. Rono había recibido escasas respuestas de parte de los científicos al ser consultados por el motivo del aparente destino. Bien. Por lo menos dejaron la isla y arribaron a la civilización. Vestían a la moda. Pero a la moda de la provincia de Tucumán, Argentina, lo que causó su detención, confundidos en el aeropuerto por los oficiales de Scotland Yard, quienes procedieron a arrestarlos y llevarlos a una celda que se encontraba en el sótano del edificio municipal, donde ellos guardan casi todo lo que los ingleses consideran peligroso o que tenga feo olor, caspa, mal aliento, herrumbre, cataforesis, lengua de amianto, más de una cuenta de Hotmail, un trabajo dudoso, una esposa bancaria, un murciélago en la campera, un jugo, media docena de tortitas raspadas, media docena de tortitas que apenas tengan un leve rasguño, nada grave, se recuperarían pronto...
Rono, sentado en una pequeña vasija de mimbre, permanecía muy callado. El perro también. Creía ser víctima de un desafortunado malentendido. El perro también. Rono no quería meterse en ninguna clase de problemas con las autoridades inglesas. El perro también. Además, Rono no hablaba ni una sola palabra en inglés siquiera, y el perro tenía que traducir casi todo lo que éste le quería explicar a los policías mediante una combinación de lenguaje de señas y ladridos cortos o largos, según el código morse y el código procesal penal, que había tenido que desarrollar por sí mismo.
Ya hacia el mediodía, a Rono le empezó a entrar hambre. Se preguntó si alguien les llevaría algo de comer, aunque más no sea un pedazo de pan o un paquete de praliné. Se respondió que no, que probablemente tuvieran que pasar la noche ahí encerrados y sin posibilidad de alimentarse por sus propios medios. Era un lugar frío y oscuro, pero se lograba adivinar lo que había ahí: restos de aviones y chatarra en desuso por todo alrededor. Había un modelo antiguo de boeing 747 a su derecha. El choco se lo estaba comiendo. Rono se enfureció inmediatamente.
— Taqueteremilparió ¡dejá eso porrrr favor! ―le dijo— Que nos van a dejar acá adentro de por vida encima.
Pero el perro no lo oyó. Se estaba tragando también el portón de seguridad del viejo sótano...
Y gracias a esto es que salieron como si nada, y ganaron la calle.

Por la tarde, luego de salir de aquel lugar y dormir una siesta breve en un micro de dos pisos, Rono y su perro decidieron dar un paseo y conocer más la ciudad, cansados y de no muy buen humor. Sobre todo Rono, que se había orinado encima porque no bajó a tiempo del micro de dos pisos. Al perro no parecía importarle mucho nada de esto: solo tenía hambre. Se imaginaba el mundo de diferentes maneras: primero igual a un pollo asado, después a una lombriz, luego a un caramelo sugus, y cosas así…
Rono caminaba bastante embutido en sus pensamientos cuando de repente se escuchó un estallido muy fuerte. Se agachó instintivamente. El perro siguió como si nada olfateando todo por ahí, la calle, los semáforos...
— ¡Aylaputaquelosparió! ―exclamó Rono asustado. — ¡Seguro que hay un atentado acá, justo hoy, justo hoy!
Pero no. La explosión no era ninguna bomba de ningún atentado. Se trataba aparentemente de una especie de festival callejero. Había una murga de seiscientos integrantes, carros adornados con luces, música por todos lados, fuegos artificiales. Todo un quilombo que se los tragó y los arrastró por varias cuadras.
Metidos entre todo ese mar de gente y de otras cosas, Rono puteaba para todos lados. El perro se perdió de vista inmediatamente. En un punto, pasando decenas de metros entre el carnaval, encontró una calle. Miró un cartel. Esa calle le resultaba familiar, porque terminaba en una senda peatonal que había visto antes en algún sitio. Llegó hasta la entrada de un viejo edificio. Subió un pequeño tramo de escalones… y entró en los estudios de Abbey Road. Un portero lo sacó a patadas. Pero, para su propia sorpresa, el animal descubrió en ese momento que podía articular sonidos parecidos a las palabras, aunque su hocico canino le impedía tener buena pronunciación. Miró al portero durante un segundo o dos.
— ¿Acá gruababan Luos Beatlues? ―preguntó.

A todo esto, Rono se encontraba en la calle. Una chica vino gritando completamente desquiciada y le dio un beso en la boca. Eso lo animó un poco. “Mierda – pensó Rono —, no sabía que se hacían estas cosas acá en Londres". La chica, de un largo pelo color carbón, lo agarró de la mano y lo subió a un carro dónde había más gente, todos desnudos, en bolas, saltando y gritando como locos, con silbatos y matracas y máscaras. Unos negros se acercaron y empezaron a desvestir a Rono, a toquetearlo por todos lados. Rono gritaba "Paren, paren... nooo, nooooooo", pero nadie le escuchaba. Lo metieron adentro del carro, en una especie de habitáculo que había. Vaya uno a saber lo que le hicieron de ahí en más... La gente seguía cantando y divirtiéndose y haciendo todo tipo de cosas; la música era realmente ensordecedora. Y seguían las explosiones, que detonaban por doquier, estremeciendo en éxtasis a todo el mundo. Algunos miraban alrededor un poco cagados, pero luego reanudaban la fiesta. Todo se movía, con ritmo, con luces, con alegría. En la cabina del carro, Rono gritaba desesperadamente que le devolvieran la ropa. “La mina esta y laputaquelaparió también”, se calentaba.

El perro había vuelto a la muchedumbre. Se comió un carro entero lleno de integrantes del desfile gay, un auto que había quedado estacionado, indefenso, cinco personas que intentaron acariciarlo, latas, botellas, globos, luces, un caballo con un gitano... En fin, el choco pensaba que Londres era estupendo, había mucho para comer en Londres. En secreto, deseaba que él y Rono se quedaran ahí mucho tiempo.

Al cabo de unas horas, a Rono lo habían arrojado en una bolsa, desnudo, encima de una multitud de indios del Amazonas, que también participaban del desfile. Los indios del Amazonas son muy jodidos con lo que le arrojan. Fue indescriptible la cantidad de cosas que tuvo que soportar Rono en estas circunstancias. Se lo encontró en una esquina, tirado. Un oficial de policía se acercó, con la típica expresión flemática inglesa, y quiso llevarlo detenido por exhibicionismo ambulante. Rono le suplicaba "nooo, nooooo, me han secuestrado en el desfile, no sabía que había uno yo, recién llego acá... espere, ¡wéit!”.
El perro estaba cerca y lo olfateó. Reconoció el olor de Rono, una mezcla extraña de diversos aromas a decir verdad, y se dirigió hacia él. Se enfrentó al policía y le explicó con señas que eran turistas argentinos. El oficial, sin mostrar la mínima sorpresa ante un perro con ese tipo de habilidades, respondió afirmativamente.
— Oh Arhentina, marradouna. —Luego se alejó maldiciendo.
Rono quedó tirado en el piso, desnudo y dolorido. El perro se sentó a su lado, contento de que se hubieran encontrado de nuevo. Le lamió la cara. Rono, aunque muy débil, le administró una patada.
— Taqueteparió, perropelotudo, salí... ¿dónde mierda te metiste, eh? —Luego cayó en un sueño profundo, inconsciente.
El perro comenzó a sentir hambre otra vez.

Con todo, finalmente Londres terminó por aburrir a Rono. Luego de conseguir un lugar para pasar la noche, descansar un poco y hacer pis en un baño, comenzó a dudar del motivo por el que estaban ahí. Al perro le encantaba. Un poco melancólico, Rono extrañaba su vida, cualquiera que ésta fuera antes de caer en manos de científicos excéntricos. Decidió llamar a su antigua novia. Sabía que ella podía estar en Haití en una convención de marineros austriacos. Rono creía tener su número en algún lado. En el celular estaba grabado, seguro. Lo buscó por todos lados. No aparecía. Miró al perro. Estaba echado en un rincón de la habitación con las patas extendidas a lo largo, moviéndolas en espasmos, soñando. Rono se acercó al animal y le aplicó una patada.
— Laputamadrequeteremilparió, te comiste el celular.
El animal lamentó el golpe pero no dijo nada. Lo miró por encima del lomo, lamiéndose el hocico, sin mostrarle los dientes ni gruñirle, luego le ofreció la pata, alegre, lo que enfureció aún más a Rono.
— Salí, qué pata ni pata... ¡Salí de acá!.. Tamádremirá.
Y decidió que mejor era irse a un bar, tomarse unos tragos y mitigar su depresión y su enfado. Sí, se iría al pub de ahí, a la vuelta del hotel, se pediría un buen escocés, cerveza, y algo más. Estaba harto también del gris y viejo Londres.
— Vos te quedas acá, ¿entendiste? ―le dijo al perro —. Te quedas acá... —y señalaba con el dedo el suelo reiteradamente—.
Pero el perro interpretó esto como un gesto de invitación para ponerse a jugar. Se levantó moviendo la cola, emitiendo breves ladridos de júbilo. Le saltó encima, queriendo iniciar él mismo el juego.
— Salí, quedáte acá, laputamadre, no estoy jugando ―le advirtió Rono.
Y cuando cerró la puerta de la habitación para dirigirse al bar de una vez por todas, el perro se quedó adentro, mirando fijo a la puerta. Miraba el picaporte y miraba la ranura de abajo alternativamente, moviendo las orejas de un lado a otro. En el pasillo se oían los murmullos de Rono insultando al llegar al ascensor.

En el pub no había mucha gente. Pidió un whisky y se sentó en la barra. El barman le sirvió con la típica indiferencia inglesa, y le dijo algo. Pero Rono, al desconocer el inglés, solo se limitó a sonreír y poner la típica cara de estúpido a propósito, torciendo un ojo y levantando el labio superior.
En eso, entró un esqueleto. Inesperadamente. Se paseó un rato por todo e bar, y luego se sentó en la barra, justo al lado de Rono. “Perolagransieteyquemeparióamitambién —pensó Rono—. Tiene todo el condenado bar y justo acá se tiene que sentar”. Como a nadie parecía importarle su presencia, el esqueleto le hizo una seña al barman para que se acercara, castañeteando los dientes. El barman se acercó sin inmutarse.
— Hey, señor barman… —dijo el esqueleto—, déme una pinta de cerveza. ―Y luego agregó: ― Y un trapo de piso, por favor.



3. RONO EN EE.UU.

En cuanto Rono volvió de Londres decidió ocuparse de otros asuntos que había dejado pendientes, terminar el secundario y dejar de beber. Necesitaba un tiempo para enderezar su vida en una nueva dirección.
Los científicos no habían dejado de confiar en él y lo utilizaron para nuevos experimentos —ahora se trataba de avanzada cuántica—, pero sin que Rono se diera cuenta del todo, claro. En cuanto al perro… se había marchado, tal vez de mochilero hacia el oeste, con un par de amigas, más perras que él, así que separaron sus destinos y se despidieron.
Ahora bien, los científicos habían asignado a Rono en la ciudad de Dallas, Texas… el 23 de noviembre de 1963.
Lo habían mandado al pasado. Andá a saber porqué.

En EE.UU. se respiraba un clima de mucha tensión por entonces. Pero Rono, contento y despreocupado, se fue a inscribir en la NAD —National Academy of Detectives—, donde le esperaba una larga estadía de pruebas y tests. Siempre había querido ser detective. Desde chico.
En el laboratorio de la NAD una enfermera se acercó a Rono con aspecto de ser muy importante. Venía a sacarle sangre, le dijo a Rono, e iba acompañada por una Supervisora General del Instituto Dentífrico Ambiental. Lo sentaron en una silla de madera a balsa.
— ¿Es usted norteamericano, señor Rono? ―preguntó la supervisora.
— ¿Usted me va a sacar sangre? ―preguntó Rono. Miraba la jeringa y los pechos de la inquietante mujer.
— Le pregunto esto, señor... ¿Cuál es su apellido real? No creo que nos lo haya dicho.
Luego de decir esto, la supervisora miró a la enfermera y le hizo una seña con la cabeza.
— ¿Tiene usted anotado el nombre y apellido completo de este señor, enfermera?
— ¿Qué señor? ―dijo la enfermera.
Rono la miró, callado, sin respirar, con los ojos entrecerrados. La supervisora tenía en la parte superior derecha de su pecho izquierdo un pequeño cartel rectangular que revelaba su nombre, se llamaba R. Mills. R. Mills sacudió los dedos de la mano, miró a la enfermera y trató de escribir algo en el aire. La enfermera se apresuró a buscar papel y lápiz.
— Señor Rono, se dará cuenta de que tenemos que saber si hay extranjeros en el país. Han asesinado al presidente y...
— ¡No me diga! —exclamó Rono incorporándose de la silla—. No me diga por favor que han asesinado al presidente justo hoy, laputaquemeparió señorita...
— Ya se lo he dicho, señor. Por eso necesitamos la mayor cantidad de datos que nos pueda suministrar. Díganos su apellido.
Rono observaba, aparentemente distraído, una mosca en la ventana.
— Soy Rono solamente.
— Oh, vamos, díganos su apellido.
Ahora se acercaba la enfermera con una jeringa en la mano
— Esto no le hará ningún daño ―dijo.
— ¿Ah no? Yo necesitaría un trago antes igual — dijo Rono.
— No hay que beber. Es un mal hábito ―señaló la supervisora. — Enfermera, aplíquele aguja. Estoy comenzando a sospechar de él. Tal vez sea un espía ruso…
— ¡Espere un poco! ―Rono se ofendió — Cómo "Aplicar aguja". Qué mierda te pasa. A mí me dijeron que me iban a sacar sangre para un análisis y nada más. Y yo no soy ningún espía ni nada de eso. Qué les pasa. Vine para ser detective yo. De-tec-tive. Personal…
— Privado ―dijo la supervisora.
— Sí, privado. Privado de mi libertad ahora… Mirá, querés que te diga una cosa, me tocás con esa jeringa y te la pongo. En serio te lo digo…
— ¿Y con qué piensa que se saca sangre? ―dijo la enfermera— ¿Con un destornillador?
— ¡No me calienta, no quiero ninguna aguja!
Rono perdió la compostura. Privado de su compostura se podría haber agregado aquí también: Pero como pueden ver, no lo hemos hecho.
Y Rono le temía a las agujas, muy claro esto.
— Tenemos que hacerlo, señor Rono. Por favor entienda.
— Necesito un trago entonces.
— No puede beber, ya se lo he advertido. Ahora, cálmese y díganos su apellido.
Rono pensó rápido en una respuesta. Contestó luego de veinte minutos.
— Está bien, está bien. Voy a hablar.
Las dos mujeres interrumpieron su charla sobre cosmética nuclear.
— Escuchen ―aclaró Rono su garganta —: yo soy argentino, como Maradona, y estuve involucrado en algunos experimentos raros últimamente. Experimentos científicos quiero decir, y ahora supongo que me han enviado al pasado o algo así ¿me entiende? Y usted viene y me hace muchas preguntas y me dice que han asesinado al presidente, laputaquelosparió, pero yo no tengo nada que ver con esto. Se lo juro por mi vieja que yo no tengo nada que ver. Se trata de algún error. Y es bastante común que ustedes los norteamericanos cometan errores ¿no es así? Bueno, entonces, no me rompan los huevos por favor se los pido. Yo soy una víctima, una víctima del sistema de... ¡aaaahhhyyyyyyyy! ― Rono sintió un fuerte dolor en el brazo— ¡Gorda pelotuda me pinchaste acá! ¡Aylaputa, ayaa!
Rono se tomaba el brazo y cerraba los ojos. El dolor, el dolor. Bufaba y mordía su labio inferior. Al instante empezó a sentir somnolencia y se desvanecía en la silla. Adentro de la boca, sentía la lengua grande como una naranja.
— ¡Diga su apellido, señor Rono! —insistía la supervisora.— O de lo contrario me veré obligada a hacer algo desagradable.
Con los ojos en blanco, en un estado de somnolencia indescriptible, Rono balbuceó algo.
— Tnnnngounssssggggmmmfifmmmbreeee...
— ¿Qué? Repita lo que dijo.
— Creo que dijo "segundo nombre" o algo así, señorita Mills —dijo la enfermera.
— ¡Díganos entonces su segundo nombre, hombre! ―pidió Mills—. Y escúchele bien enfermera, porque yo no le entiendo nada. Y ya no le pinche más.
Rono se caía de la silla; la enfermera preparó en un vaso un poco de alcohol y agua oxigenada. Se lo alcanzó a Rono, que lo bebió entero.
— Graciaguieeeerommáaaas ―dijo.
— No le daremos nada más hasta que nos diga su segundo nombre al menos ¿entiende?
—…tabiémmmm… uutademiergdaaaa...
— Creo que dijo...
— Entendí eso, enfermera, muchas gracias.
La supervisora Mills estaba a punto de perder la paciencia en ese momento, pero logró serenarse.
— Hable usted, diga cómo se llama. Ya me está cansando. Le hemos dado todo lo que quería…
Rono apenas podía mantener su mirada en el vaso. Con mucho esfuerzo dijo:
— Uhhhggglagorrrdaesddatambiénnn… ¡MmmeeellaaammoooRonnno! Nononooo… Ornooo… Osvuálgdooo... aaaggghh… ¡guierounnndraguiiiitoooomássss!...
— ¿Qué dijo? Enfermera…
— Me parece que dijo "UhLaGordaEstaTambién. Me Llamo Rono. NoNoNo. Orno. Osvaldo. Agh. Quiero Un Traguito Más”, señorita Mills.
La supervisora palideció y se llevó una mano al pecho.
— Osvaldo... —pronunció con un hilo de voz y la mirada perdida—. Llame inmediatamente a la casa blanca, enfermera. Creo que van a saber que hacer con esta información.
Pero Rono ya no pudo oír esto. Había entrado en un coma profundo.



4. RONO VUELVE

Finalmente, gracias a Dios y a la tecnología de avanzada, los científicos pudieron traer de vuelta a Rono justo a tiempo antes de que el gobierno norteamericano lo culpara de ser el responsable del asesinato de JFK.
JFK era el presidente John Fitzgerald Kennedy.

Muy bien, entonces a salvo y en medio de toda una confundida marea de átomos vibrantes, Rono emprendió el camino de regreso hacia Argentina. El perro lo esperaba en el helipuerto; saludó a Rono con un ladrido breve y cariñoso. Tomaron un avión, llegaron al país… y les robaron todo el equipaje apenas pasaron la aduana.
Rono, deprimido, decidió ir a tomar un trago antes de que les robaran más cosas. Entraron en un bar restaurante.
— No se permiten animales, señor —dijo el encargado del lugar.
— Nuo es un animal, señuor —dijo el perro.
Rono le aplicó inmediatamente una patada.

El lugar estaba repleto de gente. En una mesa había muchas chicas riéndose y pasándola bien. Entre ellas se encontraba la famosa modelo Julieta Prandi. Cuando Rono la vio se le empezó a bajar la presión. Le encantaba Julieta Prandi. El perro se acercó a la mesa de las chicas y metía el hocico entre las sillas. Le tendió la pata a Julieta, sabiendo que a ella le gustan los animales.
— ¡Hooooolaaaaa perritooo...! —exclamó la hermosa modelo. — ¿De quién será este perro?
La rubia giró la cabeza para ver si había alguien con el animal. Rono se encontraba en la barra, con un vaso de agua con azúcar en la mano, los ojos brillantes y rojos. Un mozo lo agarraba del brazo y lo quería sentar en un taburete.
— No. Quiero estar parado, gracias.
— Señor ―le dijo el mozo—, creo que su perro está molestando a una clienta. Creo que es la señorita...
— ¡Ya sé quién es! ―exclamó Rono temblando— ¡No le diga que el perro es mío, por favor se lo pido! ―suplicó.
Ahora el perro estaba sentado en la mesa al lado de Julieta Prandi, que se reía de las ocurrencias del animal con esa risita cristalina que solo ella puede tener. El perro le pasaba la lengua por el rostro y ella, dulce y fría como una sandía, lo acariciaba y entrecerraba sus hermosos ojos azules.
Rono se acercó a la mesa lentamente y se ubicó detrás de la modelo.
— Eh...disculpe, se-se-señorita... ―dijo y tragó saliva, rogando no tartamudear mucho más. — Po-po-podría u-u... mmmfff... u-usted po-podría darme un aut-tógrafo ehmf?
Como toda la mesa se empezó a reír de Rono, éste se puso todo colorado y transpiraba a más no poder. Un sudor frío recorría su tembloroso cuerpo. Temblaba como una hojita de otoño. Inclusive los dientes y el pelo le temblaban. Julieta Prandi, siguiendo el juego pero tan tierna como sólo ella es, se levantó y le tomó una mano a Rono, sonriendo.
— ¿Este perrito tan lindo es suyo? —preguntó con voz sensual—. Porque si lo es, le doy un autógrafo muy especial...
Todos rieron otra vez, cómplices.
— Eh... mffssí... eh’míoelp-p-perro ―intentó decir el pobre Rono, ajeno a la broma.
— Bueno ―dijo la bella modelo—, entonces tome esto...
Y le dio un sonoro beso en la boca.
Con una súbita tetraplejía irreversible, lo último que Rono pudo oír antes de desplomarse en el piso fue la risita de la Prandi, que en su mente se materializó como un montón de pequeñas mariposas plateadas.
Luego despertó en un hospital. A su lado estaba el perro… comiéndose el aparato de electrocardiograma.

* * *


INTERMEDIO N°1
RONO Y SU JUVENTUD I
Se conservan pocos datos sobre la misteriosa juventud de Rono. Algunas cosas se han transmitido oralmente, otras de boca en boca. Pero lo que sabemos se lo debemos a un exhaustivo análisis que los científicos confiaron a la memoria del perro.

En el MIDI (Movimiento Intestinal de Desarrollo Industrial), el joven Rono, con solo 17 años, consiguió salir del ámbito en que se encontraba para unirse a un grupo de gente con ideales muy distintos. Además era una buena oportunidad para realizar un trabajo que le permitiera ser alguien en el mundo, aunque más no fuere alguien insignificante. La primer tarea que se le asignó fue la de reclutar más personas a la organización y hacerles encuestas sobre sus capacidades y ambiciones de acuerdo a las medidas pautadas. Se dirigió instintivamente a su entorno inmediato: su familia.
— Mamá, ¿te puedo hacer unas preguntas para el MIDI? Son fáciles y rápidas. Dale, así me tienen en cuenta para mejores propósitos la próxima vez...
— No.
— Mamá... qué te cuesta, son solo unas preguntitas, de rutina.
— Rutina, sí. Andá y sacá la basura. Y dame el vuelto de esta mañana...
— ¿Qué vuelto? ―fingió sorpresa el joven Rono.
— El de las compras. Diez pesos te di.
— Y bueno, compré pan, lechuga, un kilo de molida, una lata de paté, eh...qué más… salchichón primavera y una botella de ácido muriático.
— ¿Cuánto compraste de salchichón primavera?
— No sé...creo que 250 gramos, más o menos... ¿porqué?
— ¿Cuánto costaba el kilo?
— ¡Qué se yo, mamá...! ―exclamó el joven Rono—. Dale, contéstame las preguntas. Me gustaría que papá estuviera acá y hacerle el cuestionario a él también, viste...
— Está en el living tu padre. Borracho. ¿Cómo es posible que te hayas gastado diez pesos en eso? Dame el vuelto. Ya.
— Eh... me sobraron monedas, mamá. No hinches, me compré un chicle.
— Un chicle. Te dije que no comas chicle...
— Si no como chicle. No lo mastiqué nada, me gusta el sabor dulce que tiene al principio y lo tiro... en serio ―aseguró Rono.
— ¿Y cómo comes chicle entonces vos, a ver? —preguntó la madre con las manos en la cintura.
— ¿Cómo como como?
Rono empezó a perder la paciencia.
— Mirá, mamá, decíme si me vas a contestar las preguntas o no...
— ¿Cuánto te salió la lata de paté? No te hagas el pelotudo conmigo, Rono eh. Mira que después...
— ¡Papá! —gritó Rono.
— Sí, ahora llamálo a tu padre, dale, andá, está en el living, tirado, tomando...ese hijoderemilputamirá...
— Está viendo un partido, mamá, no hinches las bolas...
— ¡Vos no insultes así, eh!...Partido, partido, sí... Partido va a quedar si sigue bebiendo así ese malparidotontoavalijádo...
— Y... si vos le vivís rompiendo las bolas, pobre... Dale mamá, las preguntas...
Hubo que internar al joven Rono aquella tarde. Su madre le perforó el riñón de una patada.

Cuando la gente del MIDI acudió a ver si le había ocurrido algo al joven Rono, encontraron al padre en el living. Tenía una botella de vodka metida en la cintura del pantalón. Al advertir que había alguien, exclamó balbuceando:
— ¿A gguiénn busggan usddedesss?... Mi hijo no se engüendra aggá. ¡Déme esa frazzzada labutamadreguetebarióoo…!
Y luego cayó desplomado.



RONO Y SU JUVENTUD II

En su mitómana adolescencia, Rono tuvo una novia muy bonita. Se trataba de una chica muy simpática y agradable, que caía bien a todo el mundo y lograba ser amable con las demás personas. Se llamaba Laura la chica, y era jocketa. Tenía una hermosa yegua con la cual participaba en competiciones de salto de muy alto nivel. A veces, pedía a Rono que la acompañarla, pero sus horarios se lo impedían. Ella empezaba los saltos los domingos por la mañana, y Rono terminaba de caer a la misma hora, porque salía todos los sábados a la noche y se acostaba demasiado ebrio como para asistir decentemente a una competencia de esas características.
Pero Rono amaba a Laura por muchas otras cosas. Además de su belleza física, la chica poseía cualidades asombrosas. Gozaba de una capacidad natural para ser tolerante y soportar hasta las personas más imbéciles que puedan existir en este mundo. Era muy virtuosa y exitosa, comprensiva y cariñosa. Y esto era lo que Rono estaba aprendiendo a valorar, cuando Laura, desde luego, lo abandonó enseguida.
Fue un romance de corto alcance. Se repetirían estos romances a lo largo de la primer vida adulta de Rono de manera consecutiva, inevitablemente. Fue algo que duró apenas unas dos semanas. Pero la adolescencia de Rono, en cambio, duraría varias décadas.



* * *


5. RONO SALE A BAILAR— Del hospital a su casa. Vamos, no lo quiero volver a ver. — Le dijo sin rodeos el director del hospital a Rono.
— Pero porqué, laputamadre…
El perro se había comportado muy mal. Había hecho pis en una bolsa para suero, se comió el aparato de electrocardiogramas, jeringas, algodón, gasa… Un día atendió en la guardia. Un desastre. No le quedó otra a Rono que marcharse a su casa sin saber a ciencia cierta si tenía algo o no. Nadie lo había revisado.

Ahora bien, al llegar la primavera (septentrional) a Rono le vinieron ganas de experimentar el amor en su vida, teniendo en cuenta que en su vida había sabido siquiera de qué trataba todo aquello que se veía en las películas y demás cosas en las que el amor se manifiesta de alguna u otra forma. Y también le entraron unas ganas tremendas de beber, por supuesto. Así que, sin esperar más, decidió acercarse a los sitios en donde se supone que se encuentra una chica y algo que tomar. Muy simple: una disco, un boliche, un local bailable, una böite, una confitería... En fin, el tipo de lugar donde no haya que exponerse a tanta luz reveladora de imperfecciones físicas —ni químicas— y desinhibirse para estar a la altura de las circunstancias.
— Me encanta Buenos Aires para salir —admitió Rono para sí mismo.
Pero antes de emprender su salida nocturna, se preparó él mismo un par de whiskys dobles, sin hielo —inexplicablemente, no había refrigerador en el pequeño departamento donde se hospedaba Rono— y se los drenó en quince minutos. Era viernes, dejó el edificio a las diez en punto de la noche, saludó al portero.
“Vigilante. Ahí en la puerta todo el día y la noche laputaqueloparió” pensó.
— Chaustaluego —le dice Rono.
El portero lo ignora categóricamente. Ni siquiera se da cuenta de que alguien abandona el edificio.
Afuera, viento húmedo en la cara, noche cálida y fresca, noche clara. Ahora Rono debe encontrar un taxi. Ahí en la esquina hay varios. Perfecto. Sube y le indica al chofer que lo lleve a un lugar nocturno de onda, de moda, de actualidad, conversa con el taxista y le cuenta cosas, que estuvo en Londres, que tiene un perro, pero que le gustaría tener una novia mejor. El taxista lo mira. La típica mirada de Qué Me Calienta A Mi Lo Único Que Espero Es Que No Me Pagues Con Uno De Cien. Rono sigue hablando, que el amor, que esto, que lo otro… El taxi lo deja en la puerta de un descomunal edificio de tres pisos, y un verdadero enjambre de personas pretendiendo entrar; llega hasta lo que parece ser la cola para sacar una entrada o algo parecido. Le disminuye un poco la presión al advertir que su ropa no coincide en prácticamente nada con la que todos tienen. Consigue bajar del coche, casi al borde del desmayo al sentirse observado por miles de pares de ojos que lo escanean manifestando un gesto de agria desaprobación hacia él. No importa, piensa Rono, y sacando fuerzas de un lugar inexistente de su ánimo se coloca al final de la extensa línea de seres humanos que intentan meterse adentro del enorme edificio y... volver a colocarse uno atrás del otro para pasar entre ellos mismos una y otra vez con un trago en la mano y cara de regocijo fingido.
A eso de las cuatro de la mañana, Rono adquiere su entrada, la cual consiste en un pequeño papel ligeramente coloreado escrito con caracteres extraños y un número. Rono supone que es por el orden de llegada al establecimiento, pero se equivoca. De igual forma lee lo que dice su entrada con marcado entusiasmo, mezclado con una arcada. «AMOSTRARCE-00198», dice el papel.
A Rono ya le duelen las piernas, y casi se le ha paralizado el lado izquierdo del rostro por culpa de un temprano y desorientado y maligno mosquito que lo eligió a él entre toda aquella multitud de idiotas para cenar una gota de su sangre y dejarlo con una reacción alérgica bastante importante.
Llega a la puerta al fin, y uno de los cinco Hombres De Seguridad detiene a Rono antes de que éste pueda ingresar, lo examina detenidamente con una mirada no muy amigable, maligna en realidad, el tipo disfruta de lo que hace. (En realidad, piensa Rono, estos tipos son como los perros: No distinguen bien los colores y les importa poco el sonido articulado que sale de ese orificio dentado que todos tenemos debajo de la nariz) El tipo pide ver la entrada de Rono. Rono le entrega el pequeño papel —húmedo ya por el sudor de la mano— y el inmenso Bull Terrier humano lo analiza detenidamente. Le pide el documento. Rono, confundido, le explica que no lo trae, pero que es mayor de edad, a no dudar, y que solo quiere pasar un rato a tomar un trago o dos.
— Documento ―repite el bullterrier y mira hacia la multitud de gente detrás.
— No lo traje ―le explica Rono—. Recién llego de Europa... pero si querés te doy el carné de la mutual… —En ese comprometido instante una hermosa rubia de ojos azul electrónico abraza a Rono sorpresivamente y balbucea algo al oído del Bull Terrier.
— Pasen ―dice el tipo.
Rono no puede creer su suerte y se aferra a su nueva y hermosa amiga. Pero al entrar, se desilusiona un poco al darse cuenta que ella ya está con un grupo de quince personas más o menos... Y que están todos pasados con algo, hasta las manos, alcoholizados, riéndose todo el tiempo de cualquier cosa. Rono se deprime, pero igual le pregunta a la rubia de dónde la conoce, o si ella lo conoce a él. La rubia, sin dejar de reírse le pide un cigarrillo.
“¿De qué mierda se ríen?”, se pregunta Rono.
La chica le grita algo a uno de sus amigos, ya abalanzándose sobre la barra, y cuando Rono saca un cigarrillo, la rubia, sin ninguna razón aparente, se pone a saltar y a chillar y a sacudir la cabeza.
“Uysevolvióloooooca” se dice Rono, mientras se ve obligado a tratar de imitar y seguir el ritmo de los demás.
De repente todo comienza a vibrar bajo sus pies. El suelo zumba y late y todo el mundo se queda quieto.
“Aynolaputamadre” —piensa Rono alarmado. — “¡Es un temblor, es un temblor! Nos vamos a morir todos acá aplastados”.
Desde luego que no es ningún temblor, sino que se trata de la presentación que el boliche ofrece para anunciar el comienzo de la música electrónica, algo muy poco novedoso y verdaderamente estúpido, considera Rono. La chica lo arrastra hacia el medio de la pista... agarrándolo del pelo. Alguien le pone un vaso en la mano y todo el mundo le grita en el oído cosas que no comprende. La música se le mete en el pecho y le parece que ahora tiene ciento cincuenta corazones latiéndole a mil. Comienza a disgustarle la idea del boliche a Rono. La rubia se contorsiona como una anguila frente a él y él siente un deseo enorme de hacer lo mismo con ella, pero en privado. Ahora un individuo se le acerca por detrás y lo abraza haciendo movimientos rítmicos con la cintura, para el deleite y la risa de todos cuantos observan. Rono se pone incómodo, pero decide unirse a las risas y ser cómplice de la broma. Son sus nuevos amigos, hay que aguantar las bromas, por más que no se comprendan del todo. Pero lo único que le interesa en verdad es conocer a la rubia, y al girar la cabeza la ve: Está abrazada y besándose descontroladamente con otro tipo.
“Uy es el grandote de la entrada” comprueba Rono. Sólo que ahora está adentro.
Rono trata de parecer ajeno a este hecho y decide conseguir un trago. Hay Jack Daniel’s, le confirma un barman. Muy bien.
Al cabo de un rato, alguien le alcanza un vaso gigante de cerveza muy refrescante, y Rono pierde el control de sí mismo.



6. RONO SECUESTRADO I

En un punto, Rono despertó en una cama que no era la suya. El sol entraba oblicuo por una amplia ventana y le hería los ojos. Estaba desnudo y sentía que la cabeza le latía, le palpitaba como una… bueno, no sé. Buscó su ropa pero no la encontró. Sintió una risita que provenía de alguna habitación cercana. Buscó su ropa nuevamente.
— Laputaqueteparió — dijo a la ropa perdida.
Salió de ahí y se encontró con un lugar muy extraño. Dónde mierda estaba. Caminó por un pasillo, todavía medio dormido y soportando lo que parecía ser una horrible resaca, y encontró una puerta. Decidió abrirla luego de no haberlo meditado en absoluto, pero no tuvo éxito. Insultó. Sacudió la puerta un poco… y descubrió que era corrediza. La corrió y vio a la rubia tomando algo en una taza.
— Disculpáme —dijo Rono, y su voz le sonó lejana— ¿Dónde estamos? Creo que no me acuerdo de nada ni de nadie.
— Mi casa —contestó la chica sin mirar siquiera quién le hablaba. Emitió una risa corta.
— En tu casa. Ajá. ¿Y dónde se supone que está mi ropa en tu casa?
Ahora además de lejana le sonaba desesperada su voz a Rono.
— ¿Ustedes me trajeron acá? ¿Qué me dieron en ese boliche?
— Te divertiste ¿no? Parecías muy gracioso aquella noche.
— ¡Aquella noche! ¿Cuánto tiempo hace que estamos acá?
— Eh...tres o cuatro días, no sé... —le explicó la rubia. Rono se alarmó bastante.
— Pero, ¿quiénes son ustedes? No me acuerdo de nada, excepto que me metí solo en una discoteca anoche. Y me decís “aquella noche”... ¿Qué mierda pasa acá?
— Estoy un poco cansada —dijo la rubia—, me voy a dormir.
Cuando se paró de la silla se desplomó. Quedó medio inconsciente en el piso. La casa parecía ser enorme, y Rono miró a la rubia ahí tirada y se asustó. Un tipo entró de repente. Rono se quedó inmóvil mirando la cara de aquel sujeto. Le parecía conocida.
— Documento —dijo el tipo.
— ¿Qué? Perolamilputa… Usted es el seguridad del boliche —señaló Rono con voz temblorosa. — Escúcheme, acá hay un error, yo no sé qué pasa, pero me han traído por equivocación a este lugar... eh... drogado o algo... No me acuerdo, no me acuerdo de nada más de lo que... eh... ¿Y dónde estamos quisiera saber? Laputamadre, porque primero estábamos todos en una discoteca y... la rubia que… —Rono se detuvo a mirar a la chica en el piso— ¡Mírela! Mire como está esta mina pordiossss… Parece que se ha caído al piso o algo, yo no le hice nada, ni la he tocado, pero... ¡¿Qué mierda pasa acá quisiera saber?! —gritó al final desesperado el pobre Rono.
— Documento.
“Laputamadreloremilparió” —pensó Rono— “este tipo es atrasado mental o algo. Ni siquiera se da cuenta de lo que le estoy diciendo”.
— Flaco, mirá —retomó Rono—, necesito mi ropa, en serio, no la encuentro, no está por ningún lado, y necesito irme a mi casa yo, tengo muchas cosas que hacer, por favor te lo pido...
— ¡Eeeeeeiiiiiiaaaaaa! —chilló una voz que parecía provenir del techo.
El grandote salió corriendo por donde había entrado y desapareció. Afuera había un jardín enorme de mucha vegetación. Era como un bosque interminable en realidad. Rono se amargó por su situación, y empezó a sentirse muy desesperado. No creía que hubiera otras casas alrededor de aquella. Seguramente era una mansión de descanso perteneciente a la familia de la rubia. O a alguien, quién podía saberlo. Pero ¿dónde era que estaban?
Miró sobre la mesa y había un diario desordenado y arrugado. Pensó que al menos podría saber el día exacto en que vivían. Agarró una hoja y buscó encima de la página donde los diarios ponen la fecha. No entendió el idioma. Miró otras hojas, quizá esa pertenecía a esos suplementos extraños que traen los diarios los domingos o algo parecido. Quizás era domingo y quizá no pero, ¿a quién le calentaba eso? A Rono, por supuesto.
En la página que tenía ahora en la mano e inspeccionaba minuciosamente en busca de algún dato sobre la fecha actual, aparecía una fotografía del presidente Bush con la sonrisa de imbécil que tiene, dándole la mano a la rana René de los Muppets. Bush llevaba un letrero colgado al cuello que decía algo en lo que Rono identificó como el idioma francés.
— ¡Aylaputísimamadrequelosremilparió, estamos en otro país! —exclamó Rono.
Agarrándose la cabeza con las dos manos, notó que el nombre del diario estaba debajo de la página junto con la fecha, y no arriba como en la mayoría de los periódicos del resto del mundo. Pero era un ejemplar del día anterior. Miró nuevamente por el gran ventanal que daba al jardín y vio algo, un punto en el cielo. Luego ese punto se transformó en una mancha. Y luego esa mancha aterrizó en medio de una plataforma en forma de jet.
— Tienen aviones estoshijosdeputa —murmuró Rono para sí mismo.
Ahora sí entendió cómo había llegado hasta aquel lugar.
“Esto es un secuestro" pensó angustiado.
“Qué irán a hacerme, qué irán a hacerme” pensó más angustiado aún.
— ¡Eeeeeeeeiiiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Se volvió a escuchar ese grito, esa voz otra vez.
Al girar, Rono descubrió de dónde provenía: había un hombre en una silla de ruedas atascado en el marco de la puerta de la cocina, y no podía pasar.



7. RONO Y LOS SECUESTRADORESAhora bien, los secuestradores eran un grupo de veinte personas más o menos. Liderados por la rubia, se dedicaban a secuestrar gente rica y poderosa a cuyas familias pedían el rescate mediante extrañas maniobras.
Por supuesto que no tardaron en darse cuenta de que habían cometido un grave error con Rono. Y no sólo porque averiguaron rápidamente que no tenía ningún dinero, sino que al establecer contacto con sus familiares éstos no mostraron ningún interés en la víctima. El padre de Rono llegó incluso a decirle a uno de los barbitúricos secuestradores que él no tenía ningún hijo, y que si no le podían enviar una caja de vino francés o algo de esa zona. Rono quedó bastante deprimido cuando supo estas cosas.
Pero los secuestradores no eran malas personas. Todos tenían entre 25 y 30 años, y sólo hacían eso para escapar de sus rutinarias vidas de niños ricos. Jamás habían lastimado en serio a nadie, y en caso, por ejemplo, de que no llegaran a un acuerdo con las familias de las víctimas, les dejaban en libertad en algún lugar insólito y lejano.
Uno de ellos hablaba por handy mientras la rubia trabajaba con una laptop. Rono les servía el café. Habían decidido utilizarlo al menos como asistente mientras decidían qué hacer con él.
— Sí, Claude, atento en zona 1. Cambio... —dijo el joven al handy. Se escuchó un breve beep, y luego el aparato habló. Rono escuchaba fascinado.
—... eno... oy en una c... lándo con su p... mbio.
— Sí, ok, Claude, ¿podrías repetir? No alcancé a copiar, hay demasiada estática. Cambio.
—...toy en una cabina d... pueblo, hablando con alguien q... ice que es su mej... migo... perro... mbio.
Rono emitió un gemido.
— ¿Cómo? Claude, a ver si entendí. Estás en una cabina del pueblo en comunicación con alguien que dice que es el perro ¿no es así? Cambio.
—... í.
El joven miró a Rono con ojos interrogadores de secuestrador.
— ¿Usted tiene un perro? —le preguntó.
— Ehhh... sí. Pero yo no le haría mucho caso si fuera ustedes. Está medio loco el animal. Desvaría. Habla raro, porque tuvo que aprender a modular palabras de grande. Y con ese hocico, viste, no puede mucho que digamos. Así que... ehhh..., bueno, como vive conmigo, debe haber atendido el teléfono...
— Que lo traigan para acá. Lo quiero conocer —dijo la rubia sin dejar de mirar la pantalla de la laptop.
— ¡¡¡No!!! —gritó Rono— No lo traigan, por favor se los pido... Déjenlo allá, déjenlo allá...
— Que lo traigan —repitió la rubia—. Le prometemos que no le vamos a hacer ningún daño, señor Rono. Ni a su perro ni a usted, por supuesto.
A Rono le extrañó lo lúcida y sobria que sonaba la voz de la rubia ese día. Por lo visto, no habían estado bebiendo ni fumando esos cigarrillos de olor dulzón. Ese día estaban todos muy serios, pensó Rono. Debía ser que cuando se ponían trabajar abandonaban la diversión a la que estaban acostumbrados, al menos momentáneamente.
— ¿Doy la orden entonces, Mónica? —preguntó el del handy.
«Mónica», pensó la mente de Rono, sin que éste se diera cuenta. Luego alzó las manos, mostrando las palmas hacia adelante y dijo:
— No. Miren, escúchenme un minuto. Yo les pido por favorrr que no lo traigan a mi perro acá; pero por el bien de ustedes se los digo. Es un animal peligroso... —advirtió Rono en tono dramático.
— Ya está en camino ―anunció el del handy—. No falta mucho. Vienen para acá con el perro y las cosas de la oficina desmantelada en Buenos Aires.
— ¡Eeeeeeeeeeeeeeiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaa, ja ja ja! —dijo el paralítico, que estaba escuchando detrás de la rubia. Rono lo contempló con mirada grave.
— Este tipo es medio pelotudo ¿no? —Observó Rono. — Parece que anda por ahí diciendo "Eeeeeeiiiiiiaaaaaa" todo el tiempo. ¿Y qué mierda le pasa, digo yo? ¿Qué es lo que tiene?
Rono ya había adquirido cierta confianza de diálogo con sus captores. De hecho, con algunos simpatizaba bastante.
— Trabajaba en C&A —explicó el del handy. — Hacía promociones, y sufrió un accidente con un volante que lo dejó en la silla medio tarado, pero nos resulta muy útil para ciertas maniobras de distracción que utilizamos con clientes más grandes que usted.
— Ah —dijo Rono—, claro. Clientes más grandes, seguro. Acá lo que pasa es que hay una falta de carencia...
— ¿Qué dice?
De repente se oyó una voz por el handy, muy clara, sin interferencia ni estática.
— Rubéeeeeeeeeeeeeeeeen... ¡vení para acá! Los muchachos miraron a la chica.
— Mónica, hay que decirle a esa señora que tiene el receptor instalado en el patio que no lo encienda si no se lo pedimos. Podría escuchar la policía. Y además me tiene harto —dijo el del handy.
Pero la rubia no le contestó, ahora estaba entretenida con uno de esos juegos en red. Disparaba desde el teclado tiros para todos lados, pum pum pum, ta ta ta. Rono sonrió al ver lo linda e inocente que se veía la chica desde ese ángulo. Parecía una niña. Pero era más mala que Sofóvich la mina.
Al poco tiempo, un sonido ensordecedor acompañado de una ráfaga de viento se precipitó sobre la casa. El jet aterrizó en la plataforma del jardín, como siempre, y de él bajaron cinco hombres. Llevaban una enorme caja de madera donde se suponía estaba el perro de Rono y doce computadoras que habían traído desde la oficina que habían desmantelado en Merlo, provincia de Buenos Aires. Depositaron la caja en el piso. Al abrir la puerta, el perro salió agachado, arrastrándose, y se situó ante los pies de Rono con una mirada cargada de culpa. Rono supo entonces lo que había hecho el animal y se empezó a calentar. La rubia y el joven del handy observaban al perro y a Rono en completo silencio. Ni el paralítico hablaba. Dentro de la caja quedaban cuatro computadoras solamente.
— ¡Tamaaadrequeteparió! —Exclamó Rono. — Yo les dije, yo les dije que es un perro de mierda. Les dije que no lo trajeran. ¡Ahora van a ver!, se va a comer todo lo que encuentre...
El perro miraba a Rono desde el piso, tratándose de enrollar en sus pies.
— ¡Salí de acá, salí de acá! ¡Porqué te comiste las máquinas, porqué te comiste las máquinas, terremilparió mirá!
Los demás contemplaban la escena con creciente curiosidad.
Por el handy se escuchó otra vez la voz de la señora, que llamaba a su hijo:
— Rubéeeeeeeeeeeeeeeeen, vení a comeeeeerrrr...



8. RONO Y LOS SECUESTRADORES II
A la medianoche del día Nº 9 sucedió algo imprevisto. La rubia y sus excéntricos secuaces se retorcían al ritmo de música electrónica, en un amplio piso que la mansión tenía a modo de terraza. Era otro de esos momentos de distracción que acostumbraban a celebrar cada dos o tres días más o menos, y a lo cual se entregaban con enérgico entusiasmo. Rono y su perro andaban por ahí, entre unos 250 invitados, y otras personas que habían asistido a la fiesta. Había champagne, vino, cerveza, fernet, vodka, etc.
Las botellas de whisky se podían sacar solamente de una caja que custodiaba el paralítico. El paralítico se llamaba César. Y además, en un enorme recipiente de vidrio habían sustancias que a Rono le resultaban desconocidas.
Las luces eran brillantes y giraban histéricas por todo el lugar. Un tipo entregaba pastillas en pequeñas bolsitas de plástico y le ofreció una a Rono, pero éste se negó, diciéndole que tenía dos o tres caries que lo estaban matando. El perro olfateó las bolsitas e hizo un movimiento con la cabeza, estornudó varias veces.
— Le agradezco igual. —Dijo Rono. Agarró al perro del cuello. — ¡Y vos no te vayas a tragar nada de eso, me escuchaste! ¡No quiero que te muevas de acá, entendiste! Bueno…
El perro se limitaba a mover la cola en señal de desconcierto. La música estaba muy fuerte y no podía escuchar nada. Más abajo, sobre el gran jardín, se podían ver estacionados muchos autos, helicópteros y jets privados. Una traffic blanca desentonaba con el resto de los vehículos. "Mmm —pensó Rono—, han invitado a otros secuestradores amigos, claro, son todos mafiosos, políticos también, seguro". Decidió mejor agarrar una botella de whisky para pasar el rato y ver si podía conocer a alguien que le indicara cómo apagar el teléfono celular que le habían dado los secuestradores para tenerlo a mano. Y el maldito aparato no dejaba de ponerse azul cada un minuto o dos, emitiendo una estúpida musiquita que lo torturaba.
El paralítico César tenía una hermosa pelirroja encima de él que lo estaba por tirar al piso, a juzgar por cómo se movía. Le faltaban las piernas a la pelirroja, pero era preciosa. "Esto es demasiado —se dijo Rono—, tiene que haber un límite". Buscó una botella de escocés de la caja. — Me llevo un Jack Daniel’s —informó Rono.
— ¡Eeeeeeeeiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiáaaaaaaaaaaa! —gritó César.
Rono pensó que esos dos así parecían un monstruo de dos ruedas, dos cabezas y cuatro brazos. La pelirroja se dio vuelta y guiñó un ojo. Rono se puso colorado, creyendo que la chica coqueteaba con él. Pero no, era un tic nervioso que tenía la mina. "Laputamadre será posible che..." protestó en silencio.
Mientras abría la botella y la estruendosa música se le metía por los oídos como miles de alfileres, alguien lo tomó del brazo y lo arrastró violentamente hacia lo que parecía ser una especie de galería.
— Venga por aquí, por favor —le dijo una voz desconocida.
Allí la música disminuía de volumen y entraron por una puerta de vidrio, corrediza, que conducía a un gran salón estilo renacentista. Adentro encontraron a cinco personas —dos hombres y tres chicas muy atractivas que evidentemente estaban vestidas para desvestirse rápido llegado el momento oportuno—, formando un círculo abrazados. Deslumbrado por la escena, Rono creyó que se trataba de la celebración de un extraño ritual. O simplemente de una orgía, una fiestita entre cinco. Divertido e incómodo a la vez, trató de acercarse para ver a las mujeres más de cerca, y advirtió que si era un ritual o una ceremonia era mucho más rara de lo que hubiera supuesto. Y tampoco era una orgía, aunque le hubiese gustado que lo fuera, porque los curiosos participantes sólo sacaban y metían la cabeza dentro del círculo y murmuraban como para sí mismos, gemían y suspiraban.
— No los mire así, hombre ―dijo la voz que lo había llevado ahí.
Ahora Rono pudo conocerlo. La voz pertenecía a un individuo bajito y rechoncho, de ojos grandes y mentón hundido.
— Están tomando coca, sí. No sea estúpido y no los mire. Se ponen furiosos si los miran así, sí.
Rono volvió a mirar a los cinco seres del círculo. No vio las clásicas botellitas de la famosa bebida y sospechó que se tratara realmente de coca cola.
— No es coca.
— Es coca, sí. Merca, papusa, frula… ¿entiende? ¡Hey! —gritó el tipo— ¿Porqué no se van donde todos los demás lo hacen en vez de esconderse acá como unos imbéciles?
— ¡OK! —dijeron los cinco del círculo, y se marcharon por un tubo lateral que había justo ahí, en una especie de cobertizo ricardiano. Rono se quedó observando a las mujeres. Estaban buenísimas. Una no llevaba corpiño ni nada parecido. Una lástima.
— Americanos —dijo el tipo—. Creen que tienen que hacer todo a escondidas, incluso cuando todo el mundo sabe lo que están haciendo. Sí.
Rono no comprendió las palabras del extraño individuo, pero igual asintió con la cabeza. Le iba a preguntar qué era lo que quería cuando el tipo se lo dijo.
— Escúcheme, voy a decirle esto solo una vez. Sí. Nos están vigilando y podríamos correr mucho peligro ¿entiende? Sí. Yo estoy infiltrado. Sé lo que usted está haciendo acá. Hablaremos en un lugar más seguro, sí. Voy a decírselo solo una vez, solo una vez. Sí. Tenía como una franja de pelo de otro color en la incipiente calvicie de su ya redonda cabeza.
— Ya me lo dijo —adelantó Rono.
— ¿Cómo que ya se lo dije?
— Ya me lo dijo, me dijo que me lo va a decir solo una vez.
Rono seguía con la mirada el escote de una de promotora de Speed que en ese momento salía por la puerta de vidrio corrediza hacia la terraza, justo al corazón de la fiesta.
— Solo una vez. Sí. Venga por aquí, por favor. Sígame.
Aparentemente a esta persona le costaba dejar de repetir "sí" a cada rato, pensó Rono.
"Perolaputa. Ya veo que me están haciendo una de esas jodas. Una cámara oculta o algo” se dijo.
“O tal vez sea cierto lo que dice este tipo y corro verdadero peligro y él es un infiltrado. Pero, ¿qué mierda es un infiltrado? ¿Qué me quiere decir con eso de que está infiltrado?” Los pensamientos de Rono hacían todo tipo de malabares inquietos.
Siguieron andando por diferentes lugares hasta que llegaron a un pequeño balcón. La brisa les acariciaba los rostros con dedos de yogurt y la música sonaba más distante que antes.
— Mire —comenzó a decir Rono—, yo realmente no sé qué quiere decirme usted…
— ¡Shhhhh! —interrumpió el tipo llevándose apresurado el dedo índice a los labios— ¡Silencio! Escuche, escuche…
Y a continuación soltó un sonoro pedo.
— Ahhh. Lo tenía guardado desde la cena. Sí. —dijo aliviado.
Rono volvió a contemplar la posibilidad de que todo fuera una desagradable broma. Pero el tipo continuó hablándole.
— Sé lo que usted está haciendo acá. Sí. Y le ofrezco mi ayuda como agente para que salga de este aprieto ¿entiende?
— No. No entiendo nada. ¿Qué es lo que estoy haciendo acá, a ver, agente?
De pronto el tipo se puso tenso y pálido. Comenzó a mover la cabeza y girar los ojos en todas direcciones, desconcertando a Rono.
— Hay micrófonos —dijo susurrando. — Hay micrófonos…
— ¿Qué, va a tocar algún grupo? —preguntó Rono entusiasmado.
Mientras tanto, en la terraza se desarrollaba una verdadera party party party. Todo el mundo estaba con algo. Había gente por el piso. Las luces flash flash flash y la música punch punch punch. El perro olfateaba todo lo que encontraba. Algunas cosas se las comía y otras las acarreaba un rato hasta que se le cansaba la mandíbula o se aburría de ellas. Una mujer gritó de espanto, en su locura de pastillas y vaya uno a saber qué otra cosa, porque creyó que el perro era un león con un brazo humano en la boca. Pero solo era una botella de vodka con naranja.
En un costado, alguien desparramó accidentalmente el contenido de un recipiente de pastillas, que se esparcieron por todo el piso. El perro pensó que eran M&M y empezó a tragárselos... Al minuto o dos se quedó quieto como una estatua, emitió un largo aullido al cielo, los ojos se le pusieron blancos y luego adquirieron la clásica tonalidad escarlata, pegó un salto como de dos metros y cayó exactamente en el mismo lugar, luego giró bruscamente en sí mismo tratando de morder su cola, ladrando frenéticamente. Finalmente, desapareció con un brinco de rana. A nadie pareció importarle este incidente, pero más tarde, alguien se dio cuenta de que la traffic blanca no estaba, por ejemplo…
Dentro de la casa, Mónica la rubia, se enfurecía al notar que su laptop había desaparecido —y ahí guardaba todos los archivos y la información importante que el grupo manejaba con tanto cuidado, lo cual los dejaba bastante vulnerables—. Ahora corrían serio peligro. Mónica pensó que debía haber un traidor entre ellos, pero dejó que todo continuara hasta terminar la fiesta.
En el pequeño balcón, Rono y su extraño agente se habían tomado toda la botella de whisky —lo que en realidad le sucede a menudo a todo el que abra una botella de jack Daniel’s, por supuesto—. El tipo le comentó que había sido vendedor de seguros y que lo tenían allí desde 1994. Rono trató de recordar ese año, pero no lo consiguió.
— Me tuvieron que infiltrar, sí. Fue terrible, pero yo quiero ayudarlo a usted. Sí.
— ¿Ah, sí?
— Sí.
— ¿Y qué es infiltrar, entonces? —preguntó Rono, mordisqueando la tapa de la botella.
— Es una metáfora.
— Una metáfora.
— Así es, sí.
Debía ser todo el alcohol, eso, porque ya estaban ambos muy bebidos, si se los contaba a los dos, claro. Así que, muy amigos, fueron en busca de otra botella. Rono iba gritando "Catamarca, Catamarca, que lindo es Catamarca" sin ninguna razón en particular. El antiguo vendedor de seguros y ahora infiltrado se agitaba como un ave, en una mala imitación de Mick Jagger.
De pronto, un cuerpo pesado y peludo cayó en medio de los dos. Tenía la piel desgarrada y gruñía como un lobo hambriento. El agente salió corriendo, desesperado. Rono se quedó mirando a la bestia. Era el perro.
— ¡Ehhh, gachorrrrittoooo, dónnnde te'bías meddidoooo, jodeunagranpúddaa!
El perro se quedó observándolo, de dudoso humor, gruñendo y mostrando los dientes. Rono cambió la expresión de su rostro por una más seria y cautelosa.
— Nooo, a mí no me grrruñasssasí, ehh ¡A mí nooooo, eh! —dijo Rono— ¡Gué garajo te c'miste ahora, a ver! Te djje gue te guedaras quieto allá, teremilbariómirá… El animal le saltó encima.



9. EN LA CLÍNICA

Las heridas que sufrió Rono a causa del ataque fueron lo que convenció a los secuestradores para deshacerse de él y del maldito perro de mierda ese. Lo trasladaron de urgencia en un helicóptero a una clínica privada francesa. Una clínica de cirugía estética.
Mirándole los pechos a la enfermera que venía con el desayuno, Rono advirtió que el perro estaba acostado en una cama al lado de él, muy relajado y moviendo la cola rítmicamente, con el control de la TV en una de sus patas. Se calentó.
— Bueno —dijo la enfermera—, acá viene un desayuno para alguien que debe comer bien y recuperarse.
— Al fin. — Rono se incorporó en su cama para recibir la bandeja.
— Y me lo come todo todo, ¿entendido? —La chica le entregó la bandeja… al perro, que movió más fuerte su cola y lamía la mano de quien le daba comida.
Rono miró el techo, resignado.
— Señorita.
La enfermera lo ignoró. Rono estiró su mano y alcanzó el blanco delantal.
— No me toque porque voy a llamar a la seguridad, señor.
— ¡Perolaputa, si soy yo el que está mal acá! —dijo Rono en tono lastimoso.
Al perro le gustaba lo que había en la bandeja: huevos, jamón, tostadas, mantequilla, rosquillas, frutillas, rodillas, polillas, caracoles de Madrid, mordiscones de azafata ciega, y aceitunas verdes. Rono alargó el brazo hacia la chica.
— ¿Y mi desayuno?
— ¡Chist! —Exclamó la enfermera. — No sea pesado. Ya se lo irán a traer.
Rono protestó.
— Parece mentira, che. Primero me secuestran y me someten a cosas que Dios sabe el efecto que van a tener en el futuro sobre mi estado mental. Luego, este perro se droga con unas pastillas, anfetaminas, estupefacientes, no se bien qué mierda, y me ataca ¡Me atacó a mí el malparido, que soy su amo!
— Te amuo —dijo el perro. Rono lo miró.
— Terremilpariómirá. Casi me desfigura. Tengo puntos por todos lados, y ahora lo acuestan acá y lo atienden y todo. ¿Qué es lo que tiene el perro, si se puede saber acaso, a ver? Dígame qué tiene él para que le traigan primero el desayuno que a mí, que estoy... hecho mierda, mirá...
El perro le ofreció la pata a su amo.
— ¡Sí, la patita querés vos! Chadetuhermana.
Intentó arrojarle una jarra de vidrio, sin éxito. Entró un médico.
— ¿Cómo le va?
— ¿Y cómo se imagina que me va, doctor? —se quejó Rono— Estoy todo cosido, me han puesto un brazo de aluminio, de lata o no sé qué, la verdad, me tuvieron que reconstruir la cara con carne de mis propios glúteos... ¿cómo se imagina que me va?
— Señor, ya me ocupo de usted —dijo el médico—. Enseguida viene el cirujano que le operó y le va a revisar. No sea impaciente...
Se volvió hacia el perro nuevamente.
— ¿Y? ¿Cómo le va al perrito?
El perrito movió la cola y se tumbó de espaldas. Rono encontraba dificultad para respirar bien. Entró el cirujano. El perro le ladró
— Shhh, bueno —dijo el cirujano, observando toda la penosa situación.
— Tengo hambre —dijo Rono.
— Parece que sus captores le han pagado por toda la recuperación. Han pensado en todo para su seguridad. Y la policía está investigando una pista sobre ellos ahora, pero no sé mucho sobre eso. Igual no tiene que preocuparse usted, han sido muy gentiles los secuestradores. Y usted muy valiente al declarar que incluso le han dejado una buena cantidad de dinero para que se vuelva a su casa.
Rono, acostumbrado a estos malentendidos, se tomó la cara con las manos.
— ¿Me oye, señor Rono? —Le preguntó el cirujano—. No me diga que el oído no ha quedado bien, porque en ese caso tendríamos que abrirle otra vez la…
— Aydiosss… no me abran más nada. Me quiero ir de acá.
— Se va a ir, se lo prometo. ¿Cómo se ve?
— Nadie me lo dice. No hay ningún espejo tampoco.
— Enfermera, alcánceme un espejo, por favor —ordenó el cirujano.
— Tengo hambre, no he comido nada desde la anestesia —reclamó Rono.
— Mírese.
Rono miró el espejo. No le gustó lo que vio.
— Parece un actor ―le dijo el cirujano.
— ¿Cuál actor?
— Creo que... Robert de Niro. Se parece a él, mírese.
Rono volvió a mirarse.
— ¡Lareputísimamaaadrreequeteremilparióoooo! —Exclamó— ¡Robert de Niro! ¡Sí, parezco Robert de Niro, pero en esa película en la que hace de boxeador y lo cagan a trompadas!
— Y, bueno…, tampoco se podía hacer mucho que digamos. Había poca piel.
El cirujano se retiró. Acarició al choco antes de irse con una palmada suave en el lomo. El animal se limitó a mover la cola y guiñar un ojo.
— Cómo se te ocurre atacar a tu dueño así, sinvergüenza, ja ja ja…
— Jua jua jua —se rió cómplice el animal.

Con el rostro entre sus manos, Rono gemía y lloriqueaba como un niño. Otra enfermera vino con el desayuno, pero esta vez para él. Y también tenía unos pechos generosos. Rono los contempló y deseó que le hubieran puesto en la cara lo que esa chica tenía en el pecho.
Pero ahora, que estaba despierto.



10. RONO EN EL EDIFICIO

Rono siempre se había considerado a sí mismo una persona con muchísimos defectos, pero en realidad… sus virtudes eran realmente pocas. Después de catorce operaciones más habían logrado devolverle el aspecto que tenía antes de ser atacado por el enloquecido y drogado animal. Al dejar la clínica, un avión aéreo los transportó por el aire hasta su casa, en la provincia de Mendoza, Argentina. Un taxi los dejó a ambos en la puerta del edificio donde vivían. El perro orinó dentro del taxi y Rono se vio enfrentado en una acalorada discusión con el chofer. Terminó dándole dinero para que el tapizado del vehículo pudiera ser limpiado. Al ingresar, el encargado estaba leyendo una revista en el hall, detrás de una especie de escritorio donde había solamente una inútil lámpara. Saludó al perro con genuina alegría. A Rono simplemente lo ignoró, como hacía el resto del mundo.
— ¿Alguna novedad mientras no estuve? —preguntó Rono mirando el ascensor― ¿Alguna correspondencia, boletas, cartas, algo por el estilo?
— No sabría decirle —dijo el encargado. — ¿Cómo no sabría decirme? ¿Hay algo para mí, sí o no? ¿Para qué carajo está usted acá entonces?
— No sabría decirle.
— Pero...
El ascensor se abrió y Rono llamó al perro para que subieran. El perro agitó la cola una vez más al encargado como diciéndole "bueno, me tengo que ir, después nos vemos, dale" y se apresuró a entrar en el ascensor. Rono se detuvo un instante antes de introducir su delgada figura en el aparato para observar qué se quedaba haciendo aquel imbécil del encargado. Se quedó mirándolo por unos segundos, por joder nomás, para ver si el tipo le hacía alguna mueca o un gesto de burla creyendo que él ya se había metido en el ascensor. Pero no. Se volvió a sentar detrás del ridículo escritorio, agarró la revista que estaba leyendo, y se hurgó la nariz casi hasta deformarla. A Rono le causó repulsión tener que ver esto. Hizo un leve chasquido con la lengua y se metió en el ascensor, pero la puerta se cerró antes de que lo consiguiera, y le aprisionó una manga del pulóver. El ascensor se puso en funcionamiento y se elevó, obediente. El perro ya había pulsado el botón de número de piso, y Rono quedó literalmente atrapado por la manga entre los primeros dos pisos, donde por fin el inteligente aparato se detuvo debido al desperfecto detectado. El perro ladró. Rono gritaba desesperado.
— ¡Pará pará pará, me quedé enganchado, me quedé enganchado, laputaquemeparió!
El perro, nervioso, se acercó a Rono gruñendo, como diciendo “qué pasó, qué pasó”
— ¡Auxilio! —gritaba Rono. El perro ladraba más fuerte. — ¡Auxiiiliooooooo!
— ¡Árf árf árf! ¡Guau guau guau!
— ¡Cállate!
— ¡Árf!
— ¡Calláte, lagranputaaa! ¡Me quedé atrapado!
De pronto Rono se sintió débil, liviano. Creyó que moriría ahí, y elevó su cabeza al techo de luz blanca del ascensor. Su rostro palideció y empezó a delirar cosas.
— Me estoy muriendo —le dijo al perro que lo miraba sin comprender, con la cabeza torcida hacia un costado —. Me estoy muriendo. Veo una luz blanca... mirá, ¿la ves?
El perro miró el techo.
— Árf.
— Sí —dijo Rono en un susurro, con los ojos brillantes. — Nos estamos muriendo…
— Vuos te estuas murienduo —dijo el choco.
— Hay que ponerse a rezar. Recemos. Digamos alguna oración.
— Puadre nuestruo que estuás en los cieluos… —empezó el animal, cerrando los ojos y bajando las orejas.
— Pará, me falta el aire —Rono se agarró el cuello—. Me falta el aire, me falta el aire, pará...
― Soltuate el cuelluo ―aconsejó el perro.
― ¡Socorrooo! —gritó de repente Rono, destrozando sus cuerdas vocales, ya casi al borde de la asfixia.
— ¡Help! —ladró el perro.
Al cabo de una hora, los bomberos lograron introducirse por el hueco del elevador y llegar a él por la parte de arriba. En su delirio, Rono no había oído las alarmas ni las sirenas. Todavía creía que estaba por entrar al cielo. Pegó un alarido de susto cuando el techo se movió y apareció la cabeza de un bombero, con casco y todo.
— Mantenga la calma —le pidió el bombero. — Lo sacaremos de acá tan pronto como podamos, en un rato, no se preocupe, no se altere.
Pero Rono no estaba para nada alterado. Luego del susto que se llevó cuando apareció el bombero, había tomado aquello como parte natural de su entrada al cielo, el final de su agonía. Sólo le parecía un poco extraño que en las puertas del cielo lo recibiera un bombero. Pero no estaba alterado. El perro silbaba la melodía de Imagine, de John Lennon.
Cuando consiguieron sacarlos del ascensor, ya había una considerable cantidad de gente fuera del edificio. Policías y más bomberos, dos ambulancias, vecinos (habían desalojado dos cuadras completas creyendo que se trataba de una bomba), canales de televisión, reporteros gráficos, panaderos, electricistas, malabaristas, limpiavidrios, y demás curiosos. El mismísimo intendente de la ciudad estaba presente, demostrando su compromiso con los problemas de la comunidad, y en evidente estado de ebriedad por los asuntos electorales pendientes de un hilo mental, lo que lo hacía parecer como un mafioso de muy baja categoría y sin altura alguna.
Había que asegurarse de que no había heridos, por lo que trasladaban camillas hacia el interior del edificio. Entraron unos paramédicos. Salieron enseguida con el perro acostado en una de las camillas, empujada por tres hombres... y por Rono, a quien al parecer habían confundido con el encargado del edificio o alguien que se encontraba ahí por casualidad o curiosidad, y le habían pedido que los ayudara. Cuando llegaron a la primera ambulancia y metieron al perro adentro, Rono divisó al encargado del edificio hablando con un móvil en directo de canal 7. Pero antes de que pudiera tener una reacción, un paramédico lo agarró del brazo y lo llevó hacia el edificio otra vez.
— Señor, tenemos que sacar al hombre de adentro del ascensor ahora. Ayúdenos con la camilla, por favor.
— ¡Yo soy él! —se indignó Rono.
— Sí, usted. Vamos, no hay tiempo…
En medio de un verdadero caos de gritos de la muchedumbre, las sirenas, las radios y los handys, Rono entró al edificio empujando la camilla nuevamente, repitiendo que era él que se había quedado atrapado en el ascensor. Pero nadie la hacía caso alguno, desde luego. Cuando pasaron al lado del móvil de televisión, el encargado del edificio saludó a Rono alegremente con la mano y le sonrió. Rono estuvo a punto de soltar la camilla e ir y meterle ciento treinta trompadas enfrente de las cámaras de TV y de todo el resto de imbéciles que estaban ahí. El intendente de la ciudad discutía con un grupo de limpiavidrios
— Los vamos a ubicar en trabajos —les decía—. No pueden estar más en la calle...
— ¡Facho! —Le gritaban los malabaristas—. ¡Fachista de mierda, te creés que podés imponer lo que se te ocurra!
— No, chicos, no es así. Yo solo quiero que tengan un espacio para hacer lo que hacen. Hay que usar una política de...
Uno de los limpiavidrios perdió los estribos.
— Qué política ni política loco. Nosotro' queremo' picá la olla loco ―dijo el muchacho, y alzó su precario instrumento de trabajo.

Mientras tanto, Rono aflojó la vejiga por tanta tensión acumulada y se orinó encima. Y cómo no encontraban nunca al supuesto hombre que había quedado atrapado en el ascensor, que era él, los bomberos y la policía tuvieron la brillante idea de considerar la posibilidad de un atentado terrorista. Encima, el bombero que Rono había tomado por un ángel del cielo con casco no aparecía por ningún lado.
Y justo en ese momento, alguien con uniforme se le acercaba peligrosamente.


* * *



INTERMEDIO Nº 2

RONO Y LOS COLECTIVOS


En el mundo del transporte público no hay muchas opciones para tener en cuenta a la hora de viajar. Estas son las siete razones de RONO para putear a un colectivero. 1— Uno toca el timbre cuando se aproxima la parada en la que quiere descender del colectivo, pero EL SEÑOR chofer cree que es mejor que ud. se baje mucho más allá. Puteada interna: Putamadreche, me querés llevar hasta tu casa, putooo... 2— En cuanto uno sube se da cuenta de que es un error intentar ser amable con EL SEÑOR, porque igualmente él siempre lo va a mirar a uno como si fuera el culpable de todos sus inconvenientes. Aterrador, verdaderamente. 3— Si uno paga el boleto, EL SEÑOR le arroja el cambio con una mano que se mueve constantemente, y uno tiene que perseguir esa mano para alcanzar a atrapar alguna monedita, mientras el colectivo dobla repentinamente, o esquiva un camión... Primer chasquido de lengua y puteada interna. 4— Nunca le crea cuando EL SEÑOR le dice, sin dejar de mirar por el parabrisas ni un momento como si fuera una película muy particular de la que solo él logra comprender el argumento, que "ya le doy el vuelto". Olvídelo, bájese sin ir a reclamarlo porque despertará la furia de EL SEÑOR. Putear en casa: estehijodegranputamirá se quedó la monedita nomás... 5— Piense que, si él se lo propone, es muy probable que usted nunca llegue a bajar del todo del colectivo sin romperse al menos una pierna o un dedo. Preocuparse por esto, no es joda, y putearlo veladamente al conseguir descender. 6— Si uno está muy pero muy apurado por llegar a cualquier destino importante, EL SEÑOR va a avanzar a paso de hombre porque está adelantado en su horario. Insulto de labio cerrado y segundo chasquido de lengua. 7— Cuando uno intenta atravesar el pasillo del vehículo después de haber pasado por la experiencia de pagarle a EL SEÑOR o introducir la tarjeta magnética del viaje, él arrancará bruscamente de modo que uno tendrá que aferrarse a algo o a alguien para no morder el hediondo piso de goma del colectivo. Putear: eeehhh paráaa qué te crées que es esto laconchadetuhermanaaaa...
RONO Y LOS ASADOS

Estas son las 16 instrucciones básicas según RONO para comprar y comerse un asado. 1— Ir al supermercado y entrar a mirar dónde hay un poco de carne. Ah, sí, por ahí, por ahí está la carnicería… uylaputa, hay que sacar número. 2— Esperar con el número en la mano como si fuera un cheque, y poner cara de estar muy fastidiado porque hay como 37 personas antes. 3— Fastidiarse en serio, al advertir que los carniceros le dan todas las mejores puntas de espalda a cualquier otra persona que esté antes. Pensar ya en la posibilidad de ir adquiriendo pan y verduras para las ensaladas. 4— En la panadería nos toca el número 011- serie C. La mina con barbijo, gorrita y delantal que parece una enfermera, anuncia número: ¡009!... Faltan dos, bueno… Ah, no, pará, es serie B este recién. Putear en secreto a la panadería y a la panadera. 5— Fastidiarse, otra vez, con los próximos números. 6— Ir a buscar la verdura. Lechuga, tomate, cebolla para tirar al fuego, y pimientos rojos y verdes… No hay pimientos, laputamadre. 7— Buscar la góndola de los vinos. Encontrarla y buscar un cabernet que no supere los 10, 12 pesos. Llevar un par o dos unidades. 8— Comprar un sacacorchos, en casa no hay. 9— Volver a la carnicería, buscar el número en el bolsillo y comprobar que no nos toca todavía, taquelosremilparió... 10— La panadera enfermera nos avisa a todos que no hay más pan hasta dentro de 20 minutos. Ahí ya la calentura nos obliga a buscar algo para calmarnos un poco. Abrir una de las botellas. 11— Es nuestro turno en la carnicería, por fin. Hay media docena de chorizos, una morcilla y un trozo de carne sumamente extraño. Aparentemente no queda mucho para pedir. Seguir bebiendo de la botella, mientras esperamos el pan. 12— Luego de obtener todo, el pan, la carne que se pudo, las ensaladas y alguna otra cosa que siempre uno quiere comprar, dirigirse hacia las cajas. Y fastidiarse. 13— Las colas para pagar llegan hasta la mitad del supermercado. Abrir la segunda botella. 14— Poner el rostro más oblicuo que nos sea posible cuando la cajera nos dice que no le funciona la maquinita de las tarjetas de crédito, después de 50 minutos de esperar en línea y habernos bebido los dos vinos. 15— Dejar todo tirado por ahí y salir del supermercado balbuceando y puteando a todo el mundo, totalmente borracho, prometiendo volver con un inspector de sanidad, la DGI, la CGT, el gobernador, quiero ver al dueño, mi amigo es abogado, conozco a Lita de Lázari... En fin, putear a diestra y siniestra bastante rato. 16— Regresar sobrio en otra oportunidad y repetir desde el paso 1. * * *
***


11. EL PERRO MIRA LA TELE

Al fin y al cabo, cuando Rono pudo comprobar que era inocente de todo lo que se le acusaba en aquella tremenda confusión que se armó cuando se quedó atrapado en el ascensor de su propio edificio, el perro le fue entregado luego de las revisaciones médicas veterinarias y vegetarianas correspondientes. Así que, agotado y de pésimo humor, decidió volver a su casa. Y lo hizo, doce pisos arriba por las escaleras. El perro lo esperaba ya en la puerta del departamento, moviendo la cola y con la lengua afuera... pero de alegría nomás, porque Rono subió por las escaleras pero el perro no, el perro tomó el otro ascensor, que funcionaba bastante bien, ¿para qué iba a subir doce pisos en cuatro patas si había un ascensor disponible? Cuando Rono llegó insultó al animal y le largó una patada. El choco la esquivó impecablemente, al estilo de las escenas de la película Matrix. El animal todavía recordaba muy bien los recursos de defensa propia que le habían enseñado en aquella academia de recursos de defensa propia para perros, en 1972, en Vietnam del Este. Los norteamericanos planeaban utilizar estos perros entrenados para verse vivir en la jungla, para ver en la oscuridad más absoluta y terrorífica, para ver debajo del agua y encima del café con leche, para ver en ellos una compañía digna en la soledad del campamento de soldados... y para ver también si podían conseguir que algún vietnamita saliera con el culo mordido aunque más no sea, porque hasta el momento en aquella sangrienta y absurda guerra los estaban haciendo realmente mierda a los norteamericanos. Y bueno, se lo tenían merecido tal vez, por arrogantes y pendencieros, pero... en fin, esa es otra historia. La cosa es que el perro conservaba en su cerebro canino ciertas técnicas que nunca había alcanzado a usar, y ahora le servían para soportar mejor la ira de su amo. Rono volvió a insultarlo, y entraron en el departamento. Se acostó en el sillón y se quedó dormido enseguida. El perro se acostó al lado de él y encendió la tele. Puso el Discovery Channel, uno de sus favoritos. Estaban pasando un programa que trataba sobre la primera extinción del castor egipcio. Parece que su especie estaba en alerta roja debido al derrumbamiento eventual de una pirámide que había aplastado a miles de estos animales, los cuales visitaban el lugar en ocasión de una excursión programada para castores. Y ahora quedaban tan solo cuatro de estos ejemplares. Todos machos. Salían en pantalla en ese momento, pero no parecían querer decir mucho al respecto. Un hombre de camisa color caqui, todo transpirado, los mostraba dentro de una especie de jaulas enormes, llamadas Jaulas Enormes, donde los cuatro animalitos tenían que aprender a sobrevivir, tejer, bordar y abrir la puerta para ir a orinar. Cambió de canal. Encontró otro que le gustaba, el History Channel. Emitían un programa especial sobre una antigua civilización que había intentado realizar estatuas de sal en el fondo del océano pacífico. Se trataba de los Beegees, que, según afirmaba un hombre pelado y de anteojos que hablaba del tema pero no parecía estar demasiado interesado ni entusiasmado en él, las famosas estatuas se habrían desintegrado casi por completo al tomar el más mínimo contacto con el agua de mar. Aparentemente tampoco habrían llegado al fondo, decía también el hombre, porque se creía que la misma sal del océano actuaba como neutralizador salínico sobre la superficie de las estatuas. Se mencionaba también que los antiguos Beegees eran eximios en materia de esculturas y arte en general —hacían maravillas esculpiendo con el orégano— y que las primeras generaciones de estos individuos se habían dedicado al ski y al canto, pero luego desarrollaron complejos sistemas para la germinación de la tierra. Se pensaba actualmente que aquel elevado sistema consistía en arrojar semillas sobre suelo fertilizado, luego lo regaban con agua mineral comprada en grandes cantidades, y esperaban a continuación que creciera algo mientras jugaban y cantaban. Muy interesante. Cambió de canal otra vez. Un programa humorístico. Reconoció inmediatamente a una de las protagonistas, que conducía el programa junto a otro sujeto. Era Julieta Prandi. El choco movió la cola al ras del piso, la había conocido de cerca cuando la vio en aquél restaurante. Llevaba el pelo suelto y le caía a los costados como líquidos rayos de sol. Estaba vestida con una minifalda blanca y una simple remera roja de algodón. Tenía puestas unas botas de cuero negro que le llegaban hasta debajo de las rodillas, y reía casi todo el tiempo. También se oían risas de gente detrás de cámaras, lo cual le pareció bastante extraño al perro. Pensó que los ojos de Julieta Prandi, en planos cercanos que la cámara egoísta y envidiosa no le hacía con demasiada frecuencia, parecían hechos con dos pequeñas manchitas robadas de algún lugar del cielo más puro y azul imaginable. Todo esto le confería a la chica el aspecto de haber salido recién del sueño de algún dios enamorado. Pero al perro le parecía solo una mujer rubia y atractiva como cualquier otra. Se trataba sólo de una modelo, tal vez actriz o conductora, pero nada más, realmente. Una chica encantadora y muy alta. Le parecía una mina increíblemente alta Julieta Prandi al perro. Sabía bien que su dueño Rono se volvía loco por ella y que se golpeaba una mano con la otra cuando pasaba por un escaparate de revistas y la veía en la tapa de alguna, o que se agarraba el estómago y se doblaba entero cuando la observaba en algún cartel de publicidad gigante de la ciudad. Intentó despertarlo para que la pudiera observar en la televisión. Lamió su mano, pero Rono ni se movió. Le apoyó el hocico en la panza y emitió un gemido moderado de perro. Nada. Ladró una vez, un ladrido bajo y ronco, prolongando un matiz de graves al final... Ahí Rono se movió, pero no despertó del todo. El animal fue entonces a la cocina y buscó una lata de cerveza, la llevó al lado de Rono y la abrió. La cerveza brotó en espuma, ffffsshhhhh. Rono dirigió automáticamente su mano a la lata, como si tuviera un radar de malta y lúpulo, se la llevó a la boca y bebió. Dos líneas de cerveza le caían por los costados de la comisura de sus labios, seguían camino por el cuello y se le metían por debajo de la ropa, manchando gran parte del sillón en que dormía, la alfombra, el piso... y el perro, que estornudó y resopló varias veces ante el contacto con el alcohol. Rono no se dio cuenta de que la tele estaba encendida siquiera. El perro, desilusionado y contrariado por el fracaso en su intento de darle una alegría a Rono, miró con tristeza hacia la ventana que daba a la noche, moviendo sus labios de hocico. «Estuaba la Pruandi en la tele», dijo.

12. RONO EN EL CASINO

Enfurecido por haberse perdido a Julieta, Rono se levantó del sillón muy amargado y empezó a proferir toda clase de insultos. Puteó al perro por haber encendido la tele, puteó a la tele por haber emitido la imagen de la bella Julieta sin su consentimiento, qué insólito; puteó a Bush, a Kirchner, a China, a Macri, a la música electrónica, a la madre de Pablito Ruiz... Anda a saber. Puteó a la tarjeta por haberse dejado tragar en el estúpido cajero automático, a la industria del algodón... y a sí mismo, solo por haber nacido. Se puso la chaqueta y salió a tomar aire. Y un trago. Decidió ir al casino, por joder nomás. Cuando llegó, no lo dejaban entrar. Se calentó. Igual no lo dejaban entrar. Pidió hablar con el gerente o alguien más responsable —y menos fornido—. Apareció un tipo, le dijo que lo siguiera por aquí, por favor. Rono pensó que los de seguridad lo iban a revisar entero pero no fue así. Siguió al tipo. Le parecía vagamente conocido. "De dónde lo conozco a este" pensaba Rono. Llegaron a una pequeña oficina, la del tipo, suponía. Al menos había podido ingresar al casino. Pensaba jugar los últimos 15 pesos que le quedaban e irse a dormir, derrotado pero contento de haber hecho algo útil con el inútil dinero. El tipo cerró la puerta tras él y miró a Rono.
— ¿Qué hace? —le dijo.
— ¿Cómo qué hago?
— ¿No me reconoce?
— Eh... estaba pensando que lo conocía de algún lado, pero...
— ¡Pero pero pero! Sí. Ya nadie recuerda a nadie. Sí. El otro día me encontré con mi mujer. Estamos separados, sí. Le dije que había vuelto, que había encontrado trabajo acá en el casino. Sí. No me recordaba esa maldita... gorda de porquería. Mire, yo lo reconocí de inmediato. Sí. ¿Cómo olvidarlo a usted y lo que le pasó aquel día con esa bestia? Sí...
Rono se acordó ahora. Era el tipo ese que estaba en la fiesta de los secuestradores y que decía "sí" cada dos o tres palabras, inevitablemente. Le dijo que quería jugar unas fichas y luego irse.
— Claro, unas fichas, sí. Venga por acá. —Siempre llevaba a Rono “por acá” este tipo parece— Le voy a conseguir fichas, si quiere. ¿Quiere que le consiga fichas si quiere? Sí quiere, seguro que sí. ¿Y qué tal un par de whiskys y una negra? ¿Qué le parece eso, eh? Sí, seguro que quiere eso también, sí.
— Sí, quiero —dijo Rono sin darse mucha cuenta de lo que su boca hacía. — Y la negra… ¿es muy negra?
— Es negra, ¿qué más quiere que le diga? No existe más negra ni menos negra. Sí, uno se es simplemente negro o no. Sí. Es negra, sí —dijo el tipo.
— Es negra entonces.
— Sí.
— ¿Sí?
— No me lo vuelva a preguntar. Sí. Venga por acá.
Entraron al gran salón, enorme y luminoso, como todo casino. Había toda clase de gente, de mesas, de olores y colores. Una chica morena se le acercó a Rono y le ofreció un whisky. Rono la miró fijo, pensando "Midios, si ésta es la mina, me caso". Probó el whisky. Era suave y claro como un néctar sagrado. Era J&B, claro. Lo reconocía rápido. El tipo lo tomó del brazo otra vez y lo llevó a una mesa, llena de jugadores, chicas con tetas de terciopelo y tipos con lentes y sin pelo. "Buenolaputache, siempre me agarra del brazo" pensó Rono con el envión.
— Siéntese en ésta —dijo el tipo— Acá gana seguro, sí.
— Quiero un Jack Daniel’s —pidió Rono.
Luego, levantando una ceja queriendo imitar a James Bond, miró a la morena y le dijo, en dudoso español neutro:
— ¿Voy a ganar, nena? ¿Tú qué opinas, eh?
La negrita sonreía. Y Rono con una cara de imbécil como no se le conocía hasta entonces dijo:
— ¿Quieres pasar la noche a mi lado, mientras me ves jugar, nena?
— No le hable. Es muda —dijo el tipo— No habla nada. Parece que sería hereditario, sí. La madre y la hermana tampoco hablaban mucho. Murieron en un accidente y ella quedó sola. Sí.
— ¿Hereditario? ―se deprimió Rono. Pero agregó tiernamente: — Vení, flaca, quedate conmigo igual si querés.
La muchacha le sonreía bondadosamente, complacida. El tipo se alejó caminando rápido, levantando la pierna izquierda cada tanto para tirarse un pedo o dos. A Rono le causaba mucha gracia, mezclada con una incómoda repulsión este hábito del tipo.
— Sus apuestas ―dijo el crupier.
Rono miró a la negrita y le indicó que eligiera ella una ficha para comenzar. Un gato negro es fortuna para el juego. Bien, la chica señaló la ficha más grande y colorida, por joder. En realidad, Rono pensaba terminarse el whisky y partir, si era posible, con esta hermosa mujer de color que no hablaba nada. Se sentía mejor.
— Black Jack —dijo el crupier.
— ¿Quién? —preguntó Rono.
— Usted gana —le dijo el tipo que estaba a su lado.
— ¿Yo gano?
Rono en seguida miró a la morena, con los ojos abiertos y grandes como platitos de café. Luego saltó de la silla, excitadísimo
— ¡Gané, grandísimaputaqueteparió! ¡Gané gané gané! ―Pero la duda lo asaltó una vez más, porque Rono no estaba muy acostumbrado a que las cosas le resultaran favorables así como así. Se calmó, se sentó, y volvió a preguntar al tipo de al lado.
— ¿En serio gané yo, señor?
Rono estaba contento y entusiasmado. Siguió jugando e hizo varios Black Jack más. Tenía como cinco mil mangos cuando sacó sus cuentas, completamente borracho, desde luego. Seguía pidiendo juego.
— ¡Dirámmme una garddita, búto, daleeeee! —le decía al crupier, que miraba de reojo a los de seguridad por si Rono se pasaba de la raya. — ¡Eso, labútammadreeeee, venníparagáaaaaa! — gritaba eufórico Rono, en medio de las miradas, envidiosas, de todo el mundo. La negra sonreía y aplaudía, sin perder hermosura ni encanto.
Y por primera vez en mucho tiempo, Rono se sintió feliz de ser como era. La vida tenía los dientes afilados y podía morder y hacer daño; pero también tenía suaves y hermosos labios que Rono aun no había visto ni saboreado del todo.


13. RONO LEE

Cuando el frío de la noche lo despertó, estaba acostado en un refugio para esperar el colectivo, en plena avenida, la morena chica a su lado, silenciosa y linda. Con eso recordó todo. Había ganado un montón de dinero en el casino, y se había tomado varios tragos y... bueno, ahora parece que estaba a punto de tomar un colectivo y volver a su casa con la negra hermosa y muda que el tipo si si si le había presentado. Iba todo muy bien, pensó Rono. Pero cuando llegaron, el edificio estaba en penumbras.
— Tamádre, se ha cortado la luz —dijo Rono—. Seguro que vamos a tener que subir por las escaleras, y vivo en el piso doce, creo—. La chica sonreía amorosamente y movía la cabeza. Empezaba a agradarle mucho a Rono la negrita esta. Estaba sintiendo cosas en la panza con respecto a ella, y eso le gustaba.
Pensó en el perro, que estaría esperándolo en el departamento. "Quizá no le salte encima y se la coma primero que yo estehijodemilputa", dijo Rono con total confianza. Total, la mina era sordomuda. ¿O era muda nada más? Bueno, no importaba mucho a esa altura. Llegaron a la puerta y escuchó los ladridos del perro. Buscó las llaves en el bolsillo. No estaban. Las buscó bien. No estaban. Las volvió a buscar mejor, esta vez en los bolsillos de la chaqueta inclusive. No estaban las putas llaves de su casa. La chica miraba a Rono un poco asustada ante los movimientos espasmódicos de éste al realizar la frenética búsqueda de llaves. El perro ladraba desde adentro.
— ¡Calláte, laputamadre, que no encuentro las llaves! —gritó Rono tratando de controlar su ira. El perro, en el interior del departamento, miraba la puerta y ladeaba la cabeza tratando de comprender porqué Rono no ingresaba. Pero no lograba entenderle las palabras. De repente, de forma inexplicable, se dio cuenta de lo que sucedía: su amo no tenía las llaves. Decidió ser buen perro e ir en busca de una copia que había en la cocina.
— Quedáte tranquila. Sé muy bien cómo manejar esto. ―pero la chica miraba a Rono cada vez más asustada, dudando, porque intuía que no, que Rono no sabía cómo manejar eso. Sabía que algunos hombres, cuando beben, se ponen un poco intratables e impredecibles, y temía que Rono hiciera algo que la pudiese lastimar... porque "ese" hombre había bebido demasiado bastante. Ella lo había visto. El perro encontró un duplicado, lo llevó hasta la puerta y lo arrojó al piso entre la rendija por dónde se filtraba la tenue luz del pasillo. Las llaves hicieron un tintineo al caer, lo cual sorprendió y confundió a Rono.
— ¡Pará, pará! —gritó apartando a la negra hacia atrás con una mano y mirando fijo la puerta— ¡Hay alguien adentro, hay alguien adentro! Mi perro me está avisando con esos ruidos codificados...
La chica ya miraba a Rono en la forma que se mira un mosquito mientras nos está picando.
— ¡Sonidos metálicos, sonidos metálicos! ¿Qué significa esto? ¡Dáme otra pista, perroqueteparió!
El perro, del otro lado, no comprendía porqué Rono no tomaba las llaves por debajo de la puerta y la abría de una vez. Decidió estirar la pata y sacar un pedazo de llave hacia afuera para que Rono la pudiera agarrar con mayor facilidad, pensando que seguro estaba ebrio todavía. El animal olfateaba a alguien más pero no podía identificar aquel olor con nadie que conociera. Fue a la cocina nuevamente y trajo algo más.
— ¡Escuchá, escuchá eso! —dijo Rono concentrado en el nuevo sonido que el animal le enviaba como segunda pista, según creía él, claro — ¡Está tratando de decirnos algo con una especie de código... eh... tipo morse o algo así! ¡Escuchá! son como entrecortados los sonidos... parece como que raspa algo contra una superficie. Esto es El Código Da Rono.
El animal sintió que Rono ahora comprendía sus propósitos. Entonces estiró la pata y, justo en ese momento, volvió la electricidad y se encendieron todas las luces del pasillo y de la casa. Se encendió el televisor, en alto volumen, asustó al perro y no pudo evitar un ladrido. Rono interpretó esto como una mala señal y entró en estado de pánico. Su rostro se desfiguró de una forma alarmante. La morena se echó hacia atrás y empezó a gemir. De repente, Rono levantó los brazos y la pierna derecha, en una posición parecida al ataque. Entrecerraba los ojos mirando la puerta como si ésta fuese un objetivo zen. "No hay dolor no hay dolor no hay dolor", repetía Rono para sus adentros. Una milésima de segundo antes de producirse el impacto pensó también "es imposible, no tengo tanta fuerza". La ambigüedad y la contradicción humanas se manifestaban esa noche en un solo hombre; el espíritu de los antiguos maestros orientales se apoderó de aquel hombre como una revista de actualidad se apodera de la atención de toda empleada doméstica; un hechizo milenario recorrió el cuerpo y la mente de ese hombre; lo recorrió e inmediatamente lo abandonó. Ese hombre era Rono. Se lanzó sobre la puerta con una destreza que el mismísimo Bruce Lee hubiese envidiado.
¡¡¡CRAAAAAAAAAAACK!!!
La derribó, quedándose atónito e incrédulo ante el acto de haberlo conseguido tan fácil. La chica estaba hecha un ovillo en el suelo tapándose los oídos y llorando histérica. Rono contempló su departamento con la mirada seria y aguda de quien espera encontrarse con el peligro cara a cara. Una nube de polvo que se alzaba, contenta, le impedía ver con exactitud lo que tenía por delante. Se preparó de nuevo para el ataque por si había un ladrón, pero pronto el polvo bajó y pudo ver que se trataba del perro. Tenía algo en la boca el animal. Algo alargado y de filo dentado. Un serrucho. Lo dejó caer a los pies de Rono, convencido de haberse ganado un punto favorable con él. Pero a Rono ya le preocupaba otra cosa. Se miró la pierna y no le gustó lo que vio, había un bulto que le salía por el muslo y empezaba a ponérsele de color morado. Un dolor caliente y líquido le recorrió el cuerpo. "¡Aylaputa, Aylapuuuuta, me quebré! ¡Pará, que me quebré la pierna, pará...! ¡Me quebré la pierna!", gritaba. El perro se acercó para lamerle el hueso que le asomaba por la parte posterior del muslo. Tenía mal aspecto la pierna de Rono, pensó el animal. La chica entró y señaló el teléfono. En algún punto indeterminado del edificio, una alarma comenzó a sonar. Y mientras Rono yacía en el piso experimentando un dolor insoportable, el televisor emitía el nuevo video clip de los Rolling Stones en vivo, Brown Sugar.

14. RONO EN NAVIDAD

Rono no se quebró nada. Lo que le sobresalía del muslo no era más que un trozo de madera de puerta que al romperse se le clavó en la pierna. Menos mal, porque sino tenía que pasar la navidad enyesado. Pasaron varios días juntos con la negrita y el choco. Ella le curó la herida, que no era nada grave, y él iba encontrando miguitas de pan en el suelo como en Hansel y Gretel. La chica resultó ser amorosa y dulce como un durazno de verano, le preparaba té y tostadas como a Rono le gustaban, le hacía mimos como a Rono le gustaban, le agarraba la mano cuando se calentaba de fiebre por culpa de algo que hacía o se comía el perro, le preparaba buenas comidas nutritivas, y se quedaban hasta tarde viendo televisión y jugando al naipe, como a Rono le gustaba... —Ella siempre le dejaba ganar—. Rono se acostumbró con naturalidad al poco diálogo con la mudita, le gustaba igual. Y decidió entonces ofrecerle pasar la navidad con él y el perro.
— ¿Querés pasar navidad con nosotros, negrita? Vamos a estar solos, porque mi familia y la de él no andan muy cerca.
La negrita, por supuesto, no respondió. Le pidió con señas que le alcanzara un papel y algo para escribir. Rono buscó en una mesa.
— ¿Dónde hay papel y lápiz, dónde hay papel y lápiz?, que me va a responder por escrito, laputamadreche... ¿Vos te comiste un block de hojas que había acá? —le preguntó al perro.
El perro lo miró y enseguida se agachó.
— Bueno —dijo Rono tratando de dominar su impulso de castigar al animal—. Aunque sea decíme con la cabeza sí o no.
La negrita movió la cabeza de arriba hacia abajo, asintiendo. El perro también. Rono permaneció un breve instante mirando a los dos, y luego dijo con el ceño fruncido:
— Pero... pará, ¿vos tampoco tenés mucha familia que digamos o solo te querés quedar con nosotros para navidad porque querés nomás?
La negrita movió la cabeza de izquierda a derecha, negando. El perro también. Rono buscaba con la vista desesperadamente papel y lápiz, pero no parecía haber nada.
— Bueno, bueno, creo que entendí que te querés quedar con nosotros. Vamos a ir a comprar algunas cosas para nochebuena entonces ¿quieren?
La negrita se quedó quieta, con los ojos fijos en la nada, como olfateando algo impreciso. El perro también. Rono pensó "puuuta, ¿qué hacen estos dos, yoga?
De repente se escuchó una fuerte detonación. ¡PUM! Rono se tiró abajo de la mesa inmediatamente.
¡PUM PUM PUM! Otras detonaciones.
— ¡Esto es Irak, esto es Irak, es la tercera guerra mundial! ―gritaba muy asustado Rono.
El perro, como todos los de su especie, se alteraba muchísimo con los petardos de la época de las fiestas, y se introdujo en el CPU de la computadora, inexplicablemente. La chica se tapó los oídos hasta que terminaron las explosiones. Rono salió de abajo de la mesa, temblando y con el rostro desencajado, tratando de incorporarse enseguida.
— No me acostumbro nunca —dijo avergonzado.
— Nunca —dijo la morena.
Rono se quedó perplejo. Por un momento pensó que sus palabras hacían eco en algún rincón misterioso de la habitación, pero estaba seguro de que la negra había hablado. La miró y se le acercó, impresionado.
— ¿Dijiste algo?
— Algo —dijo la chica, y sonrió.
— ¡Estás hablando vos! —dijo Rono entusiasmado.
— ¡Vos! —exclamó ella, también entusiasmada.
— ¡Perolaputache! Estoy siendo testigo de un prodigio, de la aparición del habla en alguien. Es la primera vez que me pasa esto... es increíble —luego pensó en su perro y la extraña habilidad para hablar que ya había desarrollado, y agregó— Bueno, es la segunda vez que me pasa.
— Pasa —dijo la negra.
— ¿Pasa? ¿Qué pasa? ¿Pasa de uva? Sí, vamos a comprar pasas de uvas también... ¿Eso querés, pasas de uvas?
— Uvas —dijo la chica.
Acá Rono advierte que algo no está bien. Que la chica está empezando a hablar, sí, pero que solo repite lo último que escucha. Para comprobarlo, Rono le hablaba y esperaba a ver que decía ella. Y siempre repetía lo último la morena.
— Y vamos a pasar la navidad juntos los tres, comiendo un asado, o un pollo relleno... ¿te gustan los pollos rellenos a vos, qué te parecen?
— Parecen —repetía ella.
— Y después nos vamos a ir a pasar la noche en algún lugar, alguna fiesta o algún bar, y nos vamos a divertir mucho, tomaremos un trago o dos... —dijo Rono
— Dos.
— Y luego, si querés, te llevo a tu casa o adonde sea que vivís... o si te querés quedar acá te quedás, no hay problema, me gustan las tostadas a mí, y no veo porqué no... Además no te veo para uno de esos anuncios para conocer gente, de enamorados —explicó Rono enredándose en sus propias palabras como de costumbre.
— Enamorados —dijo ella. Rono hizo silencio y la miró. Era muy linda. Tenía los ojos del color de algún mineral no descubierto aun.
— Negrita hermosa —le dijo, y la abrazó y la besó. Se dieron un largo beso con los ojos cerrados y a Rono le brotaban burbujas en el corazón. Se estaba enamorando de esta mujer, definitivamente.
Mientras sucedía todo esto, en la pantalla del ordenador se lo podía ver al perro corriendo y saltando por todos lados en un universo digital que no comprendía pero que disfrutaba contento. Había entrado por pura casualidad a un juego en red, el "Counter Strike", y se encontraba en una situación delicada, en una guerra que él no había comenzado. Agachado entre dos muros, esperaba para dar un salto encima de unos individuos que se le acercaban con armas de fuego y gritaban estupideces.

En navidad la gente suele hacer toda clase de tonterías. Una semana después, para el año nuevo, esas tonterías se multiplican y algunas de ellas se convierten en extrañas naves que arrojan problemas sobre la humanidad. A Rono le sucedió una cosa así. Luego de una cena de características paganas, Rono y su amada negrita partieron rumbo a la diversión que esperaban encontrar dentro de las diferentes ofertas navideñas. El choco seguía adentro de la computadora, así que Rono lo guardó en un disquete y se lo llevó en el bolsillo de la camisa. Tomaron un taxi hasta un complejo donde se realizaba una gran fiesta electrónica para celebrar la navidad.
— Va a estar buenísima —le dijo a la negra—, yo he ido a muchas de esas, y se ponen realmente buenas... a eso de las seis de la mañana más o menos.
— Menos —dijo ella.
Se bajaron del taxi, y se acercaron a la multitud de gente que se agolpaba por entrar. Rono, que en la cena había bebido vino copiosamente, buscó dinero en el bolsillo, y encontró también el disquete con el perro. "De acá no vas a salir ni en pedo", le dijo al disquete. De alguna extraña manera, creyó notar que el disquete se agachaba un poco en su mano. Pero claro, debía de ser un truco de su mente, excitada por el vino y las circunstancias. Llegaron a una especie de entrada decorada con motivos navideños. Un enorme pino había sido vestido de arbolito de navidad. Las chicas que cobraban las entradas llevaban gorros colorados con pompón blanco. Moños dorados colgaban por todos lados. Paquetes que no contenían nada habían sido esparcidos sobre todo el lugar. Inesperadamente, Rono y la negrita pudieron entrar rápido al complejo. No hubo inconvenientes de ningún tipo para ingresar, lo cual desorientó un poco a Rono, por supuesto. La música sonaba muy fuerte y muy electrónica; y había mucha gente muy linda y muy electrónica. Era temprano aun. Rono preguntó la hora a un tipo que estaba parado al lado de un inmenso parlante, contemplando todo alrededor con mirada muy seria y los pulgares en el bolsillo, aparentemente controlando que todo se desarrollara con normalidad. Le fue difícil a Rono distinguir la diferencia entre el tipo y el negro parlante. Agarró a su chica del brazo y se dirigieron hacia un costado del predio donde se encontraba una de las diecisiete barras dispuestas en el lugar.
— Qué querés tomar vos —le gritó Rono a la morena. No se escuchaba nada encima de la música.
— Vos —dijo ella.
— Yo me voy a pedir un champagne. Te traigo uno —dijo Rono, y se encaminó a la barra.
En esa barra no había champagne le dijo un sujeto de musculosa y gorra tropical que manipulaba una coctelera, haciendo un espectáculo ridículo. "Qué mierda es lo que baten ahí dentro" pensó Rono, "Nada. Están toda la noche boludeando con eso y no baten nada en realidad; es agua con hielos" Rono preguntó al tipo dónde servían champagne, porque había pagado una entrada que incluía todos los tragos que quisiera beber. El tipo, batiendo la coctelera, lo miró fijo pero no le contestó.
— ¿Qué es lo que baten ustedes ahí? —preguntó Rono, curioso. El tipo realizó una especie de pirueta con la coctelera que consistía en arrojarla para arriba, y luego agarrarla.
— Es un trago —dijo el musculoso barman. Y Rono sintió que las mejillas se le enrojecían. "Y sí, qué otra cosa va a ser, café con leche, laputaquetereparió", pensó, pero desde luego que no se lo dijo.
— Eh, bueno, dame entonces uno... para ver —pidió Rono.
El barman se detuvo, buscó debajo de la barra y entregó a Rono un rollo de papel, un ejemplar del periódico, “Uno” de Mendoza, muy arruinado.
— Es el de ayer —le dijo el barman—, pero están todos los clasificados enteros.
Rono se apartó y se fue a otra barra muy caliente, pensando "puuuuuutamadre, se ponen muy graciosos algunos para navidad". Encontró otra barra y se detuvo ahí.
— ¿Qué sirven acá? —preguntó antipático y malhumorado a una mina que, muy moderna y muy electrónica, tenía una ipod enchufado en las orejas mientras controlaba el movimiento de su barra.
— Lo que quierasss —le dijo la mina.
— Bueno, quiero un champagne —Rono miró los increíbles pechos de la mina pensando lo extrañas que son las leyes de gravedad cuando están aplicadas en esa zona.
— ¿Con speed?
— No.
— Todo el mundo lo toma con speed.
— Yo lo tomo a mayor velocidad. ¿Saco yo mismo el champagne?
— “¿Saco yo mismo el champagne?” ―se burló la mina—. Claro que lo sacásss vosss, ¿o esperássss que te lo saque yo...?
Rono, dominado por el atractivo de la bella mujer, ni se calentó, se agachó y sacó una botella de champagne de una caja. Algo se le cayó del bolsillo, pero no se dio cuenta hasta más tarde.
Media hora después Rono estaba muy ebrio. La negrita, contenta, seguía repitiendo todos los finales de lo que él le decía... y también de las letras de ciertas canciones que el fabuloso y electrónico dj permitía que se escucharan en fragmentos. Rono decidió que quería cerveza ahora, algo refrescante, pero tenía que atravesar un montón de carne para llegar hasta esa barra. Lo hizo. Lo bueno de estar muy borracho y pasar entre tanta gente apretada es que uno nunca puede caerse. A Rono le sucedía con frecuencia esto. Cuando llegó por fin a la barra de las cervezas, pidió una bien helada.
— ¿Guál crvezzza diennenn agá? ―balbuceó como pudo.
— Andes ―le contestó la chica detrás de esa barra, con lentes de sol, visera, y ninguna teta.
— ¿Andesss? ―se extrañó Rono— ¿Andes de gué? Sí, mejor dame una andes de gue se enfríe, labuddagueterimilpbarió...

15. RONO VIAJA POR EL PERRO I

Luego de las fiestas y de sus borracheras correspondientes, Rono descansó por tres días y tres noches. La chica estaba a su lado cuando despertó. Le preparó desayuno de tostadas y té, como a él le gustaba. Pero Rono le pidió café, lo necesitaba, porque le parecía que su cabeza era una estación de subte.
El perro seguía en el disquete y ahora ladraba en formato Disco de 3½ (A:). La negrita lo imprimió en una hoja, y se lo pudo ver en blanco y negro y con la lengua afuera… pero afuera de la figura, porque la impresión era de pésima calidad. Rono se levantó de la cama.
— ¿Me querés decir cómo vamos a hacer ahora para sacar a este animal de esta hoja, digo yo?
— No sé ―dijo ella.
— ¡Ah! ―exclamó Rono excitado— ¡Ya hablás bastante mejor, veo!
— Veo.
— Puuuuuuta... ¿Qué pasó, se te fue?
— Fue ―dijo la negrita, triste y confundida.
Rono se vistió rápidamente y salió, con la hoja de papel impresa del choco, para ver qué se podía hacer. Decidió ir a buscar a su viejo amigo, el que había conocido como espía mientras estaba secuestrado y que ahora era un funcionario o algo parecido del casino.
— Es un caso bastante raro, sí ―dijo el tipo—. Creo que ya es un perro digital, pero no se preocupe, tengo un plan, sí. Puedo transformarlo de nuevo en analógico con una máquina que yo inventé hace tiempo…
— ¿Inventó una máquina? ¿Qué clase de máquina inventó usted, señor? ―preguntó Rono interesado.
— Es una máquina del tiempo, sí. Soy científico. Hemos hecho experimentos con seres humanos también, sí. Vengan por aquí por favor.
El tipo agarró del brazo a Rono, como de costumbre, y la hoja de papel con el perro impreso vibró por la sacudida. “Bueeeeeenoperolaputamaaaadreche, siempre me tiene que agarrar del brazo así”, murmuró Rono para sí mismo.
El perro movió la cola en la hoja de papel, pero nadie lo advirtió. A todo esto, lo que el tipo le había dicho sobre que era un científico y había inventado una máquina del tiempo y que habían hecho experimentos con seres humanos… “Aymidios, éste tipo forma parte de los que me mandaron a la isla y luego al pasado y casi me culpan de matar a Kennedy…” pensaba Rono con creciente alarma. “Ahora entiendo cómo ha estado siempre mío y todo, él forma parte de un plan para experimentarme, me están utilizando como… como un… experimento”, concluyó el pobre Rono. Y ahora comenzó a atar cabos. Los tenía en un bolsillo del pantalón. Eran varios cabitos chiquitos así, sueltos, que se puso a atar con la paciencia de una abuela judía cuando teje.
Entraron a una sala enorme, de techo bajo, de caña y durazno, con salpicré en las paredes, de turrón de maní. “Muy interesante”, pensó Rono. El tipo los condujo hacia una pelota de rugby gigante que presentaba una puerta lateral. Ésa era la máquina del tiempo, seguro. Pero no, esa guinda formaba parte de otro experimento relacionado con las capacidades cornugales de ciertos jugadores de ese rudo deporte.
El tipo caminaba enérgico y soltando flatulencia. Pocos sabían que en realidad era conocido como el Dr. Robert. Pero Rono ignoraba su nombre. Había veces que, al firmar un documento, tenía que preguntarle por teléfono a alguien cómo era que se llamaba… y cómo se escribía. “R-O-N-O” le deletreaban siempre. Sucede que Rono sufre de un síndrome llamado Síndrome Sin Nombre, el cual le hace ignorar por momentos su propio nombre.
Bueno, llegaron a otra sala, esta vez mucho más pequeña pero de techo más elevado, donde había una muñeca inflable que yacía muerta sobre una mesa de cristal. “Otro experimento”, dedujo Rono. El Dr. Robert se inclinó sobre la mesa donde yacía la muñeca y le dio un beso en la boca. “No me extrañes”, le dijo. La muñeca, de hule, no le respondió. Rono pudo observar que la muñeca se parecía extrañamente a la rubia Mónica, la líder del grupo de secuestradores. Pensó que todo aquello también había sido parte del siniestro plan que éste tipo y los otros científicos graneaban para mortificarle la vida a él. “Si lo llego a ver por acá al paralítico diciendo eeeiiiaaa, me voy a calentar muchísimo”, decidió Rono. Entraron a otra sala. Rono ya se sentía un tanto mareado, y cuando vio lo que había frente a él no lo podía creer: un globo luminoso que era como un adorno de navidad gigante y que giraba en sí mismo emitiendo un leve zumbido. “Ya sé qué es esto”, pensó el astuto Rono, “es un adorno de árbol de navidad con luces, que gira sobre un eje de orégano… gigante” Se lo dijo al doctor, y el doctor lo contempló con mirada grave.
— No sea idiota. Ésta es la máquina de la que le hablé, sí. No se acerquen demasiado hasta que se los pida. Van a tener que entrar los dos, porque no puedo meter papel solamente, entiende, sí.
— ¿A no? ―preguntó Rono.
— Sí, no puedo meter solo la hoja con el perro, no. De modo que usted tendrá que entrar y sostenerla, sí.
— ¿Ah sí?
— Así, sí ―dijo el Dr. Robert.
Y a continuación encendió un gran panel de control que no hizo la menor señal de quedar encendido. Luego puso cara de ligera preocupación.
— Falta un cable ―comentó—, me falta un cable finito, que es el que permite la alineación de los gastos interestinales del aparato digestivo de esta maldita máquina, sí. ¿No lo ve usted por ahí al cable? Si lo ve no me lo diga, no me lo diga…
— ¿Cómo que le falta un cable? Perolapuuutamadre…
Con desconfianza, Rono recorrió con la mirada el lugar. Era un completo desorden, había cables de todos los tamaños y por todos lados; había luces navideñas y de las otras; había un mono, un castor egipcio, un rulemán, varios teléfonos celulares, sombreros, armaduras del medioevo, lanzas, escaparates de revistas del siglo XIX, gatos mecánicos, gatos de Hollywood, una guitarra eléctrica de la década del ’50… En fin, había muchas cosas desparramadas por ahí. Rono vio un cable chiquito, finito, el cable que faltaba. Y se lo dijo.
— ¡Ahí está, ahí está el cablecito! ―lo señaló.
— ¡No me lo diga! Le dije que no me lo diga. Sí. Lo tenía que encontrar yo mediante un dispositivo hepático que me he incorporado a mi mismo hace una semana, sí. Puedo oler el whisky a kilómetros de distancia, sabe...
— Dispense ―dijo Rono, sin saber qué significaba en verdad esa palabra.
— No importa. Métanse ya a la máquina, sí. Los voy a mover un poco en el tiempo y así el perro volverá a ser como antes, sí.
Pero Rono tuvo serias dudas y temores ante la propuesta. Con paso lento y tembloroso se introdujo en la máquina. Antes, se volvió y le preguntó al tipo su nombre.
— No se lo he dicho por motivos que desconozco. Sí. Pero ya es hora de que lo sepa. Soy el Doctor Barbui. Robert Barbui, de Amapolas Gitanas, porque mi madre provenía de…
— No, no ―interrumpió Rono—, está bien, doctor… pero yo quería saber el mío, porque se me olvida, usted sabe…
El doctor quedó un tanto perplejo, pero luego atribuyó aquello a los hechos vividos por Rono anteriormente.
— Ah, perfecto entonces, sí. Usted se llama Rono ―y le deletreó: — R-O-N-O.
— Gracias ―dijo Rono, y se metió en la máquina que era como un adorno de navidad gigante, con la hoja de papel en la mano.
El perro ya comenzaba a difuminarse un poco a causa de la transpiración manual de Rono. La máquina zumbó un instante y luego las puertas se cerraron, se encendieron varias luces y… todo quedó a oscuras. “Perolaputaquépasó”, pensó Rono intrigado. De repente, un televisor de pantalla plana les ofreció imágenes. Era una película que el sistema dedicaba para que los viajeros no se aburrieran. En el televisor apareció Tom Hanks, un actor que le gustaba a Rono, porque siempre parecía estar solo o en lugares extraños y arreglárselas por sí mismo, y siempre se le presentaban problemas graves a Tom Hanks, en un cohete en el espacio, en una isla desierta, en un mundo donde él era un deficiente mental pero con lindas metáforas sobre lo deficiente y sobre lo mental, en una situación donde volvía a ser niño mediante artilugios como el que Rono experimentaba en ese momento. Solo rogaba que no fuera esa otra película que había hecho con Meg Ryan, esa en que se mandaban e-mails durante toda la película… mmm, era horrible. Sin ninguna razón en particular, Rono se preguntó de repente cómo sería la dirección de mail de Tom Hanks. Quizá fuera: “runtommyrun.correotomail.com"; o tal vez: “tantososcarscomomepuedaganar.tommyhanks.net”; o quizá uno más simple y concreto: “cualquierpapelquemepidanlohago.millónxminuto.com”.
En fin, de todos modos no tenía importancia, pero lamentablemente la película era con Tom Hanks y Meg Ryan, laputamadre. La máquina hacía lo suyo, y sin que Rono se diera cuenta ya estaban viajando en el tiempo. Una pata del perro salió, peluda, de la hoja de papel y se apoyó en la pierna de Rono. Estaba funcionando, pensó. Pero ignoraba que el Dr. Robert Barbui había olvidado cierta maniobra, por lo cual Rono y el perro iban a quedar varados por un tiempo en otro tiempo, valga la redundancia.


16. RONO VIAJA POR EL PERRO II

El tablero del Dr. Robert era un desastre. Los números corrían para todos lados en un visor como en la película Volver al Futuro. Se notaba que el tipo estaba con los nervios destrozados por aquello. De aquí en más, Rono y el perro podían aterrizar en cualquier lugar y en cualquier época del tiempo, pasado o futuro. Las cosas se habían complicado mucho más de lo que el pobre doctor Barbui había previsto. Aunque sabiendo que su intención había sido la de ayudar a Rono ―ya que era su experimento― no dejaba de sentirse culpable y deprimido por la situación. Este error podía costarle la carrera, el diploma, el prestigio entre la comunidad científica del mundo entero, el poco pelo que le quedaba, la remota idea de reconciliación con su esposa, y por su puesto el puesto en el casino...
— Van a haber problemas ahora ―se decía Barbui— Sí. Van a haber muchos problemas ahora. Es peligroso que éste hombre y su perro caigan deliberadamente en un tiempo y un espacio, sin haberlo programado. Cuando experimentamos mandándolo a Estados Unidos fue diferente, sí... Pero ahora es muy diferente, ahora es muy diferente. Sí.

Ahora bien, Rono se había quedado profundamente dormido, y el perro, ya restaurado en carne y hueso y pelos estaba a su lado viendo la película con Meg Ryan y Tom Hanks. No le gustaban esos artistas al perro. Es más, odiaba a Hollywood con todos sus dientes, pero no le quedaba otra. De todas formas igual lloraba en las partes emotivas del film. Entre esos lloriqueos y gemidos del perro, Rono despertó de su letargo. Miró al perro.
— ¿Por qué mierda llorás? Es una película horrible. Me quedé dormido en el comienzo mientras me aguantaba las ganas de vomitar. Vámonos de acá. Esto ya debe de haber terminado. Te veo que estás como antes... ―dijo Rono irritado todavía por haber recién despertado. Luego miró alrededor y cayó en la cuenta de que aún estaban adentro de aquélla cápsula como adorno de navidad gigante, la “máquina del tiempo”. Dudó un instante mientras miraba al perro.
— No te habrás comido algo ya, ¿no? Mirá que si te comés algo de ésta máquina o lo que carajo sea esto, el doctor nos mata. Nos mata a los dos. Esto es un experimento muy importante.
Buscando la puerta de salida, tropezó con un cablecito chiquitito, otro cablecito, finito como un alambre. Lo observó preocupado, pensando “tamádretambiénnn... éste tipo pone cables por todos lados. Espero no haber causado algún daño” —Rono ignoraba que ya estaba todo mal con el asunto, pero no dejó de maldecir y preocuparse. Miró instintivamente hacia la parte de arriba del artefacto y vio una pequeña luz roja que parpadeaba donde se leía la palabra “EXIT”.
— ¡Ya está! ―se entusiasmó Rono— Ahí dice que todo fue un "éxito". Vení, salgamos de acá para darle un abrazo al Dr. Robert Barbui y agradecerle por todo esto. El perro movió la cola y balbuceó algunas palabras.
— ¿Qué? —Rono no le entendió bien.
— Yia vuoy, termuina la puelícula y vuamos ―dijo el animal. Rono le aplicó una patada en las costillas y lo obligó a bajarse de la silla donde estaba. Salieron del artefacto por la misma puerta que estaba debajo del “EXIT”, que aún parpadeaba.
Y lo que encontraron ahí cuando salieron no era precisamente el laboratorio del Dr. Barbui. Ni siquiera estaban dentro de un lugar. Estaban en la calle, con gente que los miraba con expresión de horror en sus rostros. Esa gente y el lugar le pareció de lo más extraño a Rono, pero había algo familiar en todo aquello, pensó. Trató de calmarse y pensar más. No lo consiguió. El perro fue inmediatamente a orinar un árbol, con cara de placer y entrecerrando los ojos, guiñándolos, como hacen todos los chocos cuando vacían sus vejigas. Rono lo observó con incredulidad, pero estaba demasiado emplumado en sus pensamientos. “¿Dónde mierda estamos, digo yo?” De repente, un niño se le acercó con mirada divertida y lo tocó en el brazo, le dijo algo pero Rono no entendió el idioma que hablaba el chico. Notó entonces que todos iban vestidos con túnicas extrañas y llevaban cosas en la cabeza y andaban en burros, o mulas, o lo que fuere, Rono no podía saber qué eran. Estaban en el centro de lo que parecía ser un mercado. Al Norte se alzaban unos pequeños montes y colinas. Era un lugar que el sol invadía por todos lados casi como en un desierto, pero poblado. “¿Dónde mierda estaremos, laputamadre?”, pensaba Rono. El perro vino corriendo y se sentó a su lado. Traía algo en la boca. Parecía un hueso, pero... era un hueso medio raro.
— Putamadre, dejá eso, dejá eso que puede estar... infectado o algo ―lo reprendió Rono.
Luego interrumpió su atención hacia el perro, porque justo delante de ellos había muchos hombres escudriñándolos con miradas entre temerosas y salvajes. Pero no iban vestidos como los demás, que, por otra parte, habían huido a esconderse a otro lado ante la llegada de estos individuos, de rostros recios. Llevaban unos cascos extraños. Algo le traían a la memoria esos cascos a Rono. Hizo un tremendo esfuerzo por recordar dónde los había visto antes. Uno de los hombres se acercó a Rono y le habló en un tono severo, en una lengua que a Rono se le antojó Latín. ¿Hablaban en latín estos tipos? Rono no lo sabía con certeza. Y esos cascos, y esas vestimentas, con capas... ¿Y porqué llevaban lanzas y escudos y esa bandera que decía Emperias Rom...? A Rono, ya bastante confundido y lleno de interrogantes, de repente se le ocurrió mirar algo que había estado todo el tiempo enfrente de él a unos pocos metros de distancia.
Era un cartel lo suficientemente grande como para leer los caracteres que tenía tallados. Estaba debajo de un árbol y decía algo que Rono no entendió, porque las letras estaban mezcladas con otros signos, pero lo interpretó enseguida. El cartel decía: “Bienvenidos a la ciudad de Jerusalén” Se quedó perplejo. Sus labios se movieron sin que se diera cuenta de ello. “Aylamierrrda, no me digas que estamos en...”
Un soldado romano lo agarró del brazo.
“Putamadre, otro... Siempre me agarra alguien del brazo a mí”, pensó Rono, irritándose. El oficial lo llevó hacia donde estaba el resto, dio una orden y todos se abalanzaron sobre Rono.
Mientras tanto, el perro se había unido a otro grupo de hombres, unos que sí llevaban largas túnicas y conversaban con otra multitud de gente. Había uno en especial ahí que estaba en lo alto de una roca y que no paraba de hablar. Así que el animal se sentó con los demás a escuchar lo que decía aquél hombre. Parecía un tipo misterioso, pero transmitía una sensación muy agradable que tanto el perro como la multitud que lo escuchaba parecían recibir de muy buen modo.
— Ya sé quién es éstue ―dijo el perro —. Es Juesús de Nuazuaret.
Pero nadie le oyó, porque todos escuchaban una historia que aquel hombre les contaba.


17. RONO EN JERUSALÉN I


Al anochecer, Rono sintió frío. Se palpó con las manos el torso y se dio cuenta de que se encontraba desnudo, salvo por un trapo que le habían puesto a modo de ropa. Se trataba de un lienzo color rojo que tenía un olor rancio insoportable. Un soldado romano lo sacó de su perplejidad llamándolo desde la puerta. Se dio cuenta de que se encontraba detenido, por lo que podía entender, en un calabozo o algo por el estilo. “Perolaputaquemepariótambién. No, si me las busco yo…” pensó Rono, afligido por haber caído otra vez fuera de tiempo por un error ajeno. Y por culpa del perro encima. El soldado abrió la pesada puerta de madera de acacia y le indicó con rudos modales que saliera. Hablaba en griego.

— Salga ―dijo el soldado—. El sumo sacerdote quiere verlo. El gobernador y La Junta del Sanedrín están discutiendo su caso. Le van a someter a un juicio.
— ¿Quién? ―preguntó Rono, sorprendido de poder hablar el griego e intrigado por la cantidad de cosas que el soldado le decía— ¿Quién me va a hacer un juicio? —Le parecía extraño a Rono que aquél simple romano enviado a llevarlo ante la junta y el Gobernador y Todo le diera tanta información. Miró al soldado ahí parado, esperando que hiciera algo, que entrara a sacarlo, no sé. Su rostro le resultó familiar, pero no identificó familiar de quién. El soldado finalmente entró en la celda y lo sacó… tomado del brazo.
— No me agarre del brazo, por favor.
— No hable y sígame.
— ¿Adónde es que me llevan? Mire... eh… soldado, esto es un error, yo se lo puedo explicar, es muy fácil, el doctor Barbui…
— No hable ―volvió a decirle el soldado.
—… se equivocó en un cálculo parece ―explicaba Rono—, y el viaje salió mal, seguro que van a venir a rescatarnos de…
— ¡No hable le he dicho! ―gritó el romano—. Se lo hemos dicho desde que lo arrestamos en el monte Sinaí hoy por la tarde. Y usted no ha parado de hablar. Le han tenido que adormecer a golpes para que se callara. Hasta que La Suprema Corte decida qué hay que hacer con los extranjeros como usted que aparecen en el monte así como así, su situación es delicadísima, señor… Se lo he dicho como tres veces ya… ¿o acaso es tonto usted?
— Nobuenopará, pará un poco, eh… ―se defendió Rono, nervioso―. Yo lo que les quiero explicar es que no aparecí así como así en el monte ese de ahí…
— Sinaí ―corrigió el soldado—. Monte Sinaí.
— ¿Y sinoeahí adónde mierda es entonces? Eso es lo que estoy tratando de decir…
— Explíquelo ahora ante el Sumo Sacerdote ―El romano lo arrojó dentro de una suntuosa cámara que parecía un palacio, y a continuación hizo un saludo antes de retirarse. Rono se quedó mirando al soldado irse. Se llevó una mano a la cien, intentando un saludo militar.
De hecho, aquél lugar era un palacio. El viejo palacio del rey herodes. Rono quedó mirando la espalda del soldado, y a decir verdad le dio bronca que lo dejara solo ahí. Pero tenía un cagaso… Le temblaba el labio superior y la ceja izquierda estaba nerviosamente fuera de control. Temió lo peor. Pero se calló la boca, pensando “Lo único que espero es que no traigan el perro acá, porque se come todo este lujoso atrio en cinco minutos”. Entraron los miembros del Sanedrín y el Sumo Sacerdote. Caifás, hijo de Anás, que presidía el caso e hizo las primeras preguntas a Rono, se sentó en una mesa enorme con una altiva expresión en el rostro. Rono estaba distraído observando cómo unas palomas competían por los mejores trocitos de pan en el patio del palacio. La Corte Suprema comenzó el interrogatorio. Hablaban en arameo.
— Antes de decirte los cargos que se han presentado en tu contra quiero que me contestes algunas inquietudes que tengo ―dijo Caifás, mientras se servía vino en una jarra decorada con cristales incrustados. Detalles que Rono jamás advertiría, claro.
— Mire – habló Rono, pensando “Peeerolaputa, hablo en arameo ahora también.” – Mire, yo sé que ustedes son muy importantes acá y todo eso, pero yo quiero explicarles que ha habido un error de cálculo en…
— ¡Oh! ―exclamó uno de los ancianos— ¿Eres acaso un matemático instruido? ―Los demás miembros del jurado rieron, todavía medio borrachos por la opulenta cena de las Pascuas. Rono sintió ganas de darle una paliza al gordo de mierda ese. Le parecía un tipo de lo más repugnante e hipócrita. Y su ironía no tenía la menor gracia además.
— En el viaje algo salió mal ―continuó Rono—. Pero eso… eh… lo que sucede acá, déjeme que le diga, es que…
— ¿Eres el extranjero que dicen que apareció como si nada en el monte de Sinaí? ¿Vienes con alguien más, o acaso eres uno de esos que anda con ese Galileo? Responde sí o no.
Rono se quedó un instante procesando las palabras para poder responder algo que no lo comprometiera. “Galileo” le sonaba familiar, pero se acordó de un amigo de la escuela secundaria y luego se olvidó. Caifás enrojeció de furia.
— ¡Contesta! ―gritó enfadado el Sumo Sacerdote— ¿Eres el que dicen que apareció en el Sinaí, sí o no?
Rono habló tan bajito que nadie pudo captar lo que dijo.
— ¿Qué has dicho? ―Preguntó Mamón, uno de los sacerdotes del templo. — ¿Has dicho que sí, que estuviste ésta tarde en el Sinaí?
— No, que si no hay un vinito o algo para beber. Porque si me van a empezar a hacer un montón de preguntas tomémonos un trago aunque sea. Tengo la garganta a la miseria, sequísima ―dijo Rono llevándose la mano a la boca y sacando la lengua.

Mientras sucedía esto, el perro había pasado la mayor parte del día con Jesús y sus discípulos, que lo habían adoptado como mascota. Le llamaban el “apóstol Perro”. Los acompañó durante las preparaciones que ese día hacían los hombres para celebrar la pascua. Su instinto ya le había permitido descubrir que ése era Jesús y todo lo demás, pero el animal ignoraba cosas aún. Ignoraba que habían arrestado a Rono, por ejemplo, y que ésa cena que estaba a punto de compartir con esos hombres extraños iba a ser la última cena de Cristo con sus discípulos y que pronto lo arrestarían también a él. También ignoraba un punto oscuro pero fundamental: que Jesús sabía quiénes eran Rono y el perro y porqué estaban ahí… En fin, era un perro bastante particular y sabio, pero seguía siendo un perro.
Ahora bien, entraron todos en una habitación sobre en la segunda planta de una casa. Su dueño era un hombre bondadoso y amigo de ellos al parecer. Le llamaban Lázaro.
— ¿Y éste quién es? ―preguntó Lázaro al advertir la compañía del perro.
— Éste es nuestro amigo nuevo ―dijo Jesús. Sonreía bondadosamente. — Lo hemos conocido hoy y ha estado junto a nosotros, predicando en el monte. Le hemos llamado “Apóstol Perro” debido a su origen canino, y a que sabe hablar bastante bien. Llegó con el extranjero que arrestaron hoy, pero él se ha quedado con nosotros.
Jesús parecía estar de muy buen humor. El perro notó que era un tipo muy divertido, que reía mucho y hacía todo tipo de bromas.
— ¿El extranjero que arrestaron hoy? ―preguntó Lázaro, acariciando al perro― Debe de ser ése de quien habla todo el mundo en la ciudad. Ha llegado de una forma misteriosa, Maestro. ¿Qué opinas de él?
— «En verdad les digo ―dijo Jesús, dirigiéndose no sólo a Lázaro, quién le había hecho la pregunta informalmente, sino a todos los demás―, en verdad les digo que el Reino de los Cielos vendrá de igual manera. Y los que no estén preparados verán la desgracia del juicio de mi Padre. »
Luego se sentaron a una larga mesa y comieron y bebieron en abundancia. Y hablaron mucho, sobre todo Jesús, que no paraba de decirles a esos consternados hombres que lo amaban y lo habían seguido durante más de tres años, que había llegado su hora, que iba a morir por el pueblo judío, y que uno de ellos lo iba a traicionar. Habló sobre las palabras de los viejos profetas, Jeremías e Isaías, sobre el destino doloroso del Mesías; habló de que el Mesías debía morir por la espada de sus familiares (o sea ellos, sus discípulos, en el caso de Jesús.) Pedro estaba con los nervios destrozados. Juan, Jaime y Santiago estaban serios como la muerte, y Mateo, el recaudador de impuestos y quien llevaba las cuentas de los asuntos del Maestro y su obra, se cubría el rostro con las manos. El perro comía una pata de cordero asado que habían tenido que traer especialmente, porque los primeros dos corderos pascuales destinados a esa Última Cena ya se los había comido — Jesús no lo reprendió, a pesar del enojo de algunos —. De repente, como si un rayo luminoso hubiera dado claridad a todos sus pensamientos, el animal dejó caer la comida de su boca y quedó mirando fijo hacia la otra punta de la mesa, como en una especie de trance momentáneo. Jesús, afligido y deprimido por la ignorancia de sus seguidores y la dureza de sus corazones más que por el destino que le esperaba, levantó una mano calmando los ánimos de todos. Entregó trozos de pan a cada uno y les ofreció beber de la misma copa, para cumplir así con la vieja profecía acerca de “comerán y tomarán mi sangre y mi carne”. Al finalizar el ritual le llegó el turno al apóstol Perro, que seguía mirando fijo hacia un punto indeterminado, hacia el vacío, del otro lado de la mesa, con las orejas paradas y abriendo y cerrando los orificios de la nariz en su hocico, como olfateando lo ausente, lo imperceptible… Todos los discípulos lo observaban incrédulos e impresionados por aquél prodigio canino. Incluso Jesús se unió a las demás miradas — aunque comprendiendo mucho más que los otros y con una sonrisa de aprobación en sus labios —. Ése hombre irradiaba un amor infinito, y el perro lo percibía perfectamente mejor que cualquier otro. De pronto el perro habló con su tosco y largo hocico, en extraño arameo antiguo.
— ¿Aduónde estuá Judas?

En otro lado de la torre Antonia, el gobernador Pilatos interrogó a Rono y se dio cuenta de que este no representaba en realidad ninguna amenaza seria, y que tampoco era alguien condenable ni peligroso. Así que lo soltó. Lo soltó, porque lo tenía agarrado del brazo… Habían comido y bebido tranquilamente durante horas. Habían charlado de diversos temas, mientras los sacerdotes israelitas y la Suprema Corte esperaban afuera impacientes e irritados. Porque odiaban a Pilatos tanto o más como éste los despreciaba a ellos. Y sospechaban de que Rono fuese un espía romano. Al cabo de un rato o dos, Pilatos y Rono salieron al patio central, mostrando ambos evidentes signos de ebriedad. Una gran multitud de curiosos se había congregado ahí para observar los asuntos de la justicia. El gobernador saludó a los miembros del Sanedrín con una burlona referencia. Rono lo imitó torpemente, pensando que todo aquello era muy gracioso.
— Pueblo ―anunció Pilatos a la audiencia—, estos hombres quieren lapidar a este otro ―señaló a Rono. Rono levantó involuntariamente la mano, saludando confundido—, y condenarlo por el pecado de blasfemia y extranjerismo extraño, pero yo, que soy piadoso y tengo una vez por año el poder del Emperador para liberar a un reo, no encuentro culpa alguna en él. – la multitud rugió y vitoreó por un rato. Pilatos estiró una maliciosa sonrisa hacia los Sacerdotes judíos y los miembros del Templo.
— Ustedes pueden elegir qué hacer ―continuó el gobernador—, pero a mí este hombre me parece de lo más simpático, por así decirlo. ―Luego descendió por los escalones, seguido por sus asistentes y criados… y por Rono, que venía tambaleándose detrás de todos.
Pilatos se acercó a Caifás, que lo miraba con desprecio.
— Este sabio me ha contado historias maravillosas acerca del futuro. Hemos comido y bebido juntos un largo rato. Es encantador, es un mago espiritual para mí. Quiero llevármelo a Roma. Dice también que ese tal Yeshua al que ustedes tanto temen y persiguen no solo no es peligroso, si no que si lo condenamos nos vamos a arrepentir de ello durante más de dos mil años, porque es un hombre bueno y de sangre real verdadera descendiente de su glorioso Rey David. Así que si por una complicada condición de las profecías divinas que tienen ustedes en su religión, que no comparto, piensan matar a quien dice ser su propio Mesías, yo mejor me lavo las manos.
Los Sacerdotes le miraban sin poder disimular su descontento y frustración. Rono, en cambio, abrazó a Pilatos y le dijo algo en el oído. Pilatos sonrió, agitando las manos en señal de estar divirtiéndose con la ocurrencia de su nuevo amigo, y de que en realidad no le calentaba un carajo nada de todo aquello. Abrazó también a Rono e ingresaron rápidamente en la recámara privada del Gobernador. Pidieron más comida y más vino. Se rieron un rato los dos, y pronto iniciaron una nueva conversación. Pilatos estaba deseoso de saber cosas acerca del futuro.
— Y dime, querido extranjero —dijo el Gobernador mientras le ofrecía a Rono más vino— ¿Seré alguna vez Emperador?
— Mmmnosssé… —dudó Rono por un instante. Luego agregó decidido: — No, la verdad, para qué le voy a mentir. Ni a palos será Emperador…
De repente entró uno de los guardias del palacio y se anunció.
— Pase, pase ―ordenó Rono, recostado en un ampuloso sillón de plumas de rana.
Pilatos habló unas palabras con el guardia y luego explicó a Rono que debía atender varios asuntos, por lo que le pedía disculpas y procedería a retirarse a sus aposentos. A Rono lo transportarían adonde él quisiera ir. Había un carruaje a su disposición y guardias asignados a la tarea de acompañarlo. Rono preguntó la hora, le dijeron que ya era pasada la medianoche. Preguntó si había algún casino cerca, o algún bar para seguir bebiendo de ese muy buen vino. Los guardias se acercaron y le ofrecieron vestimentas adecuadas. Luego lo tomaron amablemente del brazo para conducirlo a la entrada del palacio donde estaba esperando el carruaje con el chofer.
— Bueno pero soltáme el brazo, soltáme el brazo ―decía Rono.
Subieron a Rono al lujoso carruaje y le preguntaron dónde quería que lo llevaran. LO habían vestido con una túnica larga de seda amarilla y un adorno con ramas de olivo en la cabeza. Rono sintió el fresco aire de la madrugada en su rostro y pensó en dónde estaría el perro. A continuación el coche se puso en marcha y el extranjero se quedó dormido.
En lo alto del firmamento, una estrella parpadeó varias veces antes de apagarse por completo. Pero al minuto siguiente apareció detrás de las montañas una figura luminosa y redonda. Aunque nadie vio nada de esto, desde luego.

Ahora, en la casa de Lázaro, Jesús trataba de sujetar al apóstol perro, porque este se había puesto al ver llegar a Judas. Lo había intentado morder varias veces, le había dicho “truaiduor, truaiduor” y no lo había dejado en paz. El maestro trataba de calmarlo. Martha, una de las hermanas de Lázaro miraba la escena desde una distancia prudente.
— Si no lo atan a un árbol yo no salgo de la casa ―decía Judas a los demás hombres que estaban ahí reunidos.
— ¿Qué le sucede al animal? —preguntó Pedro.
Jesús se llevó al choco hacia el fondo de la estancia. Encontró un olivo joven y decidió dejar al perro ahí, pero antes de atarlo se le acercó cariñosamente y le susurró unas palabras en las orejas. El animal se quedó quieto y le lamió el rostro.
En la casa, Judas estaba de lo más excitado. Transpiraba mucho y parecía muy inquieto y nervioso. Juan se le acercó para ofrecerle una copa de vino y Judas se sobresaltó de sobremanera. Los demás discípulos murmuraban silenciosamente en contra del judío que debía ser conocido como el que entregó a Jesús. Pero por supuesto, ignoraban ellos los verdaderos propósitos de su tarea, la más difícil de todas y la que más amor demandaba hacia la figura del cristo. Cuando Jesús volvió del fondo, Judas se le acercó furtivamente y le habló con velocidad. Jesús lo tomó de un hombro y lo besó. Judas temblaba como una hojita de otoño.
— Maestro ―dijo Judas con los ojos llenos de dolor—, ya lo he hecho, lo que me pediste. ¿Por qué me lo pediste a mí, Maestro? Estoy muy confundido y dolorido. ¿Por qué no se lo pediste a alguno de ellos ―señaló al resto de los doce― que harían cualquier cosa por quedar bien contigo? ¿Por qué a mí, que soy el que más te ama, Señor?
— Precisamente por eso, mi hermano ―contestó Jesús con una infinita piedad en su gesto, y abrazó a Judas— Precisamente por eso.
Ahora Judas, quizá más confundido que antes, miró sus manos y se las llevó al rostro. Se retiró a una habitación. Su mente aún no alcanzaba a comprender del todo la magnitud y la importancia de lo que se le había encomendado. El perro lo observó pasar junto a él y le ofreció una pata, en señal amistosa. Judas se detuvo, dudó por un momento, y luego acarició al animal. Los demás no entendían absolutamente nada. Pedro pensaba que Jesús había enloquecido por tanta bebida. Se sentaron todos, confusos y meditabundos, en el suelo del amplio patio. Jesús se sentó al lado de Mateo y los bendijo con una oración. El perro también dijo “Amuén” al terminar la pequeña plegaria. El maestro cruzó sus piernas y levantó la vista hacia el negro cielo, contemplando la hermosura de las estrellas sobre el firmamento. Los demás se miraron, pero luego todos fueron lentamente levantando sus miradas igual que Jesús. No se escuchaba ni el murmullo de los grillos, ni un solo sonido perturbó aquél instante de paz. Era un momento de especial magnetismo. Un silencio difícil de romper, el perro se acercó y también miró hacia el cielo.
— ¿Va a lluover? ―preguntó.

18. RONO EN JERUSALEN II

Al despertar, Rono se encontró en una habitación iluminada y ampliamente amoblada. Pensó que todo había terminado y que alguien, quizá el mismo Dr. Robert Barbui, los había rescatado de aquel tiempo. La casa debía de pertenecer a alguien de una posición social elevada a juzgar por la cantidad y calidad de cosas que había alrededor. Rono, un poco desconcertado y aún somnoliento, escuchaba ladridos de perros en los patios traseros de la enorme residencia. Dio una rápida recorrida con la mirada y vio que en un rincón de la habitación estaba el manto amarillo que le había hecho vestir el Gobernador antes de despedirlo. Al lado de sus ropas, había una pequeña vasija con agua para sus aseos personales. Pero quién lo había traído allí, y a quién pertenecía aquella casa era todavía un misterio.
Y por supuesto, no se podía levantar de la cama. Los ojos le percutían detrás de su frente provocándole un agudo dolor de cabeza —al cual estaba acostumbrado ya, debido a las numerosas resacas padecidas en su vida—. Se acordaba vagamente de lo que había sucedido en las últimas horas en Jerusalén. Sabía que había estado con Pilatos, que habían bebido y comido juntos, que el perro no estaba con él, que no sabía dónde carajo estaba el animal, que unos soldados romanos lo habían dejado en algún lugar de la ciudad totalmente borracho y... de ahí en más todo era confuso, como un sueño. Y en realidad lo era. Rono había estado soñando. Y mucho.
En el sueño, Rono se había convertido en un discípulo de Jesús. Lo había conocido luego de que un grupo indeterminado de personas, aparentemente muy enojadas, lo acusaban de cosas incomprensibles y absurdas. Ya parecía que lo iban a lapidar ahí mismo, cuando intervino Jesús. Rono se había quedado estupefacto al verlo y le había dicho algo, a lo que Jesús respondió con una sonrisa de millones de colores. De ahí el sueño saltaba abruptamente a otro momento, tal como sucede en todos los sueños, y ahora Rono acompañaba a Jesús por unos caminos que llevaban a otras ciudades de las cuales no recordaba sus nombres, pero la gente salía de sus casas a recibir y adorar al Maestro, lo saludaban a él y también a los que venían con él. Sin embargo se notaba que algunos le temían o temían que algo pasara cuando Jesús estaba cerca. Rono notaba esto en el semblante de varios de sus discípulos inclusive. Y él, nuevo en el grupo, intentaba en vano descifrar qué era lo que los turbaba. Puesto que ninguno a los que en privado preguntó le dijo nada en concreto y su confusión y desorientación continuaba en aumento, decidió reunir el valor suficiente para hablar con Jesús y preguntarle directamente qué era lo que les sucedía a todos de una buena vez. Le sorprendió lo fácil que resultó hablar con aquel tipo. Mientras caminaban, Jesús le comentó algunas cosas a Rono referidas a su condición y a su destino, a su misión en aquella época y el propósito de todo ello para la humanidad entera. Pero le habló de un modo tan sencillo y breve sobre éstas cosas, que Rono se perdió a la segunda palabra. No le importaba igual. Lo que realmente había descubierto era que no le importaba si entendía o no lo que el tipo le explicaba. Había quedado completamente cautivado por la conversación en sí, por el sonido de su voz, por la calidez de las imágenes que transmitía, por los colores que brotaban de cada uno de sus gestos que hacía con las manos. Jesús movía mucho sus manos cuando hablaba notó Rono enseguida. No le preocupaba en absoluto el significado de todo aquello, sólo disfrutaba la compañía de aquél hombre extraordinario. De pronto, en un lapso de iluminación repentina que duró tan poco como fue necesario, Rono sí tuvo una pequeña revelación. “Claro”, pensó, “si han pasado más de dos mil años y nadie entiende la verdad de todo esto. Ojalá todo el mundo pudiera viajar en el tiempo y conocerlo así a este tipo.” En el medio de su pensamiento, Jesús interrumpió a Rono tomándole el brazo… y por primera vez en su vida Rono no experimentó el acostumbrado rechazo a que lo tomaran del brazo. De hecho, se sintió tan bien que suplicó por dentro de él que no lo soltara jamás. “Ojalá no me suelte nunca, ojalá que no me suelte nunca, pordiossss... me siento tan... ¡bien!” pensaba Rono. En su sueño, al ser tomado del brazo por el que decía ser el Hijo del Hombre, Rono supo entonces que Jesús estaba al tanto de quién era y que hacía allí, y que también sabía cómo había llegado.
— «Ya han venido antes muchos otros, amigo Rono ―le dijo Jesús —. Y en verdad te digo que siempre se han encontrado con lo mismo, ya vengan del futuro más lejano o incluso del pasado, en forma de ángeles, de viejos profetas, o de fantasmas. Los hombres se van y no lo comprenden incluso si lo pueden tocar; porque no es el tiempo ni la época ni los espacios que ocupa el cuerpo ni los avances en nuevas técnicas ni lo que hagan los hombres con ellas lo que les permitirá conocer la Verdad, y la Gloria que promete mi Padre en Su Reino no está en estas cosas ni en este mundo...»
Rono observó que los ojos de Jesús contenían un mensaje, pero un mensaje de Amor tan infinito y puro que no se apreciaba si, justamente, no se cerraban los párpados que cubren nuestros globos oculares y se abrían otros ojos, unos ojos que hay dentro de uno mismo, unos ojos que contemplan algo que escapa a toda la comprensión del mundo, de la carne del cuerpo y de la materia. Pero, desde luego, Rono solamente alcanzó apenas a “observarlo”, y no a “entenderlo”.
— «En verdad te digo ―prosiguió Jesús— que aquél que no esté preparado para realizar su propio viaje a través de su propio espíritu y no pueda hallar en él mismo lo que mi Padre a depositado con verdadero Amor en él, no podrá tampoco alcanzar a entender cómo una simple planta es una lámpara, y su perfume es su luz...»
Rono dejó ir a Jesús —en el sueño— junto a un grupo de numerosas mujeres que, a juzgar por su comportamiento alrededor del Maestro, también eran fieles admiradoras. Todas lo miraban con un amor especial. Algunas —notó Rono— no podían dejar de sonrojarse al tenerlo tan cerca. Parecían chicas conociendo a su estrella de rock favorita, pensó. Luego comprobaría que la vida de este sujeto estaba repleta de fuertes presencias femeninas, mujeres que lo rodeaban en todos sus aspectos, comenzando por su madre. Miró a Jesús conversar animadamente con todas ellas. Reían e improvisaban pequeños cantos, melodías, fragmentos de canciones que debían ser antiguas plegarias.
Por primera vez lo invadió un temor secreto de que nunca serían rescatados y devueltos a su tiempo y lugar correspondientes sin que se produjera ninguna alteración en la historia de los acontecimientos. Ni en los de la humanidad, ni en los del perro y él, claro. Pero el temor se disipó en cuanto escuchó un ladrido. Conocía esa forma de ladrar.
“Taqueloparió”, pensó Rono mirando en todas direcciones. “Está acá el perro”
Y en ese momento era que había despertado en aquella cama, en la habitación luminosa ―era la casa de Lázaro—, escuchando los ladridos del perro.
Barbui estaba parado en la entrada de la habitación, serio, señalando la vasija con agua. Rono juntó las puntas de los dedos de su mano hacia arriba, y movió repetidas veces el puño hacia arriba y abajo, en un claro gesto de “qué hace usted acá”.
—Vamos, vístase rápido, sí ―dijo el doctor— Tenemos poco tiempo para regresar. No haga preguntas, no haga preguntas. Sí. Venga, que nos esperan...
—Bueno ―dijo Rono— ¿Quién nos espera?
— ¡No haga preguntas y vístase pronto, sí! El maestro quiere verlo y hablar con usted...
“Uylaputa, el maestro quiere hablar conmigo de verdad...”, pensó Rono.

Había un amplísimo patio. Y dentro del patio había un amplísimo huerto. Rono respiró el fresco aire de la mañana y vio a Jesús y a sus discípulos, la mayoría de ellos con visibles señales de fatiga y mal dormir en sus rostros, sentados en círculo tomando un desayuno que parecía ser a base de... bueno, panes con manteca... Se sentó instintivamente al lado de Jesús. El Rabí le ofreció un trozo de pan y un vaso de vino. Rono aceptó.
— Te levantas tarde, amigo extranjero ―observó Jesús.
— Sí, es que... bah, no. Lo que pasa es que...
— ¿Dormiste bien?
— Soñé mucho ―dijo Rono—. Soñé con usted…, y soñé que nadie iba a poder venir a…
— Ya lo sé ―dijo Jesús.
— ¿Ya lo sabe?
— Sé todo lo que respecta a ti y a los tuyos.
— ¿Todo todo? ―preguntó curioso Rono.
— Sí ―dijo el Rabí sonriendo. – Todo todo.
— Y bueno ―dijo Rono —, entonces no hace falta que le explique nada. Quiero decir…
— No hace falta. Ese señor que está ahí los va a llevar de vuelta a donde pertenecen. No tienes que preocuparte por nada, amigo extranjero ―Barbui sonreía ansiosamente―. Y guarda siempre tus explicaciones para cuando sean realmente requeridas. Que dios te bendiga a ti y a todos los tuyos ―concluyó Jesús.
En todo aquél día Rono acompañó a Jesús y a los discípulos, junto al perro y a Barbui. Vivieron momentos de extrema tensión en más de una oportunidad, como se podrá imaginar. No era el mejor momento para conocer al Hijo de Dios. En pocas horas lo atraparían y lo someterían al mayor suplicio que jamás se haya sabido. Pero mientras Barbui preparaba todo en la máquina para regresar, el perro y Rono estuvieron cerca de todos los movimientos de Jesús y los que andaban con él. De esta manera, Rono cayó en la cuenta de varias cosas con respecto al misterio de este hombre que, siendo enviado a la tierra con una misión específica, se propuso salvar a la humanidad entera del pecado. Y murió angustiado y enojado, penosamente convencido de que todo su esfuerzo había sido mal interpretado. Rono sacó una conclusión sorprendente para su naturaleza: “Jesús murió abandonado y solo, con una sensación de fracaso e injusticia incomparable con cualquier otro individuo. Pero su Padre no lo dejó. Y él cumplió su Palabra hasta el final.” De aquí en más, Rono se propuso a sí mismo elevar su espiritualidad. Se creía capaz de ello, e incluso llegó a pensar humilde e infantilmente que si se lo proponía en serio, podría obrar parecido a ese admirable sujeto. Le agarró como una especie de misticismo, un tanto sicótico tal vez, del cual se aferró y quedó prendido durante mucho tiempo. Después de todo, cualquiera que no estuviese loco o cuerdo hubiera hecho lo mismo. Sí, Rono sentía que el impacto que había producido Jesucristo en él no era en vano; y que a la larga le serviría y quedaría iluminado por ello. El problema residía en que Rono carecía del talento mínimo necesario para continuar un comportamiento similar al del Mesías. Pero de todos modos se propuso hacer lo que mejor pudiera.

Ahora al fin estaban ya en camino de regreso. Barbui había aterrizado la nave-adorno de navidad en la cima de un monte cerca de ahí, al otro lado del Sinaí. Y ahora, luego de poner en marcha todo lo necesario para emprender el regreso al futuro, dormía y soltaba de vez en cuando un pedo o dos. El perro miraba una película —esta vez se trataba de una con Mel Gibson, pero no la que es sobre Cristo, no, eso quedaría ya muy… de dudoso gusto, era en cambio esa en que Gibson es policía—. Rono pensaba en Michael Fox, no se le ocurría porqué. Tomó esto como una señal e inmediatamente se puso a reflexionar sobre lo sucedido, sobre cómo serían sus propias enseñanzas —si tuviera alguna—, sus propias pistas para que otros las comprendieran fácilmente, su propio método para hablarle a los demás de su visión de la vida y los complejos resortes que mueven al mundo. Se puso muy filosófico al respecto, dentro de su limitadísima capacidad de hacerlo. Pero lo intentó, y algo al fin brotó de su simpática e inexplorada imaginación. Se sentía renovado y útil por primera vez en mucho tiempo. De esas reflexiones salieron entonces las siguientes enseñanzas y máximas de Rono, que pensaba aplicar y decir ante sus futuros discípulos. Aquí se exponen algunas de ellas.

ENSEÑANZAS APÓCRIFAS DE RONO (según su propia Pasión y Visión espiritual de lo cotidiano)Cuando hay una falta de carencia, el vacío es ausencia.
Lo que no se encuentra en un sitio, debería estar en otro.
Todo sacrificio exige un esfuerzo.
La vida textual de la gente no tiene nada que ver con lo habitual.
Si tienes una hermana linda, rubiecita, de más o menos 23 a 27 años, nunca reina de la vendimia, y está sola, pobrecitabonitademialma, preséntasela a alguien como yo.
Si tu familia y tus amigos han desaparecido y no los encuentras por ningún lado, busca en los cementerios.
Si alguien que quieres ver desesperadamente ha muerto, deberías llevar pala y linterna para hacerlo.
Si te encuentras solo, nadie está contigo entonces.
Si tu caudal es tu fortuna, tu patrimonio es el fondo.
El que genera generosidad generalmente da muchas gracias.
Lo que es plano sin duda no prosperará en relieve.
El centro del círculo no es un club.
Todo cuanto acontece sucede eventualmente.
Una oportunidad es una buena chance para una ocasión.
La contradicción siempre contrasta con cualquier acuerdo.
Las minorías son grupos pequeños.
Lo esencial es invisible a los osos.
Todo regalo es un buen obsequio para agasajar al presente.
La pausa es parar para detenerse.
Si no sabes dónde se dirige tu vida, pregúntaselo.
Un pequeño gorrión es una pequeña avecilla de color marrón pardo.
El mundo es redondo y gira, pero desde donde estas tú ¿se ve así?
Si heredas una suma considerablemente grande como herencia, llámame urgente.
Come tus verduras con buen apetito, pero no sonrías inmediatamente.
El fumar es perjudicial para el ataúd.


19. RONO VUELVE II

Al parecer a Rono le era urgente ver a la negrita. La extrañaba y se le notaba. Así que le pidió a Barbui si la nave-adorno de navidad lo podía dejar en la puerta de su departamento. Barbui le dijo que sí, que incluso lo podía dejar adentro del departamento. Pero antes el doctor tenía algunas cosas para comentarle a Rono.
— Mire ―dijo Barbui—, me gustaría hacer cualquier cosa por usted, querido Rono, sí. Su colaboración en este proyecto ha sido...
— ¡Cómo colaboración en este proyecto! ¿De qué mierda me habla? —inquirió Rono.
— Sí. Mire, usted ha pasado a formar parte de un ambicioso proyecto, sí. Y ha contribuido mucho al avance de la tecnología que mis superiores piensan introducir en el mercado muy pronto. Sí.
— Y dígame, ¿quiénes son sus superiores?
— No podría decir. Sí.
— ¿No me lo puede decir?
— No. Sí.
— Buenolaputa, ¿sí o no? ―se enojó Rono.
— Mire, poco a poco se va a ir enterando de todo. Le van a entregar una plaqueta por esto... y una medalla, sí ―agregó Barbui.
— Yo no quiero ninguna medalla ―dijo Rono, poco convencido— ¿Para qué quiero yo una medalla o una plaqueta acaso?
— La puede vender si quiere, sí.
— ¿Ah sí? ¿Se puede hacer eso? ―se interesó Rono.
— Bueno, no es lo más indicado, pero... si quiere, sí.
— Y dígame una cosa ―Rono observó por la ventana del aparato que ya estaban cerca de la ciudad y pensó “ésta lata funciona como un colectivo del tiempo”— ¿Ya no me van a utilizar más para experimentos sin avisarme? —Barbui miro fijo a Rono y luego le dijo:
— ¿Es la luna cuadrada?
En ese momento llegaron al departamento. El perro salió del globo el primero, apurado por ir al baño. Rono y el doctor se apearon y saludaron a la negrita, que les dio la bienvenida mientras miraba algo por televisión, alguna serie. Rono se puso tan contento de verla que la abrazó. El doctor prefirió darle la mano y un beso en la mejilla. La negrita no dijo nada. Rono se recostó en el sillón y preguntó si alguien le había llamado o si había alguna novedad. La negrita dirigió su mirada al teléfono y luego levantó los hombros. Barbui observó en Rono cierta confusión, en parte debida a sus continuos viajes en el tiempo y en parte por ser en él innata. Le hizo saber que para la negrita no habían pasado más que minutos mientras ellos estaban en Jerusalén. Entonces Rono se emocionó. Sí, se emocionó muchísimo y comenzó a llorar. Tal vez era para él una forma de descargar toda la tensión acumulada en los últimos momentos. Pero la cosa es que se largó a llorar igual que un niño, y pataleaba en el piso y le goteaba la nariz de mucosidad y decía cosas entre los llantos ante la mirada atónita del doctor, la pobre chica que entendía cada vez menos a su compañero y el perro que venía de la cocina con un paquete de queso rallado y pan negro.
— ¡Buáaaaaaaaalabutaaaaaaaaaaa! —lloraba Rono. La negrita se sentó junto a él y miró compungida a Barbui, preguntándole con la mirada qué le pasaba al pobre Rono. El doctor se acercó y abrazó a Rono en gesto muy paternal.
— Bueno bueno ―dijo―, no se ponga así, hombre, vamos, sí...
Rono retiró su rostro del pecho de Barbui y le dejó una franja húmeda de saliva y moco. Vio al perro que se le acercaba, preocupado y agachado, con el paquete de queso y el pan en la boca y se puso a llorar de vuelta.
— Dejémoslo, está descargándose y necesita estar solo. ―Dijo el doctor. La negrita buscaba papel de cocina para que Rono se enjugara las lágrimas y se sonara la nariz.
— Solo ―dijo la negrita.
— ¡Ah! ¿Lo ve? Su chica está hablando mejor ―dijo Barbui haciéndole a ella un guiño y tratando de animar un poco a Rono.
— No, ya hablaba así de antes ―dijo Rono— ¡Buáaaaaaaalanegritanohablaaaaaaaaa!
— Bueno cortála ya ―dijo la chica.
Se quedaron todos de una sola pieza como se suele decir. Rono dejó de llorar de repente. El perro miró a la negrita y le tendió una pata. Rono se levantó y le tomó la mano a la chica, con los ojos rojos y desorbitados. La negrita le tomó la otra mano en respuesta.
— Ustedes se quieren, sí ―dijo Barbui—. Tendrían que casarse algún día, digo yo. Sí.
“Eso quiero hacer” murmuró Rono, casi tan bajo que apenas se le movieron los labios al hacerlo.
— Quiero que nos casemos ―dijo finalmente en voz alta y legible—. Me quiero casar con vos, negrita...
— Con vos ―repitió ella y sonrió. El perro movía la cola y sacaba la lengua, contento.
El Dr. Robert Barbui aprovechó el abrazo de los novios para retirar su aparato y marcharse de ahí. Se sentía un poco culpable tal vez por todo lo que había acontecido. Sentía también la necesidad de retribuirle a Rono de alguna manera todo lo que este, sin saberlo, había contribuido para sus propias investigaciones. Decidió que lo primero que haría sería convertirse en mentor y mecenas de ese individuo tan particular. Rono necesitaba alguien que velara por él, porque de lo contrario la vida se lo iba a comer crudo en cualquier momento. Pensaba mandar él mismo las invitaciones de la boda y arreglar todo lo necesario para la ceremonia. Al llegar a su casa redactó lo siguiente en su propio ordenador portátil.
Amigos de Rono, petes:Es del agrado del Sr. Rono O. Peuser y de la Srta. Negrita Cursiva, primero informar de su pronta formalidad compromisiva en matrimonio que ellos han establecido para este año, y luego, desde luego, invitar a todos sus queridos amigos a participar de la ceremonia religiosa a realizarse en la iglesia Sagrado Pepper Lonely Hearts Church Bums, o bien en caso de que ésta no acepte a casarlos por falta de méritos internacionales, se ha convenido de antemano con otra iglesia a confirmar. Después, a la noche, a eso de las diez, diez y media más o menos, se los invita también a todos aquéllos que han acompañado a los inflamantes novios a lo largo de sus angostiosas vidas y aventuras a concurrir a la fiesta que se llevará a cabo en los establecimientos del Club de Campo Mendoza, en la provincia del mismo hombre, claro, sino dónde se iban a casar estos dos, en horario que todavía no se ha podido establecer por completo pero que ya está todo listo, incluso el dj y todo lo demás. Desafortunadamente no disponemos aún de la fecha exacta en que se hará dicho evento, pero en cuanto se sepa lo daremos a conocer a todos ustedes. Por ahora, sólo les rogamos que confirmen su presencia respondiendo a este mail (puede ser incluso respuesta en blanco) para así poder saber con certeza quienes vendrían a comer y beber y bailar hasta el amanecer y mucho después también.
Sin otra en particular, saluda muy atetaenmente:
Dr. Robert Barbui, apoderado del novio.


* * *



INTERMEDIO N° 3


RONO EN EL PARQUE
En una tarde especialmente calurosa y muy aburrida, mientras se llevaban a cabo todos los preparativos para su casamiento, Rono salió a dar un paseo con el perro aprovechando su nueva estadía en la hermosa ―pero aun aburrida para él― Mendoza, la princesa del oeste argentino. Y, curiosamente, se encontraba de muy buen humor aquel día. El perro también estaba de buen humor… y apetito. Se dirigieron al famoso Parque General San Martín, una auténtica maravilla de cientos de hectáreas hecha artificialmente para coronar la dura naturaleza de los mendocinos, tan conocidos por su hermetismo montañés y su perseverancia, terquedad y conservadurismo ante todo lo que se le ponga en el medio. Pero bueno, la cosa es que Rono disfrutaba de este pequeño paseo por el parque con el perro, mirando la cantidad de gente que se congregaba ahí a esa hora. Bah, lo que miraba Rono era la cantidad – y calidad – de mujeres hermosas que habían en el parque a esa hora. Varias muchachas andaban por ahí sacudiendo sus pechos mientras trotaban o caminaban.

Advirtió al perro que no se apartara de su lado, que no se perdiera, y sobre todo que no se metiera en problemas. Llegaron a la parte donde se encuentra el lago del club regatas cuando de pronto se escuchó un grito, un aullido estremecedor que ganó la atención de casi todos los que habitaban el parque en aquel momento. Rono se preocupó. Pensó “Uylapuuuuutaaamadre, qué mierda pasó ahora”. En ese momento se dio cuenta de que en el lago estaban ocurriendo cosas extrañas. Las aguas estaban intranquilas, y eso nunca pasa en un lago artificial, en medio de un parque artificial, en medio de una multitud de gente artificial. Pero lo cierto era que, ante la verdadera perplejidad de todo el mundo, una ola gigantesca se alzó desde el lado este del lago. Una señora vestida con ropas deportivas se acercó a Rono y le gritó en el oído “Un tsunami, es un tsunami”. Rono se había acurrucado en los brazos de una adolescente.
— ¡Un tsunami! ¿Qué mierda es un tsunami? ¡Nos vamos a morir todos! ―decía Rono desesperado.
La chica que lo sostenía se lo sacó de encima en seguida con un gesto de desagrado. Rono la miró y vio que tenía hermosas piernas, grandes pechos y… un grandote al lado que lo crucificaba con los ojos. Se alejó.
Al rato la ola bajó y todo pareció volver a la normalidad, pero había personas que todavía estaban un poco impresionadas por el extraño fenómeno ocurrido. Rono se dio cuenta de que el perro no estaba a su lado, y empezó a buscarlo con la mirada. No lo veía por ningún lugar. “Laputaqueloreparió” exclamó. Vio que un grupo de gente estaba reunida alrededor de un sujeto. Se acercó para averiguar qué pasaba por ahí.
Aparentemente el barco más famoso de todo el parque, el Mississippí, una especie de reliquia de museo que funcionaba como atracción para paseos turísticos por el lago, había desaparecido. Un misterio realmente, porque el barco estaba ahí apenas unos minutos antes. Y nadie, pero nadie se podía llevar una cosa así sin que nadie lo notara al menos. Una persona que también paseaba su perro esa tarde se detuvo junto a Rono y le preguntó cortésmente qué era lo que ocurría.
— Y parece que ha desaparecido el Mississippí ―dijo Rono al tipo. ― Un barco pelotudo que había acá, parado en el agua. Una cosa de lo más extraña, mire…
— ¿Cómo que ha desaparecido? ―inquirió el joven.
— Bueno, no sé, había un barco acá hace un rato dicen, y ahora no está, se fue, no sé, se hundió, qué sé yo… ese perro se parece mucho al mío, ¿Cómo se llama?
— Rogelio. Rogelio Gantz.
— ¿Ah sí? Qué bonito. Y usted, señor… —Rono le estiró la mano al joven.
— Yo me llamo Rogelio ―le explico mirando con cierta desconfianza a Rono―. El perro se llama Benja, por Benjamín.
— Ah ―comprendió Rono su equivocación. ― Yo me llamo Rono, y estoy buscando a mi perro, uno que es igualito al suyo, de la misma marca.
— Raza.
— ¿Raza se llama la marca? No sabía. Bueno, la cosa es que con lo del tsunami…
De repente, Benja se agachó y se tiró a los pies de Rono. Gantz intentó impedirlo. — No, deje. El mío también hace lo mismo. ¿Y usted qué hace? Si se puede preguntar, claro.
— Soy escribano ―dijo Gantz. ― Y usted es…
— Rono, ya se lo dije antes. ―Le volvió a ofrecer su mano. El escribano la volvió a tomar y aceptó el saludo por segunda vez, resignado.
El perro del escribano se arrojó al pasto de costado, dio una voltereta y tosió repetidas veces. Pensando que su dueño y el otro hombre se estaban agrediendo.
— Basta, Benja ―le dijo Gantz.
Benja resopló una vez más y luego se alejó alegremente a olfatear una planta, donde finalmente orinó. Detrás de esa planta salió el perro de Rono. Ambos animales se olfatearon un rato, y luego cada uno regresó al lado de sus respectivos dueños.
— ¿Dónde te metiste, laputaqueteparió? ―le dijo Rono a su perro.
El escribano agarró a Benja del lomo y lo atrajo hacia él, advirtiendo el asombroso parecido entre ambos canes. Rono también sujetó con fuerza a su perro. Luego, para seguir conversando un poco más, preguntó al escribano si había visto el tsunami. Este le dijo que sí, que lo había visto por la televisión y que le había parecido un desastre que ocurriera eso en Asia, o donde sea que había sucedido el fenómeno climático ese.

Mientras hablaban y los perros estaban sentados sobre sus patas traseras cada uno al lado de su dueño, se les acercó un guarda parque. Preguntó sus nombres y si esos perros eran de ellos. Ambos hombres respondieron que sí. El guarda parque les informó que la policía ecológica deseaba hablar con ellos, porque buscaban a los responsables de la desaparición del barco Mississippí.
— Perolaputa, qué pasó ahora ―se preocupó Rono como de costumbre.
— Soy escribano ―dijo Gantz. — ¿Qué es lo que pasa, señor?
— Ese perro se comió el barco ―dijo el guarda parque. ― hay numerosos testigos.
— ¿Vos te comiste el barco? ―preguntó Rono a su perro. ― Qué cagada te mandaste laputísimamadremirá…
— ¿Vos te comiste el barco? ―interrogó a Benja también el escribano .
— Van a tener que venir a declarar ―insistió el hombre―. Con la policía y con Greenpeace también creo.
— ¿Quiénes? ―preguntó el escribano.
— Ustedes dos.
— No, no. Que vayan los perros. ¿Qué tenemos que ver nosotros? No tenemos nada digno de ser declarado ―dijo Rono tratando de ser elocuente, sin éxito.
Rono y el escribano empezaron inmediatamente a maldecir y golpear con patadas a sus perros que, con culpa, se agachaban cada vez más sabiendo que los dos se habían metido quizás en el mismo problema. Un problema tan grande como un barco.
Aunque ninguno supo nunca qué era realmente lo que había hecho cada uno.


* * *



20. CASAMIENTO DE RONO


Los amigos de Rono resultaron tantos que hubo que hacer varios preparativos especiales para la boda. La ceremonia religiosa fue muy especial, todos la recordarían por muchos años más. La negrita estaba verdaderamente hermosa, toda de blanco y con un peinado muy moderno pero sutil a la vez, obra del mejor y más famoso coiffeur de la zona oeste, el gran Charles Spygolon.
Precisamente ahí, en la peluquería de este prestigioso artista de lo que las mujeres tienen por fuera de la cabeza, la negrita conoció a un amigo de Rono que también estaba invitado a la fiesta, un individuo llamado Donovan, o así le decían al menos. Era sobrino del gran Charles, y no paró de hablar estupideces desde que entró al salón y vio a la futura esposa de Rono hasta que se fue. La atormentó con anécdotas sobre cuando y cómo conoció a Rono, de cuánto lo admiraba y lo estimaba, los lugares y hábitos en común que tenían los dos, de cuántos Jack Daniel’s se habían bebido juntos, etc. En fin, el muchacho era intolerable incluso sobrio, pensó la negrita, pero aparentemente Rono lo apreciaba mucho y no sólo lo había invitado a la boda sino que también iba a tocar con su banda durante una parte de la fiesta. Charles Spygolon la salvó de él llamándola para peinarla, cosa que hacía a menudo con todas las mujeres que se le ponían en el medio, propio de los peluqueros heterosexuales que jamás pierden su tiempo en medias tinturas —aunque con la negrita se cuidó de hacer ninguna insinuación comprometedora, desde luego, por tratarse de la novia de Rono, a quién Charles conocía de pequeño—, y ella saludó entonces a Donovan brevemente, aunque este ya había dirigido su atención a otra chica que entraba al salón. Luego Charles Spygolon hizo una seña a su sobrino y el músico desapareció por una puerta lateral que daba... Mucho después la negrita sabría dónde daba aquella puerta, pero eso es otra historia.

Ahora bien, Rono entró a la iglesia acompañado del doctor Robert Barbui y el perro: Iba con smoking y sombrero de ala ancha color blanco. En cambio Rono vestía un traje color café con leche. Barbui llevaba por vestimenta una bata blanca de científico y pantalones nevados. Bueno, entraron y se sentaron en la primera fila como si fueran a ver un espectáculo. A los pocos minutos un hombre misterioso emergió desde un costado del altar y los saludó.
— ¿Quién es? ―preguntó Rono.
— Es el cura ―respondió Barbui torciendo la boca.
Rono ahogó una risita. Siempre se tentaba en las iglesias, no lo podía evitar.
— No se ría, sí. Es una iglesia.
— Es que estoy temblando de los nervios ―admitió Rono.
El perro se sentó frente al altar y levantó las orejas cuando el sacerdote comenzó la ceremonia. La gente había llenado toda la nave principal del templo, y la novia hermosamente adornada como ya se dijo se había situado al lado de Rono. Los parientes y los amigos de ambos lados estaban… en ambos lados, como corresponde en estos casos. Estaban todos menos los padres de Rono, que no habían conseguido trasladarse debido a la prisa con que se les avisó del acontecimiento. Pero llegarían a tiempo para la cena y la fiesta.
Todo se desarrollaba en la más absoluta normalidad.
Hasta el momento en que el sacerdote le preguntó a la negrita si aceptaba por esposo a Rono.

— Hombre – dijo la negrita.
“Aymidios, justo ahora…” murmuró Rono para sí mismo
— ¿Perdón? ―El clérigo levantó la cabeza―. Creo que no se ha escuchado bien lo que dijo. ¿Podría repetirlo?
— Repetirlo.
— ¿Acepta por esposo a este hombre?
Rono transpiraba y la mirada se le nublaba, creía que se desmayaría de un momento a otro. Pero el Perro se situó velozmente debajo del ancho vestido de la novia sin que nadie lo notara del todo.
— Sui ―se escuchó.
Rono palideció. Un murmullo se extendió entre los presentes. El cura intentó formular la pregunta nuevamente y acabar con el ridículo suspenso. El perro asomó la cabeza bajo la blanca tela del vestido y guiñó un ojo a Rono. Luego la metió de nuevo.
— Sui, aceptuo ―se volvió a escuchar. La negrita sólo sonreía, completamente extraviada.

Finalmente salieron al atrio donde se saluda a los novios y se le tiran cosas, arroz generalmente. Se escuchaban los gritos y silbidos de todos ahí afuera, se veían manos que se estrechaban, abrazos que despeinaban, toda esa clase de cosas. A los novios les tiraban cosas. Un desubicado arrojó una calabaza que pasó zumbando a escasos centímetros de la mejilla de Rono. Pero en general todo salió de lo más bien. Barbui llevaba a Rono del brazo hacia el coche que transportaría a los novios. El perro había desaparecido de la escena.
La iglesia, vacía después de la boda de Rono, se encontraba en su silencio habitual. El párroco doblaba un mantel, se quitaba su atuendo, y bebía el vino sobrante de la eucaristía. De pronto escuchó ruidos extraños cerca del altar, se dirigió hacia ahí con curiosidad, pero no encontró nada raro, excepto por… ¿estaba realmente abierta la pequeña puerta de la caja donde se guardaban los hábitos y elementos de la misa o era su cansada e inexistente imaginación? Se acercó para comprobarlo mejor. Sí, estaba abierta. No era su imaginación. Y notó enseguida que adentro de la caja faltaban varias cosas: un cáliz, un cofre, una bufanda de seda… y todas las hostias que quedaban estaban mordisqueadas.

Ahora bien, el camino hacia el club donde se realizaba el resto de la ceremonia del casamiento de Rono, la cena y la fiesta, estuvo marcado por un curioso acontecimiento místico.
Un amigo de Rono, el Yaya, era el que manejaba el vehículo para llevar a los novios. Barbui también iba en ese auto, y el perro trotaba al costado, ladrando y pegando saltos de júbilo. A unos 100 metros de la iglesia un oficial de policía le hizo seña al conductor de que parara. Barbui observó que el perro se situaba ahora detrás del auto. El Yaya se detuvo y el oficial se acercó, con su dudoso aspecto uniformado, a la ventanilla izquierda.
— ¿Aónde seirigen tan rápido, seor? ―preguntó el policía.
— A un casamiento. Estoy llevando a los novios, ¿no ve? ―señaló el Yaya, lacónico.
Los novios y el doctor permanecieron en silencio, con expresión de fastidio en sus rostros. El perro miraba sentado sobre sus patas traseras, hipnotizado por el uniforme azul del oficial quizá.
— ¿Quéh lo que llevan, seor?
— ¿Cómo que llevo? ¡Los novios! Ya se lo dije. ―El amigo de Rono comenzaba a mostrar intolerancia. Además, el policía no parecía ser muy competente, incluso fuera de su uniforme.
— Puedescender’el vehículo, seor.
— ¿Qué?
— Que’escienda del rodado seor, pofavor.
El Yaya miró a Rono y al doctor con un gesto que decía: ¿es deficiente mental este tipo o qué? Barbui hizo un ademán con la mano, dándole poca importancia al asunto. Se bajaron todos del coche.
— Mire ―habló Rono—, oficial señor policía, yo me estoy casando…
— Yo también me estoy cansando, seor ―interrumpió el milico―. Le pido que colabore entonces y terminamos rápido, ¿cuesele?
Se dirigió con mucha lentitud nuevamente hacia el Yaya.
— Patente seguro y carné o tarjeta verde seor.
— Aquí están ―El Yaya sacó los papeles de la guantera.
Al oficial le llevó varios revisarlos. Aparentemente le costaba mucho más trabajo el ejercicio de la lectura de unos simples papeles de auto que el de darse importancia bajo el uniforme policial. Luego, sin ninguna razón en particular y sin dirigirse a nadie en concreto, dijo:
— Sucumento.
— ¿Qué?
— Sudeneí, seor pofavor. Tiene que'scender del vehículo con sucumentación, seor.
— Ah. Aquí tiene. ―El Yaya le entregó su DNI. al patético policía.
Nadie comprendía mucho al policía, todos se movían más por instintos de procedimientos rutinarios como ese que por otra cosa. Para peor, el tipo decidió que era una buena idea comunicarse por radio con otros policías, vaya uno a saber porqué.
— Ca... ennn… seicinco cambio
De la radio brotó un sonido que por ninguna razón se pensaría salido de una garganta humana.
— Dirup. Seicinco ―dijo la radio.
— Sí cá en tránsitooo… sietecero, cueselecambio.
— Dabalabuna… caraterítica roado.
— Eh… suncorsablanco… vanacasamiento… cuesele.
— Cuesele cambio.
El oficial devolvió los papeles al Yaya.
— ¿Ustéraelchofer’el vehículo seor? Tome los papeles, continúe circulando.
— Yo no soy el chofer de nadie ―respondió el Yaya divertido. Miró a Rono y vio que se tentaba de risa al subir nuevamente al auto. Barbui llamaba al perro para que también subiera ahora. El perro pasó por al lado del policía y le murmuró “Buotón” antes de subir.
Cuando el auto ya estaba lejos de su vista, el oficial, obedeciendo un gesto instintivo de los de su especie, llevó su mano adonde estas enfundada el arma, distraídamente casi. Su sorpresa se transformó enseguida en confusión al no encontrar su arma reglamentaria en su cartuchera.
De la ventanilla izquierda del auto en movimiento salió arrojado un objeto de color oscuro, acompañado de un grito desde adentro de la cabina: ¡Tirá ese revolver de acá, la putaqueteparió!



21. LA FIESTA

El doctor Robert Barbui era un millonario excéntrico, porque, claro, cuando una persona se conduce de manera extraña o desconcertante se lo llama loco, pero si tiene muchísimo dinero se lo denomina simplemente excéntrico.
Bueno, la fiesta de casamiento de Rono fue las dos cosas a la misma vez: loca y excéntrica. Barbui financió de buena voluntad todos los gastos (que fueron en verdad muy elevados) en parte para recompensar a su querido Rono, y en parte por pura satisfacción personal. Desde que su mujer lo abandonara por otro científico más joven y prometedor, pero igual de rico, que el doctor no experimentaba una sensación de felicidad semejante. Y se divirtió mucho en la fiesta. Fue de hecho una fiesta divertida, pero también estuvo repleta de circunstancias de índole misteriosa, como todo lo que ha venido rodeando la vida de Rono.
Con una cuidada organización general a cargo de Fabrina Samuel, otra amiga de Rono, la gente iba llegando al Club de Campo, o Country, y se preguntaban dónde debían sentarse, qué mesa les tocaba, con quién les tocaba, quién tocaría música durante la noche, qué les servirían de cenar, en fin, toda la gama de preguntas fastidiosas que se hacen las personas cuando son invitadas a un casamiento. Pero todos se asombraban del gran despliegue del evento en general: había un escenario de dos plantas equipado con parrillas de luces y grandes cajas de sonido donde tocaría la banda en vivo, había otro escenario ligeramente más pequeño, donde desplegarían su set cinco famosos dj’s de música electrónica, innumerables asistentes y técnicos todavía ultimaban detalles alrededor. Había también siete pantallas gigantes para proyecciones de alta calidad visual, y en un rincón se habían instalado computadoras con conexión a la red, gracias a la casa local WH. Había bailarines y bailarinas, malabaristas y artistas callejeros de todo tipo. Así que los invitados iban llegando, pero ya algunos de los amigos más cercanos a Rono se encontraban ahí, y conversaban animados mientras aguardaban la llegada de los novios.
— ¡Qué buen country, viejo! ―observó uno de ellos, Fiteno, sosteniendo un vaso con fernet en la mano.
— Shi ―dijo Estewhan, otro amigo de Rono, que además estaba a cargo de toda la sección de informática y llevaba un negro traje con una doble vé y una hache bordadas en la solapa derecha.
— Bah, es una verdadera poronga esto. Una pérdida de tiempo ―criticó Lechandro.

Finalmente los novios llegaron. El Yaya estacionó el auto en la puerta principal y todos bajaron. El primero fue el perro, que al pasar al lado del Yaya se comió el teléfono celular de éste, que afortunadamente no lo notó hasta bien entrada la madrugada del tercer día. Se iba a realizar la ceremonia civil correspondiente. Los testigos y familiares y amigos y curiosos se colocaron en los lugares correspondientes. Los testigos de Rono eran su amigo Mariano Nasso y su esposa Daniela Lamennor, junto también al escribano Gantz… y su perro Benja, otro asistente canino que se sumaba a la fiesta. Los testigos por parte de la negrita eran el doctor Robert Barbui y el choco de Rono.
La mujer que llevaba a cabo la ceremonia ―la jueza, martillera, quién sabe con certeza cómo se les dice― los casó civilmente y todos aplaudieron y gritaron de entusiasmo y de alegría. Se notaba que todo el mundo estaba contento… y cagados de hambre también. Se dirigió a la multitud de invitados hacia las mesas, algunos llevaban una copa en sus manos, y otros llevaban varias en el estómago ya. Las cámaras seguían a Rono y los suyos a todos lados ―habían comenzado filmando en la iglesia—, pero no eran cámaras domésticas, eran cámaras profesionales, de televisión, de un canal local del cual una amiga de Rono, Liliana Gonzáles Mozart, era la gerente de programación o algo así, de ella había sido la idea de invitar a la prensa. Rono la buscó con la mirada pero no la encontró en ese momento. Le indicó a un camarógrafo que dejara de meterle la cámara entre las piernas porque era muy propenso a caerse en cualquier momento.
— Desde la iglesia que me estás rompiendo los huevos con la cámara, te lo pido por favor…
El camarógrafo se alejó. Así estaba mejor, pensó Rono.
Pronto comenzaría el show de música en vivo, a cargo de la banda Satisfazzione, grupo que hacía versiones en italiano de canciones de los Rolling Stones, y donde tocaba la guitarra el amigo de Rono conocido como Donovan.
Otros amigos de Rono se encontraban en una mesa bastante cercana a la de los novios. Discutían si había posibilidad o no de conseguir chicas fáciles en el casamiento de Rono. Una perspectiva interesante al comenzar esa velada, ya que habían muchas mujeres de toda clase y categoría en el casamiento de Rono. Una pelirroja de cierto volumen se acercó accidentalmente a Adriano Chelentaun, amigo y odontólogo personal de Rono. Tenía un pedazo de carozo de aceituna atascado en una muela. Adriano vio la posibilidad, se presentó, sonrió, y luego estaban en el baño. Otro amigo de Rono llamado Nino, observó la escena del odontólogo y se inspiró para tener la suya propia. Vio a una chica que se agachaba y se pasaba la mano por una de sus piernas con una mueca en el rostro. No vaciló un segundo y atravesó las personas que los separaban con una idea fija en la cabeza, la excusa perfecta.
— Disculpáme ―le dijo Nino a la chica― No pude evitar verte que tenés un problemita con tu pierna, yo soy dermatólogo.
— ¿En serio?
— Sí, y si me permitís que te revise en el baño, o en otro lugar más privado, tal vez pueda diagnosticar que…
— Bueno ―dijo la chica —, llevatelá. Es una pierna de plástico.

La cena transcurría bien, estaba exquisita además. Mucha variedad de platos y postres, además de las bebidas, por su puesto. Pero quizá a esta altura lo más importante para destacar sobre la fiesta en general era que no existía límite de cierre alguno. Uno sencillamente se podía quedar ahí de joda hasta que le dieran ganas de irse. Luego, a los cinco días desde que la fiesta había comenzado, los organizadores se dieron cuenta que alguna gente había tomado esto muy en serio.
Muchos bebían vino y champagne, otros fernet con coca cola o la gran variedad de bebidas blancas que habían dispuesto en numerosas barras.
— Asegúrese de que mi vaso ―ordenó Rono a uno de los mozos—, no se quede sin Jack Daniel’s, por favor.
— Ya no queda, señor.
— Bueno, consigan más entonces, laputamadrequelosparió, quién se tomó todo el Jack Daniel´s digo yo…
Nada parecía importar. Había espacio, había tiempo, había lugar. No había Jack Daniel´s, pero pronto se solucionaría esto. Era un momento magnífico de la vida, pensó Rono.
A la medianoche estaban todos bastante ebrios. Algunos se fueron, muy pocos en realidad, seguro que debían tener obligaciones al día siguiente. Otros se apresuraron a ocupar las habitaciones reservadas que el doctor había alquilado, o bien se arrojaban al lago a nadar entre los patos. La vida está llena de individuos a los que no les importa nada más que divertirse y pasar un buen rato. Pero los que más abundan son los que pretenden atraparse en una sola situación a lo largo de toda su vida.
Nada. Sólo una reflexión inútil y fuera de contexto. Ignorémoslo.

La negrita bailaba como loca entre las muchachas. Le encantaba la música electrónica porque no le no obligaba a repetir las letras. Rono se encontraba a escasos metros de su esposa, esperando una de las camionetas que traían más bebidas ―las botellas de Jack Daniel´s venían en ella—, cuando sus ansiosos amigos decidieron hacer el ritual de todo casamiento: alzar al novio y arrojarlo hacia arriba para luego intentar atajarlo antes de que se parta la cabeza contra el piso como un melón. Una costumbre de dudoso gusto para aquellos que sufren de vértigo y que no beben alcohol. Entre más o menos veinte sujetos levantaron a Rono y a la cuenta de tres lo arrojaron al aire. A cierta altura, un murciélago se le introdujo en el bolsillo lateral del saco. Cuando lo atajaron, entre aplausos e insultos, Rono se alegró de que no le pasara nada. Pero el murciélago permaneció toda la noche en el bolsillo, confundido y desorientado por el aspecto suave de esa extraña cueva de tela.

Ahora bien, los perros, el de Rono y el del escribano Gantz, tomaban campari con fanta en una barra. Coincidían en la mayoría de sus gustos, y cuando se dieron cuenta que un gran pernil de cerdo estaba a punto de ser colocado en el salón para que la gente comiera sándwiches, movieron la cola involuntariamente los dos al mismo tiempo.
Cuatro hombres vestidos de mozos, llevaban a cabo esta tarea, buscaban mesas y sillas, ordenaban las salsas para acompañar los sándwiches y todo eso. Para comunicarse y trabajar rápido usaban un servicio de handys.
— Sí, jefe ―dijo uno, llevando el aparato a su boca al escuchar un doble beep.
— ¿No les dije que sacaran el pernil ahora? La gente ya tiene hambre de nuevo – se escuchó de una voz al otro lado del aparato.
El mozo atizó con su mirada a uno de sus compañeros.
— ¿Sacaste el pernil?
— Sí.
— Ya lo han sacado, jefe ―anunció tranquilo el mozo a la voz del handy.
— ¡En el salón no está! ―replicó esa voz, más encolerizada ya.
El mozo palideció.
— Ya vamos a averiguar lo que ha sucedido, jefe. – Se escuchó otro doble beep.
Al llegar al salón el mozo preguntó al encargado de quién eran esos dos perros y porqué estaban ahí. El encargado le respondió que era el perro del novio y un amigo.
— ¿Un amigo del novio?
— Del perro ―dijo el encargado.
Los animales se acercaron al mozo con la lengua afuera y sus colas en movimiento. El mozo simpatizó con el gesto y buscó con la mirada algo de comida que hubiera por ahí para dársela.
— ¿Quieren un sanguchito los pichitos, eh?
— Ya cuomimos ―dijo el perro de Rono. —Queremuos las salsuas ahora.

Mientras tanto, el grupo de rock iba a comenzar a tocar. Los de la banda estaban encantados con la fiesta… y muy borrachos. Tomaban ron con coca, hielo y limón. Se lo tragaban como un Gatorade, nadie se quejaba. Se dice que los músicos beben mucho y no es cierto. Beben muchísimo. La realidad es demasiado para ellos. Y los del grupo Satisfazzione no eran precisamente la excepción de esta vieja regla. Rono se había subido al escenario para conversar un poco con ellos, algunos eran bastante conocidos en el ambiente del rock local. Lo primero que le llamó poderosamente la atención a Rono fue lo distinto que se ve todo desde arriba de un escenario, lo vulnerable que uno se siente debido a la exposición a la que se está sometido. Uno de los guitarristas le colgó a Rono su instrumento, que no podía notar la diferencia entre una guitarra y una hamaca paraguaya. En broma, el miembro del grupo le había dado a Rono una guitarra que no estaba siquiera enchufada, para que este, ya en estado de avanzada ebriedad creyera al menos por un instante estar tocando con una banda de rockandroll. Pero, de repente, al intentar un acorde, su mano quedó atrapada entre las cuerdas, provocándole un agudo dolor.
— ¡Aylaputa, se me quedó la mano, se me quedó la mano! ¡Sacamelá, laputaqueteparió!


En otro lugar del club, una camioneta 4x4 estacionaba en un misterioso garage. Tres hombres y una mujer descendieron de ella y se dirigieron por el césped hacia una puerta corrediza de cristal. Uno de esos hombres se veía muy parecido al doctor Barbui. Todos, incluso la mujer, llevaban túnicas violetas con capuchas que ocultaban sus rostros. Este misterio no se reveló hasta más tarde.
Era la última sorpresa que el doctor había preparado para su protegido.


Una cosa acertada en el casamiento de Rono fue que ninguna persona política fue invitada, a pesar de que varios mandaron flores y regalos sólo como patética intención de ser invitados, de entrometerse sólo porque se había hablado de esta fiesta durante días en los medios de comunicación y todo. Ya que varias figuras del mundo del espectáculo y el deporte sí habían sido invitadas, los políticos también querían figurar, pero vaya uno a saber bajo qué intenciones. Rono guardaba una pésima opinión de los políticos y los allegados al poder de cualquier índole. Le parecían una “manga de hipócritas esos hijosdeunagranmilputamirá, que engañan al pueblo desde que empezó el mundo y se enriquecen ellos siempre a costa de los demás”. En cambio, amigos de Rono que sí desempañaban cargos públicos de inferior categoría, generalmente en áreas culturales, sí disfrutaron de la fiesta.
Uno de estos amigos era Alberto Laffernier y su esposa Laura, una conocida actriz y directora de teatro, además de docente. Albertito siempre había sido alguien de confianza y muchas veces protector de Rono. Caminaban junto a Rono por el jardín, recordando viejas anécdotas. Una vez Rono había intentado una carrera como actor, pero el destino le dijo que no a sus aspiraciones. El destino y la crítica, porque luego de su primer protagónico en una obra, la reseña en la sección de espectáculos de un diario local lo calificó como “un señor con muy poca o ninguna capacidad para desarrollarse en este medio con éxito”. De pronto, al lado de un árbol vieron un cuerpo. Se acercaron, apagando sus risas y con creciente preocupación. Nadie quiere encontrar algo así en la fiesta de su casamiento, menos si se está borracho, porque no sólo es descubrir que hay alguien ahí tirado, sino que después hay que parar todo, llamar a la cana, contestar preguntas, fastidiarse, todo el mundo se amarga, es terrible. Bueno, pero no era nada grave, gracias a Dios por sus pequeños favores. Se trataba de alguien que aparentemente había caído desmayado. Al acercarse del todo, Rono se dio cuenta de que era un amigo suyo de la infancia. Lo llamó tres veces por su nombre.
— Iván Iván Iván.
Iván se incorporó como pudo.
— Me caí.
— Te caíste… —dijo Rono con resignación. Iván se caía bastante seguido y ya no impresionaba ni engañaba a nadie. — ¿De dónde te caíste, Iván?
— No sé. Me caí del árbol, me estaba tomando una botella de fernet que me traje.
— Te trajiste una botella de fernet vos solo ―repitió Rono— ¿Y dónde está?
— Se quedó arriba del árbol.
— ¿Te sentís bien? ―preguntó Laura.
— Me siento bien. El problema es cuando me paro, se mueve todo ―dijo Iván, sin dar la mínima seña de estar bromeando.
— Dios mío.
Volvieron a la fiesta con Iván. En el camino, en un lugar oscuro del parque, Rono reconoció a Donovan haciendo pis en una planta, la cabeza echada hacia atrás, tambaleándose y riéndose solo, sosteniendo en una mano una botella de jack Daniel’s. Iván conocía a Donovan. Se le acercó.
— Donovan, me caí de un árbol ―le dijo, levantando las manos hacia su pecho, señalándose a sí mismo.
Donovan se volteó para ver a quién le hablaba.
— Bueno, la próxima vez intentálo con más ganas, loco, ju ju ju. ―Una chica se asomó desde el arbusto, a la altura por debajo del abdomen del músico, donde parece que Donovan no hacía pis realmente.


Dentro de las habitaciones donde se encontraban los que habían venido con el doctor en la camioneta hacía frío. Barbui apagó el aire acondicionado.
— Gracias –dijo la chica―. Me estaba enfermando.
Barbui la miró por primara vez más detenidamente, bajo la luz blanca de los tubos fluorescentes, y comprendió porque Rono se ponía de esa forma tan extraña. La chica era hermosa. Dolía la panza de sólo verla.
— Recuerde que tampoco querríamos provocarle un infarto al pobre en el día de su casamiento, sí ―le dijo a la chica el doctor, mientras ésta se desvestía lentamente frente a un espejo y sus hombres de seguridad cuidaban de que nadie se acercara a la puerta.
— No se preocupe, jajaja ―rió ella—, sólo avíseme cuando así estoy lista.

Rono estaba en ese momento en el helipuerto del predio, recibiendo a sus amigos Los Secuestradores. Venían todos hasta las manos. César —el paralítico― saludó a Rono con su habitual “Eeeeeeiiiiiiaaaaaa”, Stephan, el capitán principal y número dos de la organización que lideraba la rubia Mónica , La propia Mónica y un negro de cinco metros de estatura que nadie sabe cómo se llama, bajaron del helicóptero… junto a una docena de otras personas completamente desconocidas para Rono.
— Qué gusto verlos de nuevo ―les dio la bienvenida Rono, muy anfitrión. Y luego agregó en tono preocupado: — No vayan a secuestrar a nadie acá, porfavorselospido…
— No se preocupe ―lo tranquilizó Mónica, y se empezó a reír.
El handy de Stephan emitió un sonido.
— Sí, atento, Claude, estamos acá en la fiesta del casamiento del señor Rono, cambio.
— B… no, me a… gro mucho. Man… sal… os míos… mbio.
Rono estrechó la mano del grandote, el jefe de la seguridad de la organización, que se la estrujó como si fuera una bolsita de caramelos palitos de la selva.
— Documento ―le dijo.


Y así se iba completando el desarrollo de la fiesta, con gente conocida y otra no, con gente divertida y otra no, con gente que se retiraba y otra no. En cierto punto, Rono divisó a su perro. Estaba con un joven y una chica. El joven era Leandro Gómez Bolaños, un escritor que Rono conocía desde hacía varios años. La chica era su novia, la hermosa y delicada Florci. El escritor y el perro de Rono conversaban animadamente sobre literatura canina. Jack London, autor de “Colmillo Blanco” entre otras novelas magníficas, ocupaba el centro de la conversación. Rono se acercó a saludarlos.
Por el rabillo del ojo, vio cómo alguien sacaba a empujones a su amigo Donovan de la cocina.
— Retírese ―le gritaban de adentro.
— Pensé que era el baño. Vení, nena, vamos por una cerveza. ―Dijo el músico y se retiró.



Cuando la luna le decía hola al sol, Rono se dio cuenta de que durante toda la fiesta no había hecho otra cosa que ir de un lado a otro descubriendo a sus amigos y participando de toda clase de circunstancias.
Y la negrita, su ya flameante esposa, andaba sola por ahí, contemplando el paisaje y la fiesta. A veces conversaba con alguien. Bah, es una forma de decir que conversaba, porque en realidad iba repitiendo lo último que cada uno le decía. Entonces Rono se dijo “Alamierda, basta, me voy a pasar el resto de la fiesta con mi mujer y que los demás hagan lo que quieran, hijosdemilputa”. Buscó a la negrita por todos lados pero no dio con ella. Buscó al doctor para saber si éste sabía dónde estaba su esposa y no dio con él. Buscó al perro para cagarlo a patadas y no dio con él. Bajó por una escalera que llevaba a los jardines traseros del club… y no dio con ella, le escapó a la baranda y se cayó de costado, rodando ciento cincuenta y siete escalones abajo. Cuando rebotó en el último, el doctor Barbui estaba parado junto a él. También estaba el perro, que se acercó a lamerle el rostro.
— Salí de acá, queteparió. ―El perro hizo pis en el último escalón.
— Venga —le dijo el doctor. ― Quiero que vea a alguien que lo está esperando, sí. Es una sorpresa. Y espero que le guste, sí. Venga y hágame caso.
— No quiero sorpresa ahora ―dijo Rono, levantándose con esfuerzo. — Sí, yo siempre le hago caso a usted y usted me mete en unos quilombos de la putamadre. Quiero irme a mi casa ahora, con mi esposa. ¿Dónde mierda está esta otra digo yo, mecagoendiez?
— Su esposa está bien, sí. Se ha quedado dormida y la hemos llevado a descansar un poco a un lugar seguro para que se recupere. Pero, venga conmigo ahora — insistió Barbui —. Ya va a poder disfrutar de su esposa como corresponde, terminada la fiesta, se irán de luna de miel, se amarán mucho, y que Dios los bendiga y que todos sus hijos les salgan violinistas, sí. Pero ahora sígame por aquí, acompáñeme un poco, sí.
Rono siguió al doctor y llegaron al lugar donde aguardaban los invitados misteriosos, los que habían llegado en aquella camioneta. Entraron por una puerta corrediza y se quedaron ahí parados. Rono pensó “Peroquémierdapasa”. Por un momento creyó ver a una chica que estaba vestida solamente con una toalla, como si recién terminara de bañarse. Pero se lo atribuyó a su imaginación sobreexcitada por las emociones, por los acontecimientos vividos últimamente, por la membrana que le habían colocado meses atrás en la isla, por los viajes en el tiempo… y por la cantidad de alcohol que había ingerido a esa altura. No podía estar él ahí parado con el doctor Barbui, su mentor y protector, viendo a una chica hermosa saliendo de la ducha, en el día de su boda con su esposa durmiendo en algún lugar, seguro o no. No, no podía ser. Debía ser parte de otro experimento tal vez. O quizás se había vuelto loco, ahora sí, y esto era lo primero que uno veía cuando se volvía loco: una chica saliendo del baño vestida con una toalla, pelo rubio y ojos azules, cara muy parecida a la que uno solamente ve en sueños, porte de felina que sale en las publicidades por la tele, y con el aspecto de parecer muy entristecida y buscar a alguien que la consuele… Claro, seguro que eso le pasa sólo a un borracho que se ha vuelto loco en su propia fiesta de casamiento.
— Váyanse todos a la mierda ―dijo Rono. Barbui lo tomó del brazo.
— Quédese. Se lo suplico, éste es mi último regalo, sí. He querido compensarlo lo mejor que me ha sido posible; y me costó mucho encontrar la forma de llegar a sorprenderlo y darle una verdadera alegría en un caso como este. Sí.
Rono se sintió nuevamente abrumado.
— Doctor… ya me ha regalado todo el casamiento, me ha conseguido la esposa para poder llevarlo a cabo, la he pasado estupendo con todos mis amigos y demás cosas. Pasé un par de momentos desagradables, pero ya está… ahora quiero disfrutar de todo lo que me espera…
— Es que eso no es todo ―dijo Barbui― Por favor quédese, sí. Quiero que entienda que es una oportunidad para…
— Nomerrompásmásloshuevos, basta… —exclamó Rono.
— Rono… —dijo la chica. Rono no la oyó.
— … y quiero irme con mi esposa y no volver a ver a nadie por un tiempo, ni a usted, que le agradezco mucho, muy lindo todo, el casamiento, el experimento, Londres, Estados Unidos, laputaqueteparió, el carnaval, Jerusalén me encantó, todo muy lindo… pero me voy ya...
— Rono… —repitió la chica.
—… y quédese cuidando al perro mientras yo no estoy, porque se va a mandar cada cagada que mirá, no sé…
— Rono… ―Le resultaba muy familiar a Rono esa voz que lo llamaba. Pero estaba tan caliente que le seguía hablando a Barbui. — ¿Usted es Rono? – dijo la chica al fin, cruzando la puerta de vidrio y acercándose a él.
—… así que dígame dónde está la negrita, que me voy con ella a descansar un rato ―continuaba Rono— Y quiero dos botellas de Jack Daniel’s y un helicóptero en la terraza en 25 minutos…
— Rono…
— ¡Quémierdaquerésvos, laputamadre! —Rono se dio vuelta hacia la chica, enrojecido por la bronca de ser interrumpido. La chica su quedó paralizada ante el ataque verbal. No conocía a Rono, aunque ya se habían visto una vez, y parecía tan frágil y sorprendida. Se llevó las manos a la cara y se largó a llorar. Los hombros le subían y le bajaban rítmicamente.
— Mire lo que ha hecho, sí ―exclamó Barbui—. La ha hecho llorar, pobrecita… No está bien ella, y usted la trata así. Mire, mire lo que ha hecho, sí…
Rono contempló a la rubia, que ahora se había sentado en el suelo, todavía con la toalla envuelta en el cuerpo, y le pareció que había visto aquella chica en algún lado. Se sintió un poco estúpido por su reacción y se pasó una mano por el pelo. Ahí fue cuando el doctor le dijo quién era, pero Rono ya se daba cuenta por sí mismo.
— ¿No ve quién es? Por Dios Santo, Rono… ¡Es Julieta Pran…!
Rono se desmayó. Cayó al piso redondo. Bum.

Doce horas más tarde, un helicóptero partía rumbo a las islas de Grecia. Sus pasajeros eran cinco: Rono y la negrita, detrás del piloto y su copiloto. Todo contratado por el doctor y bajo su control en tierra, desde luego. Arribarían en las paradisíacas islas que hay alrededor de Grecia, esas que los Beatles una vez pensaron comprarse para cada uno.
— Luna de miel en Grecia. Los dos solos al fin, laputamadrequemeparió. ―Decía un Rono contento, cambiado, distinto, sobrio. Y todo terminó aquí.

Si no mencionamos, claro, que Rono y su esposa más los dos pilotos del helicóptero sumaban cuatro pasajeros.
El perro iba escondido en la pequeña bodega del helicóptero, durmiendo, soñando con playas y comidas griegas.

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